¿Sostenibilidad o salud? La prevención de riesgos laborales ante la crisis ecosocial

La crisis ecológica no solo es una amenaza para las próximas generaciones. Es una realidad aplastante que redefine, aquí y ahora, los niveles de empleo, los perfiles profesionales y las propias condiciones laborales. Cambiar el modelo productivo para salvar el planeta es una urgencia ineludible, pero no podemos permitir que se haga a costa de la clase trabajadora

Por Juan José González Zamora, técnico de la Fundación 1º de Mayo

Cuando se habla de crisis ecológica, la tendencia general es pensar exclusivamente en el calentamiento global. Sin embargo, estudios científicos de referencia, como los del Centro de Resiliencia de Estocolmo, nos alertan de que estamos transgrediendo múltiples límites planetarios simultáneamente: desde la pérdida extrema de biodiversidad y el deterioro de recursos hídricos hasta la proliferación descontrolada de «nuevas entidades» (es decir, nuevas sustancias químicas sintéticas, microplásticos…). Esta ruptura multidimensional no se queda fuera de los centros de trabajo, penetra directamente en los procesos laborales, intensificando los riesgos tradicionales y haciendo emerger nuevas amenazas.

En este sentido, la Fundación 1º de Mayo, con el apoyo económico de la Fundación Española de Prevención de Riesgos Laborales (FEPRL), ha desarrollado un proyecto centrado en la transición digital, ecológica y demográfica, en el que se abordan específicamente algunas implicaciones de la crisis y transición ecosocial desde el punto de vista de la prevención de riesgos laborales. Los resultados de dicho proyecto pueden ser consultados en el siguiente enlace.

Para quienes trabajan en exteriores, el cambio climático es sinónimo de fenómenos meteorológicos adversos (FMA), cada vez más recurrentes y extremos. De acuerdo con la Inspección de Trabajo y Seguridad Social , estos eventos influyen de forma directa en la generación de riesgos laborales graves. Las olas de calor extremo se han convertido en auténticas trampas mortales: en España, unas 1.300 personas mueren al año por causas atribuibles al calor, según un estudio del Instituto de Salud Carlos III (ISCIII).

Pero el peligro no es únicamente térmico, también se asocia a sequías e inundaciones, entre otros. Además, la alteración de los ecosistemas está forzando el desplazamiento de vectores infecciosos, exponiendo a las personas trabajadoras que realizan su actividad laboral en la agricultura, la construcción o la limpieza urbana a riesgos biológicos emergentes. Incluso afecciones ambientales que podrían parecer ajenas al ámbito laboral, como las alteraciones estacionales en la concentración de pólenes y alérgenos alertadas por la Sociedad Española de Alergología e Inmunología Clínica (SEAIC), exigen una respuesta organizativa e higiénica dentro de las empresas para proteger al personal sensible.

La doble cara del empleo sostenible: cuando lo «verde» esconde lo precario

Existe un relato corporativo que presenta los «empleos verdes» como actividades intrínsecamente limpias, seguras y saludables, pero debemos ser tajantes: el carácter sostenible de una actividad económica no inmuniza contra el riesgo. Muchos puestos de trabajo nacidos al calor de las políticas de mitigación muestran una preocupante doble cara: son verdes en sus objetivos ambientales, pero profundamente regresivos en condiciones de trabajo y sus efectos sobre la salud.

Tomemos como ejemplo la construcción, un sector clave que genera el 33% de los residuos del país según datos del INE. La transición ecológica trata de impulsar la rehabilitación energética de edificios y el reciclaje de materiales, una senda necesaria para la que se prevé la creación de miles de puestos de trabajo. Sin embargo, según la Agencia Europea para la Seguridad y Salud en el Trabajo, al manipular y separar manualmente los residuos de la construcción ecológica para su recuperación, se duplica o triplica el trabajo en contacto con estos materiales respecto a la construcción tradicional, lo que implica incrementar la exposición a la inhalación de partículas en suspensión o compuestos orgánicos volátiles y los riesgos a golpes, caídas, pinchazos, etc. A esto se suma que la estructura del sector, precarizada e hiperfragmentada en microempresas y cadenas de subcontratación, arrastra una debilidad histórica relacionada con la inversión en formación y prevención.

Esta dualidad se repite en la industria y los servicios. Mientras los planes oficiales como el Plan Nacional Integrado de Energía y Clima (PNIEC) auguran un crecimiento del empleo vinculado a las energías renovables y la digitalización, en el día a día asistimos a un repunte de lesiones y dolencias en estos sectores. La manipulación manual de nuevos componentes pesados y voluminosos (como las baterías de vehículos eléctricos o rotores eólicos) dispara los trastornos musculoesqueléticos por sobreesfuerzos y posturas forzadas. Paralelamente, en los servicios vinculados a la movilidad sostenible y el reparto, la optimización algorítmica de las rutas puede generar un cuadro alarmante de riesgos psicosociales: tecnoestrés, ansiedad y presiones brutales por cumplir tiempos imposibles.

Contra el formalismo en salud laboral

¿Está nuestro modelo de prevención preparado para este escenario? Rotundamente, no. La gestión de la seguridad y salud laboral presenta algunos problemas en España, si bien podemos destacar dos: la mercantilización y el formalismo. La actividad preventiva se ha externalizado de forma masiva hacia Servicios de Prevención Ajenos (SPA) que, atrapados en una lógica de competencia de precios a la baja, suelen ofrecer una prevención superficial que no consigue permear en el tejido de la empresa, orientada a rellenar informes estándar para evitar sanciones antes que a evaluar de forma estratégica los riesgos reales que afectan a nuestra salud.

Además, la rigidez del cuadro oficial de Enfermedades Profesionales (regulado por el RD 1299/2006) perpetúa el infra-reconocimiento de la laboralidad de múltiples patologías, especialmente respecto a los daños a la salud mental o los cánceres de origen ocupacional, algo que adquiere especial relevancia por la introducción de nuevos procesos de trabajo en el contexto de transición ecológica. Si a esto le sumamos que en 2019, según el Instituto Nacional de Seguridad y Salud en el Trabajo (INSST), cerca de la mitad de las microempresas y casi una de cada tres pequeñas empresas no investigaron las causas de sus accidentes de trabajo y enfermedades, el panorama que se dibuja es el de una desprotección estructural donde los costes de la crisis ambiental acaban descargándose sobre los cuerpos de las personas trabajadoras.

Agenda sindical: herramientas prácticas para delegados y delegadas

Frente a la pasividad empresarial y la inercia del mercado, la acción sindical y la negociación colectiva son las únicas garantías de que la transición ecosocial no se haga a costa de la salud de los de siempre. Como se ha venido señalando desde el Instituto Sindical de Trabajo, Ambiente y Salud (ISTAS), integrado en la Fundación 1º de Mayo, ni las leyes ni el conocimiento científico son suficientes para garantizar unas condiciones de trabajo compatibles con la salud: para ello es fundamental la participación de las personas trabajadoras, tanto en procesos de evaluación de riesgos laborales como en aquellos que aseguran la eficacia de las medidas preventivas. Algunas medidas a plantear son:

  • Evaluaciones de riesgos integrales: romper los compartimentos estancos. Los impactos ambientales deben evaluarse de forma cruzada con los riesgos propios del proceso productivo.
  • Protocolos frente a FMA vinculados a alertas de organismos públicos y científicos: negociar la reorganización inmediata de jornadas y la flexibilización de horarios ante alertas de la AEMET o el Panel Kairós (ISCIII).
  • Paralización por riesgo inminente (art. 21 LPRL): Ejercer con firmeza el derecho a detener la actividad si la dirección ignora riesgos graves e inminentes que pongan en peligro la vida de las personas trabajadoras.
  • Principio de precaución biológica: Ante la expansión de nuevos vectores infecciosos en sectores críticos como la agricultura, exigir medidas higiénicas y EPIs adecuados basándonos en la evidencia epidemiológica.
  • Disputar el diseño seguro de nuevos procesos: Participar desde el origen en la implantación de procesos verdes. La sustitución de compuestos tóxicos y la adaptación ergonómica de las nuevas herramientas o componentes pesados, entre otros ejemplos, deben quedar resueltas antes de que comience la actividad productiva.

La salud no se vende ni se diluye en un certificado de sostenibilidad ambiental corporativa. La transición ecológica no puede dejar a nadie atrás. Está en nuestras manos poner la vida en el centro de cada espacio de trabajo.

Ilustración: Pilixip

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