El envejecimiento no depende solo de la edad, sino también del desgaste acumulado en el que las condiciones de trabajo desempeñan un papel central, al influir directamente sobre la salud física y cognitiva. Es además un proceso desigual: la precariedad laboral, la clase social y las políticas públicas aceleran el deterioro de los colectivos más vulnerables

Por Juan José González Zamora, Vicente López Martínez y Jesús Cruces Aguilera, Fundación 1º de Mayo
Cuando hablamos de transición demográfica, tratamos esencialmente de los cambios que experimenta la estructura poblacional por dos pautas principales: los comportamientos relacionados con la fecundidad-mortalidad y los procesos migratorios. La transición demográfica ha implicado el paso desde un régimen de alta natalidad y elevada mortalidad, característico de las sociedades preindustriales, hacia otro de baja natalidad y baja mortalidad, asociado a un aumento de la supervivencia y de la esperanza de vida.
La Fundación 1º de Mayo, con el apoyo económico de la Fundación Española de Prevención de Riesgos Laborales (FEPRL), ha desarrollado un proyecto centrado en la transición digital, ecológica y demográfica, en el que se abordan específicamente algunas implicaciones de la transición demográfica desde el punto de vista de la prevención de riesgos laborales. Los resultados de dicho proyecto, que incluyen un díptico, un folleto y una videopíldora, pueden ser consultados en el siguiente enlace.

La transición demográfica en España viene siendo caracterizada por tres elementos básicos: primero, el envejecimiento; segundo, el saldo migratorio externo positivo; y tercero, la concentración demográfica y productiva en zonas urbanas junto al declive o estancamiento de la mayor parte del territorio. La lectura conjunta de los siguientes mapas permite identificar una cierta complementariedad territorial entre envejecimiento, densidad de población y presencia de población inmigrante, evidenciando el papel de esta última en la compensación parcial de desequilibrios demográficos.
El envejecimiento como deterioro socialmente conducido
El envejecimiento de la población es una buena noticia para la sociedad y podríamos decir que es fruto de varios éxitos sociopolíticos. En primer lugar, está relacionado con la disminución de la tasa de mortalidad. En este sentido, cabe hablar de la reducción de la mortalidad infantil, de la mejora de los saneamientos públicos y de los servicios sanitarios en la prevención (vacunación), diagnóstico o tratamiento. Estas dinámicas son las que están detrás del aumento de la esperanza de vida. En segundo lugar, es fruto también de a reducción de la tasa de natalidad. Es importante señalar que ésta está ligada, entre otras, a la mayor libertad sexual, a los cambios en los patrones de modelo familiar o a la mayor igualdad en la incorporación de la mujer al mercado de trabajo.
El contrafactual sería que, cuando las sociedades presentaban una base en su pirámide demográfica mayor y una cúspide menor, presentaban mayores tasas de natalidad, relacionadas con el papel subordinado de la mujer en el ámbito socioeconómico y político, y mayores tasas de mortalidad, ligadas a mayor tasa de mortalidad infantil o unos servicios públicos de saneamiento o sanitarios, escasamente desarrollados. La esperanza de vida en sociedades “rejuvenecidas” era menor.
Por otra parte, es muy habitual abordar el envejecimiento en términos cronológicos,contando simplemente con la edad como un número abstracto. De este modo, parece que toda la información necesaria para entender el envejecimiento puede extraerse de una pirámide poblacional. Sin embargo, la Organización Mundial de la Salud (OMS) recuerda que no podemos pensarlo en términos cronológicos, sino biológicos, es decir, como un proceso de deterioro físico y cognitivo. Este deterioro no es lineal ni uniforme; es relativo. Según la OMS, “El envejecimiento es el resultado de la acumulación de una gran variedad de daños moleculares y celulares a lo largo del tiempo, lo que lleva a un descenso gradual de las capacidades físicas y mentales, a un mayor riesgo de enfermedad y, en última instancia, a la muerte. Estos cambios no son lineales ni uniformes, y su vinculación con la edad de una persona en años es más bien relativa”.
Así, el envejecimiento, como deterioro biológico, está marcado por diferentes trayectorias vitales y, por supuesto, laborales. Según la Encuesta Europea de Condiciones de Trabajo (2024), 1 de cada 5 personas trabajadoras piensa que no será capaz de continuar realizando su trabajo (o uno similar) hasta los 60 años y, además, el 18% de las personas encuestadas señalaron que, la mayor parte del tiempo, sienten que están demasiado cansadas tras su trabajo para atender tareas domésticas necesarias (otro 9% afirma que esta sensación es constante).
Envejecimiento y desigualdad social
Considerar esto implica la necesidad de observar diversos ejes de desigualdad. La clase social es especialmente relevante y, de hecho, esto es fácil de entender viendo las diferencias de esperanza de vida según el barrio en el que vivas: en los barrios de mayor renta suele observarse un envejecimiento más lento y, por tanto, una mayor esperanza de vida. Si bien, por regla general, las mujeres presentan mayor esperanza de vida, el género también es relevante. La doble carga de trabajo en mujeres reduce las posibilidades de recuperación física y mental para volver al trabajo remunerado. Además, debido a la fragmentación de la vida laboral (para compatibilizar la vida familiar), en sectores feminizados es habitual que las mujeres tiendan a prolongar su vida laboral más que los hombres, a pesar de señalar peores estados de salud general a edades avanzadas (relacionados con la fatiga, problemas de sueño y factores como posturas dolorosas u horarios mal adaptados), tal y como muestran estudios del Instituto Sindical Europeo.
En este sentido, es necesario hablar de la esperanza de vida y la esperanza de vida libre de discapacidad. Cabe resaltar que, si bien la esperanza de vida ha crecido en el último siglo, no lo ha hecho con tanta contundencia la esperanza de vida libre de discapacidad. Podríamos señalar que se viven más años, pero en condiciones de mayor deterioro físico y cognitivo. Tal y como señala el INE: “se vive más en media, pero con mayor volumen de años con discapacidad, sobre todo los trabajadores y trabajadoras no cualificados”. La diferente esperanza de vida (con o sin discapacidad) por clase social tiene consecuencias redistributivas regresivas en términos de renta.
Otro eje de desigualdad está dado por la división del trabajo según el origen nacional y étnico. La escasa capacidad de negociación y la alta dependencia a mantener el empleo en la población trabajadora migrante, como consecuencia de las dificultades de regularizar su situación laboral, social y política, lleva a realizar funciones que la población local abandona por las escasas perspectivas salariales y de condiciones generales de trabajo. En este caso, la precariedad laboral surge de una situación más amplia de precarización de su condición ciudadana, entendida como el acceso desigual a derechos, protecciones sociales y recursos institucionales. De este modo, la población migrante, dada la demanda de mano de obra, contribuye a amortiguar el envejecimiento, absorbiéndolo al incorporarse a actividades y condiciones de trabajo asociadas a mayores riesgos para la salud que, por lo general, la población nativa tiende a evitar: si observamos la distribución ocupacional, la población migrante efectivamente se integra en sectores intensivos en mano de obra, que implican condiciones de trabajo que catalizan el deterioro de la salud.

Prevención basada en el enfoque del ciclo vital
Como venimos señalando, el envejecimiento es un proceso biológico continuo de desgaste acumulativo: las condiciones que experimentamos durante la juventud impactarán directamente en nuestra salud y capacidad de trabajo futura. No son simplemente “cosas de la edad”, sino la consecuencia directa de haber pasado décadas sufriendo malas condiciones de trabajo.
Aplicar el enfoque del ciclo vital significa pasar de una prevención reactiva a una gestión dinámica de la edad. Es urgente exigir el rediseño ergonómico de los puestos (como ayudas mecánicas, adaptación de cargas de trabajo, rotación de tareas, reducción de jornadas o eliminación de turnos nocturnos) desde las fases tempranas de la vida laboral. Prevenir desde la juventud es la única manera de garantizar la sostenibilidad de la vida de todas las personas, atendiendo especialmente a aquellas especialmente sensibles, como ya recoge el propio artículo 25 de la Ley de Prevención de Riesgos Laborales (LPRL).
Por otra parte, cuando cruzamos prevención de riesgos laborales y realidad de la población trabajadora migrante es necesario deshacer un error muy común: la población migrante no tiene riesgos laborales específicos por el hecho de ser migrante. El verdadero factor de riesgo diferencial está en las barreras estructurales, laborales, sociales y administrativas que precarizan su día a día y aceleran su envejecimiento biológico. Por ello, la prevención en personas migrantes debe abordarse también desde medidas orientadas a la integración social, la formación y la superación de barreras idiomáticas.
Conclusiones para la acción: la LPRL como escudo
Para cambiar esta situación y proteger la salud de toda la plantilla no hace falta inventar nuevas leyes ni redactar manuales complejos. La gestión empresarial debe adaptarse a una fuerza de trabajo cada vez más diversa y el punto de partida puede ser la misma LPRL, que ya aporta ciertos recursos, toca aplicarlos mediante la acción sindical. Algunos de estos recursos son:
- La obligación legal general de protección empresarial y de adaptación del trabajo a la persona (arts. 14 y 15). No es posible exigir los mismos ritmos a un cuerpo de 20 años que a uno de 60. La adaptación de tareas y ritmos es una obligación continua.
- Información, consulta y participación (art. 18): las personas trabajadoras y sus representantes tienen el derecho estricto a conocer los riesgos que les afectan y las medidas preventivas adoptadas, participando activamente en las decisiones sobre su propia salud colectiva.
- Formación «suficiente y adecuada» (art. 19): Si existen barreras idiomáticas o de comprensión que impiden entender riesgos o medidas, la formación deja de ser adecuada y la empresa incumple la ley. La adaptación y traducción es una obligación, no un favor.
- Protección de personas especialmente sensibles (art. 25): que obliga a proteger especialmente a quienes, por sus características personales o su estado biológico, sean más vulnerables a los riesgos.
En definitiva, si partimos del envejecimiento como deterioro acumulado, este es absorbido principalmente por la clase trabajadora, mujeres y migrantes, entre otros colectivos vulnerables. La transición demográfica no puede abordarse como un problema de números abstractos o pirámides de población. Detrás de las estadísticas hay cuerpos que acumulan el desgaste de toda una vida laboral y trayectorias marcadas por la desigualdad. Es momento de asumir que la sostenibilidad empresarial no puede seguir desarrollándose a costa de la salud de las personas trabajadoras y, especialmente, de las más vulnerables.






