Rafael Muñoz de Bustillo, economista: “El Estado de bienestar es perfectamente sostenible económicamente siempre que cuente con el apoyo social”

El catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de Salamanca impartirá la ponencia inaugural de la jornada Análisis y reivindicación del Estado de Bienestar que la Fundación 1º de Mayo organizará el próximo 4 de junio en el Ateneo de Madrid

Por Laura Villadiego

Profesorado en las calles, protestas en defensa de la sanidad pública, movilizaciones por unos servicios públicos de calidad. En las últimas semanas, distintos puntos de la geografía española han sido escenario de reivindicaciones en favor del Estado de bienestar y de su fortalecimiento. Para reflexionar sobre la situación actual de los servicios públicos, la Fundación 1º de Mayo ha organizado, en colaboración con CCOO, la jornada Análisis y reivindicación del Estado de Bienestar el próximo 4 de junio en el Ateneo de Madrid (entrada libre con inscripción previa). 

El catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de Salamanca, Rafael Muñoz de Bustillo, lleva décadas estudiando la evolución del Estado de bienestar, sus logros, sus debilidades y los desafíos que afronta; y condensará algunas de sus principales ideas en la ponencia inaugural de la jornada. Conversamos con él sobre algunas de las cuestiones que abordará en su intervención y sobre el momento que atraviesa el Estado de bienestar en nuestro país.

Hay mucho debate sobre cuándo surge el Estado de Bienestar en España. ¿Cuándo diría usted que ocurrió?

El Estado de bienestar surge en España como un puzzle en un proceso de construcción no planificado, en el que se van añadiendo piezas a lo largo del tiempo con una fuerte concentración en los últimos años del tardofranquismo y en la década de la transición. Si tomamos el gasto social con respecto al PIB como un indicador de la importancia que tenía el Estado de bienestar, en los años 50 y en los años 60 se sitúa por debajo del 5%, según las estimaciones que hay, porque no hay estadísticas completas de esa época. Tenemos un salto a mediados de los 70 cuando sube al 10 % y luego hay un salto todavía mucho mayor a finales de los años setenta con la transición democrática, que es donde se sientan las bases de la universalización de los elementos más importantes –salud, educación, etcétera– del Estado de bienestar. Pasamos entonces de unos niveles que en los años 60 están, como decía, por debajo del 5%, a unos niveles que en la década de los 80 pasan del 15% al 20% o 22%. Es en esa década, durante la transición y la década de los años 80, cuando se produce la generalización de los principales programas del Estado del Bienestar. A partir de ahí, hay otros momentos claves que tienen que ver con la ampliación de la ayuda a la dependencia, con el ahora malogrado Zapatero. En cualquier caso, esta construcción, como ocurrió en otros países, fue bipartisana, o sea, que tuvo, con sus diferencias, un apoyo bastante amplio por parte de los principales partidos. No había una brecha entre ellos, aunque sí en la forma de entender el desarrollo de políticas concretas. 

En el seminario, uno de los temas principales que se van a tratar precisamente es el deterioro de este Estado de bienestar. ¿Cómo de profundo cree que es? ¿Cuáles son, digamos, sus principales síntomas? 

Yo quiero hacer una reivindicación de los logros del Estado de bienestar. No me parece que sea justo plantear la situación actual como una situación de crisis total. El primer libro que publiqué sobre el tema, en 1989, se llamaba Crisis y Futuro del Estado de bienestar. O sea, que en 1989 ya se estaba hablando de la crisis del Estado de bienestar. Publiqué otro en el año 2000, ‘El Estado de bienestar en el cambio de siglo’, y también se habla de crisis. Y ahora en el 2019 publiqué otro y se sigue hablando de crisis. Tenía un compañero periodista que hablaba de la mala salud de hierro del Estado de bienestar, queriendo decir con ello que está permanentemente en crisis, pero que a lo largo del tiempo se mantiene, con resultados que yo creo que hay que reivindicar en un contexto en el que también ha crecido el esfuerzo en gasto social. Como decía, en la década de los años 80 y 90, el gasto social estaba alrededor del 20%. Ahora estamos hablando de alrededor del 25 %, excluyendo la educación. Si se incluye educación, pues casi llega al 30%. Entonces, eso hay que reivindicarlo, porque esos gastos están cubriendo necesidades.

¿Cómo se compara nuestro Estado de bienestar con el de otros países europeos?

El esfuerzo de protección social ha convergido con la Unión Europea y ahora nos separan poco más de dos puntos en gasto social. Esa convergencia en esfuerzo en términos de PIB no es una convergencia en términos de gasto per cápita por el menor nivel de renta de España con respecto a la media de la Unión Europea. Ahí todavía hay una brecha importante que se explica por el mayor nivel de PIB per cápita que hay de media en la Unión Europea. Pero tenemos muy buenos resultados en todos los ámbitos. En el ámbito sanitario, por ejemplo, con una de las mayores esperanzas de vida de los países de renta alta, con diferencias muy llamativas cuando se comparan con otros países, como puede ser Estados Unidos. 

¿Cuáles han sido los impactos de la implantación del Estado de bienestar en España?

Lo que ha permitido el Estado de bienestar es incorporar a una parte muy importante de la población, a lo que podemos llamar la clase media, aunque sus niveles de renta no correspondan con los de la clase media. Y aquí voy a utilizar una definición que hizo un equipo de trabajo de la Casa Blanca sobre la clase media en la época del presidente Obama, que definió la clase media en términos aspiracionales. Y se asumía que la clase media aspira a seis cuestiones: tener una casa, tener un coche, poder pagar la educación universitaria a los hijos, poder hacer frente a los gastos de seguro sanitario y tener seguro de retiro o pensión, y la última sería poder tener vacaciones familiares. De esos seis puntos, quitando el acceso a una casa y a un coche, todos los demás están cubiertos por el Estado de bienestar. El tema de las vacaciones no lo cubre como tal, pero están aseguradas vacaciones de un mes o 22 días laborables por requisito legal, algo que no existe en un país como Estados Unidos. 

¿Cuáles son esos problemas principales a los que se enfrenta el Estado de bienestar?

Se pueden plantear en dos niveles: aquellos problemas derivados de cuestiones no abordadas por el Estado de bienestar, y los problemas que vienen por cambios que se han producido en los servicios que ya están en marcha y que están activos. De los primeros voy a hablar solamente de dos. El primero de ellos es el alto nivel de riesgo de pobreza y la desigualdad de ingresos que hay en España, comparado con otros países europeos. Esto es algo que en realidad no estaba dentro de los objetivos del Estado de bienestar, porque, ni aquí ni en ningún sitio, nace con la finalidad de luchar contra la pobreza. Lo que nace es con la finalidad de proteger a la población de forma universal frente a determinados riesgos: el riesgo por enfermedad, el riesgo del desempleo, el riesgo de la pobreza en la ancianidad; y si ampliamos la educación, el riesgo de la ignorancia. Lo que ocurre es que, a través de esos otros programas, hay un impacto importante de reducción de la pobreza y de la desigualdad de ingresos derivada de cómo funcionan los programas y los impuestos en los estados de bienestar. O sea, sin Estado de bienestar nos estaríamos enfrentando a niveles mucho más elevados de desigualdad. Pero España destaca en el alto nivel de pobreza y especialmente en el alto nivel de pobreza infantil que está asociado con un nivel de intervención muy bajo comparativamente en la ayuda familiar y a la infancia. 

La otra cuestión no abordada por el Estado de bienestar es el tema de la vivienda. Cuando se analizan los datos del gasto público en vivienda, comparado con otros países de la Unión Europea, también hay una diferencia muy importante. La vivienda nunca fue un objetivo de intervención del Estado de bienestar. Se dejó para el mercado. Y hasta hace relativamente poco, teníamos un 80 % de la población que tenía vivienda en propiedad. Pero ahora ha aparecido una brecha y algo que se consideraba que podía resolver el mercado, pues no lo resuelve el mercado. En otros países ha habido intervenciones históricas, muy antiguas, de vivienda pública, mucho más agresivas, y que han permitido que el problema sea menor. Luego hay cuestiones abordadas tardíamente por el Estado de bienestar como puede ser el tema de la dependencia.

¿Y cuáles serían los ejemplos de cambios producidos en servicios que sí están incluidos en el Estado de bienestar?  

Aquí fundamentalmente voy a tratar del tema de la sanidad, como ejemplo. Estamos en un contexto en el que aumenta el gasto, pero el sistema está tremendamente tensionado. Se han producido dificultades de financiación en un mundo abierto, donde hay cierta competencia fiscal, tanto internacional como nacional, dentro de las comunidades autónomas, y donde hay dificultades para gravar las rentas móviles y donde hay poca pedagogía fiscal y mucha demagogia fiscal. Y se dan problemas derivados de la pérdida de apoyo social. El Estado de bienestar es perfectamente sostenible económicamente siempre que cuente con el apoyo social, y también político, para su mantenimiento, para la financiación de unos programas que, si no fueran públicos, existirían en términos privados. O sea, no es algo que la gente está pagando a mayores. Es una elección entre cubrirlo privadamente o públicamente. Y la cobertura pública tiene ventajas en términos distributivos y ventajas desde mi punto de vista también en términos de eficiencia económica. Pero si la población pierde la lealtad al Estado del bienestar y busca opciones privadas, entonces será mucho más complicado.

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