La escasa calidad preventiva en los centros residenciales para personas mayores es un ejemplo de las deficiencias en la gestión de la prevención de riesgos laborales en muchos centros de trabajo, donde con frecuencia las medidas se quedan en el papel, pero no se aplican en la práctica

Por Montse López Bermúdez, técnica de la Fundación 1º de Mayo
Cada 28 de abril alzamos la voz para recordar una premisa básica: el trabajo es para ganarse la vida, nunca para perderla ni para dejar en él la salud a pedazos. Sin embargo, para que este derecho sea efectivo, debemos trabajar sindicalmente contra la prevención de papel. No nos sirven las carpetas llenas de informes que solo buscan evitar multas en los despachos; exigimos una prevención real, la que se pisa el tajo, la que escucha a la plantilla y actúa sobre los riesgos antes de que se conviertan en daños. La salud laboral no es un trámite burocrático ni un coste empresarial, es una conquista colectiva y un pilar fundamental de nuestra dignidad como clase trabajadora.
Esta brecha entre tener los papeles en regla y la realidad se hace especialmente profunda cuando analizamos cómo se gestiona la prevención en las empresas. En el reciente estudio “Trabajadoras de Cuidados en residencias para personas mayores. El riesgo biológico existe”, se ha podido identificar una alarmante y escasa presencia de los Servicios de Prevención Ajenos (SPA) en las residencias. Esta ausencia no es casual: posiblemente responde a contenidos contractuales donde las empresas priorizan el precio sobre la eficacia. Al contratar servicios «de mínimos», se limita el número de visitas técnicas y se condena a la prevención a ser una gestión a distancia, vacía de contenido y ajena a la realidad diaria de las trabajadoras.
En este contexto, en el sector de las residencias para personas mayores la salud laboral navega a menudo entre la invisibilidad y el cumplimiento meramente formal. Es un sector profundamente feminizado donde la «ética del cuidado» se utiliza, en demasiadas ocasiones, como un escudo para normalizar riesgos que son, en realidad, fallos de gestión de las empresas que anteponen el beneficio económico a la salud de quienes cuidan.
¿Qué criterios de calidad exigimos a un servicio de prevención?
Un servicio de calidad debe basarse en la independencia técnica. Sus recomendaciones (desde la necesidad de renovar el parque de grúas hasta la propuesta de reestructurar turnos para mitigar la fatiga) deben fundamentarse en criterios de salud y en la experiencia de las trabajadoras, no en el ahorro de costes de la empresa. Esta labor requiere presencialidad; es inadmisible que las evaluaciones se realicen desde un despacho a cientos de kilómetros. El personal técnico debe estar presente en los cambios de turno, en las horas críticas de los aseos a las personas residentes y en zonas invisibilizadas como lavanderías o almacenes. Además, la complejidad sociosanitaria exige multidisciplinariedad: no basta con personal especializado en seguridad; necesitamos personal técnico especialista en ergonomía y psicosociología que entiendan tanto la carga física como el agotamiento emocional y el duelo que conlleva este trabajo. Por supuesto la capacidad de respuesta es un criterio de calidad exigible: el servicio de prevención debe estar disponible para asesorar ante un brote biológico de forma inmediata, no tres días después.
La responsabilidad indelegable de la dirección
Es fundamental desmitificar una idea extendida en las patronales del sector: la contratación de un SPA no traslada la responsabilidad legal fuera de la residencia. Según el artículo 14 de la Ley de Prevención de Riesgos Laborales (LPRL), el deber de protección de la empresa es permanente, dinámico e indelegable.
La dirección tiene la obligación legal de supervisar activamente que el servicio que contrata cumple con rigor su labor. Aceptar informes deficientes o evaluaciones «copia-pega» sitúa a la empresa en una posición de vulnerabilidad jurídica directa. El SPA propone, pero es la dirección quien dispone y ejecuta. Si se ignora una recomendación técnica por falta de presupuesto, la empresa asume una responsabilidad que puede derivar en sanciones administrativas, recargos de prestaciones e incluso responsabilidades penales en caso de accidente.
La «estafa» de la vigilancia de la salud
En las residencias, el riesgo biológico es un compañero de turno constante. Pero la prevención no puede limitarse a la entrega de unos guantes. Debe empezar en el diseño de circuitos de ropa sucia, en la ventilación mecánica y, sobre todo, en las ratios de personal. Si una trabajadora debe atender a quince personas residentes en una hora, la precariedad rompe hasta la barrera biológica.
La vigilancia de la salud en el sector residencial es una obligación empresarial que debe ser proporcional a los riesgos detectados, con un enfoque marcadamente preventivo y no meramente asistencial. El riesgo biológico es inherente a la actividad asistencial y su gestión debe ser rigurosa bajo el marco del Real Decreto 664/1997, de 12 de mayo, sobre la protección de los trabajadores contra los riesgos relacionados con la exposición a agentes biológicos durante el trabajo.
Especial mención merece la gestión de la vacunación bajo el paraguas del artículo 22 de la LPRL. Es una práctica extendida y errónea derivar la vacunación laboral al Sistema Público de Salud. Cuando una vacuna responde a un riesgo del puesto de trabajo, debe ser organizada, gestionada y costeada íntegramente por la empresa a través de su servicio de prevención. Saturar la sanidad pública con obligaciones empresariales es insolidario e ilegal. Además, este tiempo debe considerarse tiempo de trabajo efectivo, sin obligar a la plantilla a acudir a su centro de salud fuera de su jornada.
El seguimiento vacunal forma parte de la vigilancia de la salud individual y debe quedar registrado en el historial clínico-laboral custodiado por el área médica del SPA. La externalización de este proceso al sistema público fragmenta la información y debilita la capacidad de respuesta ante accidentes biológicos.
Integrar la perspectiva de género en la gestión preventiva
La prevención «neutra» no existe; existe la prevención que ignora a las mujeres. Un diseño preventivo de excelencia debe ajustar las ayudas mecánicas y los ritmos de trabajo a la biomecánica femenina, abandonando los estándares antropométricos masculinos que causan la alta incidencia de trastornos musculoesqueléticos en el sector.
Asimismo, la protección de la maternidad debe ser proactiva. No es aceptable demorar la adaptación del puesto o la suspensión de actividad hasta fases avanzadas de la gestación cuando existen riesgos biológicos y cargas físicas incompatibles desde el primer día.
Finalmente, los servicios de prevención deben evaluar el impacto de la doble presencia y la alta demanda emocional, factores que afectan de forma desproporcionada a las trabajadoras de este sector.
Pasemos a la ofensiva sindical
La prevención en las residencias, al igual que en cualquier actividad laboral, no puede ser un acto de fe ni una prevención de fachada. Los delegadas y delegados de prevención deben auditar la realidad. Los artículos 34 y 39 de la LPRL les facultan a controlar también a los servicios de prevención.
Sea cual sea el sector, el personal técnico debe “pisar el tajo», escuchar a las plantillas y actuar sobre la organización del trabajo. Si el informe dice que «no hay riesgo de sobreesfuerzo» mientras las compañeras están de baja por hernias discales, ese documento es papel mojado y debe ser denunciado ante la Inspección de Trabajo. Se debe exigir una vigilancia de la salud integral y específica para las patologías del sector: salud mental, trastornos musculoesqueléticos y vigilancia biológica real. Sobre todo, es necesario vincular la prevención con las ratios de personal. Si el servicio de prevención recomienda el uso de ayudas mecánicas con dos operarias, pero la empresa solo mantiene a una persona por planta, esa medida es irrealizable. Sin personal suficiente, no hay prevención posible.
¿Quieres saber si el Servicio de Prevención funciona? Haz esta pregunta: «¿Cuándo fue la última vez que el personal técnico de prevención observó el trabajo real en el momento de máxima carga y falta de personal?». El silencio que siga puede ser la hoja de ruta para empezar a exigir una prevención real.
Este 28 de abril, nuestra mejor herramienta es la acción sindical para garantizar que el trabajo sea un espacio de dignidad y seguridad, donde la vida y la salud estén siempre por encima del beneficio económico.



