Cristina Almeida: «Me casé con mi mejor amigo y, además de quedarse con mi corazón, se quedó con mis derechos»

Hablamos con la abogada laboralista y activista feminista sobre sus años de lucha contra el franquismo y en defensa de los valores democráticos y feministas. «Vienen tiempos muy duros de pérdida de derechos y sobre todo de pérdida de ideología», asegura

Por Laura Villadiego

Cristina Almeida descubrió ya de pequeña que con su labia podía combatir injusticias. “En el colegio me castigaban todos los días y me hacían imitar a las monjas. Un día la madre superiora me quiso regañar por hacerlo”, recuerda. Para evitar un nuevo castigo, Almeida le replicó: “¿Me queréis castigar por imitar a una monja cuando me tenéis todos los días una hora haciéndolo?” Y la monja le dio la razón. “Me di cuenta de la capacidad de razonamiento y lo recuerdo como un triunfo de la palabra frente a la desigualdad”, recuerda. Cristina Almeida usó ese don natural para convertirse en abogada laboralista y defender, durante el franquismo, a trabajadores y presos políticos, entre ellos en el Proceso 1001. Pero a las luchas sindicales, pronto se unieron las cuestiones feministas. Hablamos con ella de su experiencia como abogada durante el franquismo, una época donde las mujeres tenían muchas limitaciones laborales, y sobre su lucha por los derechos democráticos y feministas.

Pregunta. ¿Cómo fueron tus primeros años bajo el franquismo?

Respuesta. Yo nací en Badajoz (en 1944), en una familia de seis hermanos, cuatro chicas y dos chicos. Era de clase media y mi madre era una mujer a la que no habían dejado estudiar por ser mujer. Y esa era su gran frustración, así que cuando vio que íbamos naciendo niñas, a mi padre le dijo que teníamos que estudiar. Yo casi lo tengo como asimilado desde pequeña que iba a estudiar. Así que yo tampoco encontraba represión porque estaba en una familia de derechas de toda la vida, así que no tenía grandes problemas ni de ideología, ni nada.

Pero, en ese momento, ¿eras consciente de que, aunque tú sí que podías estudiar, otras niñas no tenían la misma suerte? 

Es que yo no me planteaba casi nada de eso. Pero siempre he tenido esa idea de la injusticia muy profunda, yo tenía un sentido de la justicia, no de esta justicia de los tribunales, sino de la justicia de fondo. 

¿Qué supuso para ti la universidad?

En la facultad, descubrí el mundo y la libertad, y empecé a descubrir lo que ha pasado en España. Yo ni siquiera sabía lo que era una guerra civil porque no me la habían contado nunca. Y descubrí los libros prohibidos, y en las campañas de alfabetización, en Granada, descubrí la desigualdad. Cuando fusilaron a Julián Grimau, me metí en el Partido Comunista, no porque fuera comunista ni nada de eso, sino porque era el único sitio donde se podía luchar contra Franco. Y ahí empezó mi vida de rojera, de roja o de lo que sea. Una vida de libertad y de felicidad. 

¿Cómo era ser mujer en la universidad en esos años?

En la facultad de Derecho éramos 27 mujeres. En Filosofía y Farmacia era donde estaban todas las mujeres pero en Derecho éramos muy pocas, porque para las mujeres no fue obligatoria la escolaridad de las mujeres hasta el año 70, mientras que para los chicos sí era obligatoria antes. Así que era una universidad masculina. Allí conocí a Manuela (Carmena), Paca (Sauquillo) y coincidimos un grupo de gente que además de ser amigos, de estar en la facultad, de estudiar, pues teníamos las mismas preocupaciones, la militancia, sobre todo contra el franquismo. ¿Por qué? Porque pensábamos que sin democracia no podía haber ni feminismo, que eso entonces no existía como tal, aunque sí existían movimientos de mujeres, pero no era una corriente determinada. Era mucho más fuerte la corriente antifranquista, de lucha por la libertad aquí y de conseguir una democracia, que por las reivindicaciones propias a las mujeres. Aunque sólo con reivindicar eso ya estábamos reivindicando las cuestiones de las mujeres, que no eran en absoluto ajenas a todo este proceso.

En segundo yo ya sabía que quería dedicarme a la defensa de presas políticas y de trabajadores porque era lo que no defendía nadie. No había sindicatos por lo tanto era todo ilegal, solo estaba el vertical. Nada más terminar la carrera abrimos un despacho con otro compañero estupendo que había, que ya era más mayor que yo, pero que murió nada más poner el despacho y entonces me quedé allí un poco de jefa así que en cuanto terminé me puse a ejercer.

¿Cómo era la relación con el movimiento sindical de esos tiempos?

Pues empecé cuando yo ya estaba en el partido (el PCE) y entonces ya teníamos más conciencia, porque en el partido se hablaba de la unidad de las fuerzas del trabajo y la cultura y entonces nosotras éramos supuestamente las fuerzas de la cultura y los otros, los del trabajo Y al principio sentíamos que luchábamos con ellos porque ideológicamente estábamos con ellos, pero no éramos de los suyos. Pero es una sensación de que enseguida se nos pasó y en cuanto estuve en el despacho ya me sentía de ellos y ellos de mí. Entonces, era una lucha con una misma finalidad, que era tirar el régimen y traer las libertades. Y ahí no había ya obreros o estudiantes, sino que éramos todas gente con una misma conciencia política y social. 

¿Cuándo fuiste consciente de la desigualdad de las mujeres bajo el franquismo?

Yo descubrí la desigualdad de la mujer antes que el feminismo. En el año 68 yo me casé con mi gran amigo de facultad. Poco después me fui a la cárcel de Jaén, por una huelga de hambre de presos políticos y el director no me dejaba entrar porque no quería que los viera. Y yo entonces tuve con él una pelotera tremenda, y me fui al juzgado de guardia a denunciar. Y allí salió el juez y el secretario y me preguntan: ‘Nombre: Cristina Almeida Castro; profesión: abogada; edad: 23 años; estado civil y digo casada’. Y nada más decir casada se levanta el juez y dice ‘¿está ahí su marido?’ y le respondo que mi marido está en casa durmiendo, y me dice ‘usted no puede denunciar’. Y le digo ‘pero como no voy a poder denunciar si yo denuncio en nombre de todo el mundo’. Y me responde: ‘pero en el nombre suyo tiene que denunciar su marido’. Yo había estudiado las limitaciones de la mujer casada en la universidad, pero me parecía una lección para el examen, y de repente me estaba viendo allí la realidad y es que yo me había casado con mi mejor amigo, quien además de quedarse con mi corazón se había quedado con mis derechos. 

Y yo sentí una vergüenza tremenda de que alguien tuviera mi representación. Yo llevaba un 600 y parecía un Maserati cuando volví para Madrid y yo parecía una Fittipaldi porque le cogí y me lo llevé al notario para que me hiciera un poder para hacer lo que quisiera. Y así hasta el año 75, cuando la ley del 2 de mayo anula precisamente la limitación del código civil de la mujer casada y de la mujer soltera. Porque hasta los 25 años, tenía la representación el padre, aunque a los 21 ya fueras mayor de edad, y para la mujer casada tenía que ser el marido el que te autorizara tu propio ingreso, podía cobrar tu sueldo, tenía las cuentas él. Y yo, cada vez que me iba de viaje o algo y me pedían permiso del marido, sacaba aquel papelito amarillo del notario y me moría de vergüenza. Hasta que el día 2 de mayo del 75 nos juntamos todas e hicimos una pira funeraria del permiso marital, nos pusimos ciegas de champán y dijimos ‘ya somos libres’. 

Y en este contexto, en el que tú tienes que tener un poder de tu marido para poder hacer ciertas cosas, ¿no te ponían limitaciones como abogada que no ponían a los hombres? 

Claro, ellos veían a las mujeres como que no podían ejercer. Teníamos prohibida la entrada como mujer en el colegio de abogados, y la primera mujer que entró fue María Luisa Suárez en el año 47. Pero las pocas mujeres que había en el Colegio de Abogados eran mujeres que se dedicaban a tareas propias de la mujer, al reconocimiento de hijos, a cuestiones matrimoniales, sobre todo en la iglesia porque no había matrimonio civil, etc… Y lo mismo, los obreros. Cuando llegaban al despacho y te veían a ti, preguntaban ‘¿dónde está el abogado?’ Les costó mucho pensar que una mujer lo iba a defender. Pero con el tiempo, todos tenían confianza en ti, te llevaban a todos los sitios, a todas las huelgas y a todas las cosas.

¿Cuál era la situación de las mujeres en el mundo laboral?

Durante los primeros años, era obligado por ley, cuando te casabas, dejar el trabajo. Luego se quitó la obligación y se daba la dote por matrimonio, que era una cantidad que te daban si cuando te casabas te ibas de la casa. Pero no se lo daban a los hombres, solo se lo daban a las mujeres, para que las mujeres dejaran el trabajo, porque sabían que ellas podían tener hijos, que tenían que cuidar la casa y entonces nos animaban con unas pesetas a irte al trabajo. Luego ya no se daba nada por matrimonio. Todo eso han sido conquistas (paulatinas) de la concepción de la mujer y de la concepción de los derechos, porque siempre se pensaba que el matrimonio iba a limitar a la mujer y que nunca iba a limitar al hombre. Al revés, al hombre le aportaba seguridad y a las mujeres nos reportaba desigualdad. 

Cuando vino la amnistía yo conseguí que se incluyera el que fuera obligatorio dejar el trabajo como una ley desigual y muchas mujeres, por ejemplo, de fábricas conocidísimas, como las cigarreras, que estaban todavía en edad de trabajar, volvieron al trabajo. Mujeres con 50 años que se encontraron de repente con un trabajo independiente con su dinero y todo y que fue una felicidad para muchas de ellas. 

Dentro de esas limitaciones que teníais las mujeres, ¿cuál es la que os dificultaba más vuestra vida diaria?

Yo creo que el reparto de las tareas que asumíamos, que nos habían tocado sin jugar en ninguna tómbola. Todas las de cuidado de la casa, del hogar, de la comida, de todo. Y eso limitaba tu capacidad muchísimo. Y para muchas mujeres les suponía una limitación absoluta de su vida, el tener que trabajar y el tener que hacer todas esas tareas. Por lo tanto, la injusta distribución del trabajo y de las responsabilidades es lo que más condicionaba a cualquier mujer. Y te lo digo yo, siendo abogada. Peor era para la señora que estaba fregando casas, que luego tenía que fregar la suya también. Era terrible el que a las mujeres tuviéramos asumida todas esas dobles condiciones. Porque luego hay derechos, que a una le pueden afectar o no. No vamos a tener los mismos problemas yo como abogada luchando que una señora que asiste en una casa luchando con su patrona, que también es otra lucha. Por lo tanto, esas luchas son individuales. La colectiva es el reparto injusto de la vida, de la sociedad, de las responsabilidades.

¿Y cómo fue la lucha a partir de la Transición?

Los avances no se hacen en un día, se van haciendo progresivamente. La Constitución fue un gran avance, pero para el divorcio tuvimos que esperar hasta el año 81, y seguimos luchando por eso. Y por el aborto, que hasta hace muy poco no hemos conseguido que fuera una ley de plazos. Y antes no existía el feminicidio, eran crímenes pasionales. Entonces, hasta hacer toda una teoría de la violencia de género y conseguir que se considerase la palabra género dentro de cualquier ámbito ha sido progresivo. En un principio se consigue el derecho, pero lo importante es el desarrollo. Ahora mismo hay la renovación del pacto de medidas contra violencia, pues es un paso más que damos para adelante. Si lo dejáramos caer, iríamos para atrás. Por lo tanto, suena más cuando se consigue un derecho, que cuando se consigue su verdadero desarrollo. Pero a mí me importa más el desarrollo, porque puede frenar el derecho. Sin embargo, otros prefieren celebrar el ‘ya tenemos aborto’, por ejemplo. A mí me detienen el primer día que se aprueba la ley de aborto porque yo sabía que iba a ser (una ley) inútil porque se dependía de los médicos y seguiría siendo ilegal. La prensa se vuelca en declarar el derecho, a mí me gusta más consolidar los derechos y las épocas de consolidación son tan importantes como la de obtención del derecho.

Llevamos unos años viendo un auge de los movimientos de extrema derecha que defienden una vuelta al concepto de mujer tradicional que muchas mujeres están asimilando. ¿Por qué crees que se está dando esto y cómo crees que podemos contrarrestar?

Yo no creo que nunca haya desaparecido el concepto de mujer tradicional, porque tampoco vayamos a creer que éramos todas unas feministas perdidas. Pero ahora lo que hay es un renacer de la extrema derecha y de la derecha en general en todo el mundo y además apoyado con dinero. ¿Por qué? Porque quieren hacer retroceder la igualdad, porque mientras las mujeres sean muy iguales, ellos no pueden ser los que manden. Entonces la igualdad no les interesa. Ni les interesa la igualdad, ni les interesa el control de nuestro cuerpo, ni les interesa que tengamos nuestra libertad ni la igualdad en el trabajo. Entonces hay una campaña de retroceso que se ampara en la mujer tradicional. Todo eso es un ataque global a la democracia y en España está surgiendo también. ¿Qué es lo primero que hacen, por ejemplo, los de Vox en cualquier gobierno? Primero, quitar las leyes de memoria, prohibir todas las actividades de memoria para que no se sepa la historia de verdad, y por otro lado quitar el feminismo, quitar las teorías de igualdad de todos los sitios. ¿Por qué? Porque eso es lo que da progreso a un país. Ahora hay una especie de teoría romántica de lo bueno que fue Franco, de que nos coordinó a todos, que nos igualó, que reconstruyó España. Y eso es un riesgo en estos momentos que tenemos. La Unión Europea es un reducto donde llevamos 80 años – aunque nosotras (las españolas) nos incorporásemos mucho después – luchando por el estado de bienestar, por la igualdad, por la seguridad social pública, todo esto. Y sin embargo vemos cómo se están perdiendo ahora por esta misma teoría, porque en el fondo el que todo el mundo tenga derechos nos hace iguales, y la gente no quiere ser igual a otros, si no que quiere que seamos desiguales. Por tanto, vienen tiempos muy duros de pérdida de derechos y sobre todo de pérdida de ideología.


Y a mí eso me preocupa porque, no es que hayan salido ahora unos niños más reaccionarios, sino ahora nos educan de una forma más perversa. Y no son conscientes de que los están educando así, porque ellos se sienten que son libres pero lo malo es que en realidad los están educando a no serlo. Ahora se sienten libres porque pueden hacer lo que les dé la gana pero no saben que no van a poder hacer lo que les dé la gana si vienen los que no quieren que lo hagan. Todavía no hay conciencia de que los derechos también se pierden por perder la ideología, por perder la educación y estamos en un momento de riesgo en que no hay conciencia de la pérdida de libertad.

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