La juventud se convirtió en la España de los años 60 y 70 en un actor político muy destacado en un momento de reorganización de las fuerzas antifranquistas, a través de los movimientos sociales y de la militancia en los partidos progresistas

Por Mónica Moreno Seco, catedrática de Historia Contemporánea en la Universidad de Alicante
En los años sesenta y setenta, se extendió una cultura juvenil muy politizada y contestataria, de carácter global. Con importantes diferencias ideológicas, en contextos democráticos o dictatoriales, la juventud progresista occidental compartió el convencimiento de que era posible construir una nueva sociedad más justa e igualitaria. Reclamaba profundos cambios en valores y costumbres, participaba en la contracultura y se caracterizaba por una destacada movilización política en una época de Guerra Fría, del auge del Tercer Mundo y del impacto del mayo de 1968. En este contexto, en España la juventud se convirtió en un actor político muy destacado en un momento de reorganización de las fuerzas antifranquistas, a través del activismo en los movimientos sociales (obrero, estudiantil, vecinal y feminista, en especial) y de la militancia en los partidos progresistas, cuestión que centra el contenido de este artículo.
Según la información que facilitaron los propios partidos, en 1977 el porcentaje de mujeres respecto del total de la militancia fluctuaba entre el 25 y el 35% en el PCE, el PTE, el MC y la LCR, proporción bastante mayor que el 15% que declaraban el PSOE o el PSP. Por otro lado, mientras la militancia del PCE tenía una media de edad de 50 años, aunque contaba con unas activas Juventudes, los partidos de la izquierda revolucionaria ofrecían con una media de 25-30 años, y también tenían secciones juveniles, como la Joven Guardia Roja del PTE. La urgencia de acabar con la dictadura, la rebeldía o la atracción por el riesgo eran rasgos que unían a la juventud comprometida y parecían crear una identidad colectiva neutra. Sin embargo, la creciente presencia de mujeres en los partidos antifranquistas hizo aflorar las contradicciones entre discursos y prácticas en un mundo masculinizado, que bebía en buena cuenta de la cultura obrera.
La imagen del militante antifranquista en las décadas de los sesenta y setenta se perfilaba en torno a valores como entrega, capacidad de sacrificio, disciplina, honestidad, solidaridad y valentía ante la violencia o la represión, principios que compartían mujeres y hombres, pero que se conjugaban en masculino, en términos heroicos y de liderazgo. La masculinización de la política se daba en el ámbito simbólicos, pero tenía repercusiones en la militancia de las mujeres. Por ello, si bien participaban en el reparto de propaganda, formaban parte de las células y acudían a protestas, pocas alcanzaron puestos de responsabilidad y fueron excepcionales dirigentes jóvenes como Pilar Brabo en el PCE o Pina López Gay en el PTE. A medida que avanzó el tiempo, se fue construyendo una nueva identidad femenina, revestida de rebeldía, que accedió al espacio masculino de la política y trasgredió los códigos de género.
Las mujeres y los hombres jóvenes se distanciaron de forma consciente de los modos de vida y muchas veces de los ideales de sus mayores. Pero, además, las militantes jóvenes cuestionaron los discursos normativos de género y desarrollaron una “revolución interior” no solo al participar en movilizaciones sociales y políticas, sino también al cambiar su forma de concebir las relaciones personales. La alta participación de mujeres en los partidos de izquierda y en sus organizaciones juveniles influyó en la politización de lo privado, que fue un elemento característico de esa generación, y en la necesidad de incorporar lo privado al debate político. Pero también transformó la forma de concebir la militancia, pensada hasta ese momento en masculino. El deseo de libertad política y el anhelo de libertad personal iban parejos entre los y las jóvenes militantes, pero tenían significados diferentes en función del género.
En un contexto de auge de una contracultura que valoraba los afectos y ponía en cuestión los patrones de comportamiento de la generación anterior, esta juventud comprometida y militante se replanteó la manera de abordar las relaciones de pareja. En términos generales, se extendió un rechazo teórico a la familia, entendida por influencia del feminismo como una institución patriarcal y burguesa, llamada a desaparecer con el triunfo de la revolución o la implantación de una sociedad nueva. Aunque la práctica no siempre se ajustó a estos principios, es cierto que el modelo de familia convencional fue abandonándose. El terreno en el que probablemente más cambios se dieron fue el de la sexualidad, en una época de liberación sexual que permitió romper con los tabúes impuestos por la escuela franquista y la moral católica, algo que tuvo repercusiones más acusadas entre las mujeres que entre los hombres, pues ellas estaban sometidas a un mayor control social. Por último, otro elemento que asimismo caracterizaba en la vida cotidiana a la militancia antifranquista era el aspecto físico. El peinado y la ropa definían a la juventud progre, en el caso de ellos por la barba y de ellas en torno al cabello largo suelto, los vaqueros o las botas, que contrastaban con el maquillaje, las faldas y los tacones de jóvenes más convencionales. Además, se distinguieron de sus madres porque fumaban, frecuentaban los bares o utilizaban un lenguaje directo e incluso malsonante.
En España, como en otras naciones del entorno europeo, muchas militantes jóvenes recurrieron a los planteamientos igualitarios que provenían del feminismo para reclamar un espacio propio en la acción política y unas relaciones personales en igualdad, entendidas como parte de la lucha por una sociedad socialista. Estas demandas introdujeron cambios en las culturas políticas a las que pertenecían. Estos discursos y prácticas impulsadas por jóvenes, en su mayoría de clase media, fueron permeando, con límites, la militancia de otras edades y clases sociales. No obstante, tuvieron unas repercusiones desiguales en el funcionamiento interno de los partidos y en las relaciones de poder en su interior.
El contacto con el feminismo les impulsó a introducir debates nuevos en sus formaciones políticas, entre ellos la integración de la liberación de las mujeres como parte de la lucha por el socialismo, superando las anteriores tesis marxistas que priorizaban la revolución y creían que la igualdad entre mujeres y hombres se alcanzaría de forma automática en la sociedad sin clases. Fueron descubriendo las contradicciones ideológicas y de funcionamiento de sus partidos y la falta de coherencia de sus compañeros. Al asumir los planteamientos feministas, contribuyeron a difundir valores igualitarios, no solo en los discursos y programas, sino también en comportamientos personales. Los partidos progresistas incorporaron, con distinto ritmo e intensidad, el discurso feminista en sus documentos oficiales. No se hizo sin tensiones, como es lógico, y hubo que vencer resistencias ideológicas, por el peso del estructuralismo marxista y de la tradicional percepción del feminismo como un movimiento burgués. Mientras algunas formaciones incorporaron en sus discursos oficiales la idea de que el socialismo no estaría completo sin el feminismo, y de que el origen de la subordinación de las mujeres no se explicaba solo por la división de clases, como hicieron el PCE, la LCR o el MC y sus organizaciones juveniles, otras siguieron manteniendo las tesis clásicas durante más tiempo, como el PTE o la ORT. Las militantes desarrollaron, por tanto, una importante labor feminista dentro de sus partidos.
Además, exigían coherencia entre vida cotidiana y principios para evitar contradicciones y denunciaban la persistencia en ocasiones de la doble moral tradicional. En este sentido, incorporaron lenguajes y debates nuevos, de forma que además de proclamar la igualdad entre mujeres y hombres, y de aceptar el feminismo como un elemento constitutivo de la revolución socialista, promovieron el debate sobre el reparto del trabajo doméstico, la validez de la pareja, el placer sexual o la homosexualidad. La “revolucionarización” de la militancia en clave feminista confrontó a los y las militantes con las paradojas que afloraban en la vida cotidiana, en la expresión de los afectos y en las prácticas sexuales. Aunque es cierto que el puritanismo estuvo bastante extendido en los partidos antifranquistas, ya en los años setenta las nuevas costumbres desinhibidas y las nuevas formas de abordar el cuerpo fueron difundiéndose en estas culturas políticas, en especial en la militancia más joven.
En suma, la juventud antifranquista contribuyó a transformar sus partidos, construir una cultura democrática en el país con su participación en movilizaciones y debates públicos, y difundir unas relaciones personales y afectivas liberadoras e igualitarias. El alcance de los cambios que propugnaban estas jóvenes no fue completo ni estuvo exento de tensiones, pero supuso un avance en los hábitos militantes y cotidianos de la izquierda. Desde luego, todos estos planteamientos, discusiones y experiencias trasgresoras modificaron de raíz sus propias vidas. Cambios que tuvieron distintas repercusiones en función del género, pues a la común ruptura política y en las costumbres, las mujeres jóvenes añadieron el cuestionamiento de los estereotipos sobre la feminidad tradicional. Además, estas jóvenes antifranquistas criticaron las bases de la masculinidad tradicional, al reclamar la igualdad de oportunidades en las tareas militantes, la corresponsabilidad de la crianza y las tareas domésticas, o el derecho al placer sexual en clave igualitaria. La militancia antifranquista de las jóvenes, por tanto, se conjugó en lo público y lo privado, promoviendo modificaciones importantes en la sociedad española del último franquismo.
Ilustración: ©Amaya Lalanda


