La guerra israelí que busca cambiar Oriente Medio

El conflicto con Irán tiene en el centro la actual situación de Israel y la dinámica creada para reconfigurar el orden regional de Oriente Medio

Por Isaías Barreñada. Profesor de Relaciones Internacionales, Universidad Complutense de Madrid

El tándem Israel-Estados Unidos ha incendiado Oriente Medio. No es nuevo ni es la primera vez, pero ahora ha sido a una escala diferente. Israel lo viene haciendo de manera continuada desde su creación hace casi ocho décadas. Estados Unidos, con otros objetivos y medios, lo hace desde los setenta. Esta, sin embargo, es esencialmente una guerra de Israel que ha arrastrado a Estados Unidos aprovechando la necia insensatez y la euforia belicista de su presidente. Israel sabe lo que quiere; Trump, en cambio, va a precipitar de manera caótica y acelerada lo que muchos vienen anunciando desde hace tiempo: la retirada estadounidense de la región.

Desde el punto de vista legal es inobjetable que esta es una guerra ilegal que viola principios básicos del derecho internacional. El ataque israelo-estadounidense ha sido un acto de agresión, dado que la llamada guerra preventiva no tiene fundamento legal. Esto implica a los agresores directos, pero también a sus aliados: los Estados tienen prohibido permitir que su territorio se utilice de manera que cause perjuicio a terceros (artículo 3 de la resolución A/Res/3314, de 1974) y tienen la obligación de impedir que las fuerzas de los Estados extranjeros presentes en su territorio cometan, faciliten o apoyen actos de agresión contra otro Estado. En todo caso, la Carta de Naciones Unidas reconoce el derecho a la legítima defensa en caso de agresión (artículo 51).

Los agresores han alegado tres objetivos principales: destruir la capacidad nuclear ofensiva iraní, impedir que siga siendo una amenaza para ellos y sus aliados, y propiciar un cambio de régimen. Si hace décadas que Israel y Estados Unidos vienen considerando a Irán como su principal adversario en la región, y desplegando muy diversas formas de hostigamiento, cabe preguntarse por qué han decidido un ataque de tal envergadura ahora, incendiando – como cabría esperar – toda la región. Más allá de especulaciones sobre la real capacidad nuclear iraní, la amenaza existencial que representa para Israel o la posibilidad de debilitar indirectamente la economía china, una clave de esta guerra tiene que ver con la supervivencia del Estado de Israel. En gran medida, esta guerra es la continuación de la que empezó a finales de 2023, teniendo en el centro la actual situación de Israel y la dinámica creada para reconfigurar el orden regional de Oriente Medio.

Durante dos años Israel perpetró un genocidio en Gaza con el apoyo directo de Estados Unidos y la complicidad activa o pasiva de sus aliados europeos. La guerra desbordó Palestina, extendiéndose al Líbano, Siria, Irán, Qatar y Yemen, además de encubrir la violencia de los colonos en Cisjordania. La guerra total contra los palestinos llevó a que Sudáfrica iniciara un procedimiento contra Israel en la Corte Internacional de Justicia por genocidio, y que la Corte Penal Internacional finalmente interviniera contra los responsables políticos de las masacres. La condena a Israel se extendió a nivel global. La situación generada por la hubris israelí llegó a tal punto que los europeos empezaron a revisar tímidamente su posición y el propio Trump tuvo que salir al rescate de Israel con un plan de cese el fuego, reanudación de la ayuda humanitaria y de gestión directa de la Franja mediante un organismo internacional de gobierno y de reconstrucción. El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas validó el plan de Trump a pesar de obviar el derecho internacional y los derechos inalienables del pueblo reconocidos por la Asamblea General de Naciones Unidas, al suplantar a los palestinos y consintiendo la perpetuación de la colonización israelí. Lo ocurrido en esos dos años ha afectado profundamente la cuestión palestina en su conjunto y también la posición y el estatus de Israel.

Israel ha sido puesto contra la pared. El genocidio de Gaza puso en evidencia que Israel es un cuerpo colonial extraño a la región, que sólo admite un estatus de privilegio, que nunca aceptará una solución justa a la cuestión palestina y que su proyecto estatal es incompatible con una relación normal con sus vecinos. La lógica del proceso de paz de Oslo con los palestinos (1994-2000) o de los acuerdos de normalización con algunas monarquías árabes (2020) se ha esfumado. Su imagen internacional se ha deteriorado hasta niveles inimaginables. En Naciones Unidas se comporta como un hooligan. Tras la guerra, Israel ha asumido que nunca será aceptado tal como pretende y que su supervivencia está condicionada a vivir en una fortaleza, en permanente guerra con su entorno y al precio que sea, aunque sea cometiendo barbaridades. Sin ningún empacho y con orgullo, Netanyahu ha usado la fórmula de “super Esparta”. La vieja doctrina de seguridad israelí, basada en la disuasión, la prevención y los resultados decisivos, se ha ampliado. Para mantener su ventaja de poder debe vaciar o debilitar de manera permanente todo su perímetro, sean los territorios palestinos o los estados vecinos; así como anular la amenaza existencial que suponga una potencia regional que cuestione su legitimidad. En tal caso mediante la derrota militar, la destrucción del país o sembrando el caos regional, y pretendiendo que los pueblos exhaustos se resignen y acepten los planes decididos desde fuera y en función de intereses ajenos. A Israel le interesa un Oriente Medio fragmentado y disfuncional. Para ello, cuenta de nuevo con la potencia de turno, tal como vino haciendo el movimiento sionista desde la Primera Guerra Mundial.

El cese del fuego en Gaza ha dado un respiro a Israel. Gaza ya no está en las portadas de los medios, aunque la limpieza étnica prosigue, la ocupación de Cisjordania se profundiza y se anuncian anexiones. Además, ha permitido que Israel reoriente su plan hacia el vecindario. En junio de 2025, durante dos semanas, Israel y Estados Unidos ya agredieron a Irán, bombardeando centros de mando militar e instalaciones nucleares. Como es habitual, Trump hizo declaraciones triunfalistas declarando haber asestado un golpe definitivo a Teherán. A principios de año, Irán volvió a ser objeto de amenazas. Washington desplegó medios militares navales en la región mientras mantenía negociaciones directas con Teherán. Pero sorpresivamente Israel precipitó los acontecimientos y arrastró a su socio, por lo que el 28 de febrero de 2026 iniciaron una ofensiva militar conjunta. El Secretario de Estado Marco Rubio reconoció que fue Israel quien decidió poner en marcha la operación, en base a una oportunidad de golpear la dirigencia iraní, y que EE.UU. decidió sumarse ante la previsible respuesta contra sus intereses (y bases) en la región.

Israel tiene un plan claro: asestar el mayor golpe posible a Irán para disuadirle de cualquier amenaza y para debilitarle política y económicamente, todo ello de manera rápida y contundente dadas sus propias limitaciones. Estados Unidos no tiene un plan propio, a pesar de la retórica trumpiana de “rematar” la disputa con Teherán. Al contrario, Washington se ha embarcado en una guerra que se puede empantanar, echando al traste la arquitectura de seguridad construida hace décadas en el Golfo, perdiendo aliados, y sufriendo una derrota simbólica a pesar de su ventaja tecnológica militar. El “Oriente Medio postamericano” planificado y gradual puede precipitarse de manera catastrófica.

La guerra ya tiene repercusiones económicas globales y todo parece indicar que hay un riesgo de que la guerra se alargue. Puede suponer la destrucción de un país que es central en Oriente Medio. El horizonte es poco prometedor. La postguerra puede conllevar un nuevo orden regional dominado por Israel, impuesto mediante la supremacía militar, y basado en el caos permanente y el debilitamiento de los Estados, incluso de los Estados del Golfo, considerados durante mucho tiempo protegidos gracias a su peso económico y diplomacia estratégica. 

Scroll al inicio