Julián Ariza: De mi experiencia

«Durante años, la rebeldía frente a la injusticia y el deseo de libertad me proporcionaron intensos períodos donde las persecuciones de la policía, las detenciones, los procesos y la cárcel constituían el pan nuestro de cada día»

Por Julián Ariza, histórico dirigente de Comisiones Obreras

Ignoro cuáles han sido las razones básicas por las que el Gobierno lanzó meses atrás la idea de promover más de un centenar de actos públicos con ocasión del cincuenta aniversario de la muerte del dictador Francisco Franco.

Como no se me ocurre pensar que lo hiciera a modo de conmemoración, parece obvio que lo pretendido sería, por un lado, reivindicar los logros del casi medio siglo de democracia y, por otro lado, recordar a la ciudadanía lo que fueron algunos de los rasgos de una dictadura como la franquista, justo en una etapa de nuestro devenir como pueblo y como sociedad en la que emergen fuerzas políticas que parecen añorar tiempos pasados en los que la ley y el orden tenían origen casi divino y la guía de un caudillaje erigido como tal por la fuerza de las armas.

Es por ello que puestos a ilustrar algunos de los rasgos del franquismo se me ha ocurrido que, en lugar de buscar adjetivos y descripciones de su naturaleza represiva y su aversión a la democracia, me dedicara a hacer un relato de mi experiencia durante los años en que la rebeldía frente a la injusticia y el deseo de libertad me proporcionaron intensos períodos donde las persecuciones de la policía, las detenciones, los procesos y la cárcel constituían el pan nuestro de cada día. A modo de compensación experimentaba la sensación de que estaba haciendo algo útil para que aquel régimen político terminara desapareciendo.

La primera de aquellas experiencias la viví cuando la recién nacida reforma de la ley de prensa me fue aplicada por publicar un artículo sobre un sonado conflicto laboral que protagonizaban los trabajadores de Barreiros Diesel, una empresa del automóvil autóctona con varios miles de empleados en su plantilla. Lo publiqué en un semanario que editaba la JOC –Juventudes Obreras Cristianas- pero lo hice cuando, con la nueva ley de prensa, la censura política en lugar de ejercerse previamente pasó a serlo posteriormente a la publicación. Yo criticaba la inoperancia del sindicato vertical frente a aquel conflicto laboral, pero mis censores lo tildaron de injuria, secuestraron el número, me procesaron y me condenaron a varios meses de prisión.

Casi sin solución de continuidad me abrieron otro proceso por las mismas causas. Es decir, publiqué dos semanas más tarde una breve nota donde reiteraba que el sindicato vertical no había ejercido defensa alguna de aquellos trabajadores. Volvieron a secuestrar el número, reiteraron lo de injurioso y, no conformes con ello, desposeyeron de sus cargos como vocales provinciales a más de dos decenas de cargos de la sección social del Metal que cometieron la osadía de solidarizarse conmigo ante aquellos eventos. Nueva condena de prisión.

Me ahorro enjuiciar cómo interpretaba el franquismo la libertad de expresión.

A modo de coronación de aquella tendencia a impedir que opináramos con una mínima libertad hubo un tercer proceso donde acusándonos de desacato a la autoridad nos procesaron a tres vocales provinciales del Metal –Doroteo Carrillo (de Standard), Enrique Díez (de Pegaso) y yo mismo (de Perkins)- por haber enviado un telegrama al Vicepresidente del Gobierno en el que exigíamos la libertad de un compañero que hacia propaganda legal de las elecciones sindicales en la fase de elección de cargos a nivel nacional. Cuando varias semanas más tarde Enrique Díez acompañaba a una delegación de su Jurado de Empresa, solicitando al jefe de la Brigada Político-Social, Saturnino Yagüe, que dejaran en libertad a un compañero recién detenido, el tal Yagüe le propinó un brutal puñetazo que le tiró al suelo. Lo hizo recordándole el telegrama de marras y le acusó de haber exigido aquella libertad. 

Vinieron después tres procesos vía Tribunal de Orden Público. El primero, en enero de 1967, por reusar el transporte de la empresa al finalizar la jornada de trabajo y tratar con el resto de compañeros de caminar por las aceras hacia el centro de la capital. A Marcelino Camacho y a mí nos condenaron a doce meses de prisión y dos meses más como arresto sustitutorio de la correspondiente multa. El segundo proceso fue por una asamblea en una iglesia del barrio de Orcasitas, en Madrid, en abril de 1967, en la que publicitamos una alternativa a la reforma de la ley sindical que pretendían desde el sindicato vertical. Previas a la condena de cuatro meses más el arresto sustitutorio de la multa de rigor, pasé dos semanas en la cárcel.

 La tercera fue en octubre del mismo año, por una asamblea preparatoria de unas manifestaciones desde la salida del trabajo a modo de repetición de lo hecho en enero. Aquí se cebaron en la represión y puede considerarse que fue el momento de inflexión del franquismo para volver a la brutalidad represiva de antaño. Efectivamente, nos procesaron a trece de nosotros y a mí me pidió el fiscal diez años, dos meses y un día, finalmente condenado a cinco años por asociación ilícita y tres por reunión ilegal. En resumen, seis procesos en un año.

Salta a la vista que los que reclamábamos derechos sindicales éramos especialmente perseguidos y sancionados por el franquismo. Desde el derecho de huelga, calificado de sedición, hasta los de asociación, reunión, expresión y manifestación. Y el mío no fue un caso aislado. En el libro sobre la historia del Tribunal de Orden Público se describe el nombre de los cerca de diez mil españoles y españolas encausados y condenados por ese tribunal, de los que una tercera parte lo fuimos por la pertenencia a Comisiones Obreras.

Soy consciente de que este relato no deja de ser más que un modesto intento de concretar cómo se ejercía la represión contra los antifranquistas que pretendíamos un país con derechos políticos, sindicales, sociales y laborales como los de los países de nuestro entorno. No añado ejemplos de torturas, de decenas de miles de despidos y represión laboral, de muertes en algunos desenlaces de manifestaciones. Ni me adentro en el devenir de una vida cotidiana rodeada de incertidumbres e inseguridades de todo tipo. Lo que sí recomiendo es mucha prevención frente a los nostálgicos de aquel Régimen.

Quizás, en democracia, nos ha faltado promover una iniciativa que representara el reconocimiento a esas decenas o, probablemente, cientos de miles de compatriotas cuyo testimonio y compromiso militante contribuyeron de manera decisiva a que hayamos disfrutado de medio siglo de democracia.

Ilustracion: ©Amaya Lalanda

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