“Good night. Happy New Year!” Las repercusiones geopolíticas en América Latina y el Caribe de la Operación “Resolución Absoluta”

Si no se tiene en cuenta la posición de absoluto declive económico de los Estados Unidos a la que quiere poner fin explícitamente el presidente Trump, no se puede entender una acción militar de este tipo
Imagen de Nicolás Maduro tras ser detenido compartida por Donald Trump en redes sociales.

María Lois, profesora titular de Geografía Política en la Universidad Complutense de Madrid, subdirectora de Geopolítica(s), miembro del Consejo Asesor de la fundación 1º de Mayo y del Grupo de Investigación sobre Espacio y Poder.

Heriberto Cairo, catedrático de Geografía Política en la Universidad Complutense de Madrid, miembro del Grupo de Investigación sobre Espacio y Poder, director de Geopolítica(s). 

Esta pieza tiene como objeto analizar el impacto de la agresión a Venezuela en la región latinoamericana y caribeña, en particular, y en el Sur Global, en general. Para ello, convendría entender primero el objetivo de la acción estadounidense. La narrativa oficial, que acogen con entusiasmo los mass-media hegemónicos y todas las fuerzas políticas del campo de la derecha, habla de una acción policial encaminada a poner a disposición judicial a un criminal acusado de narcotráfico a grandísima escala; de este modo, además, el gobierno de Donald Trump habría sorteado la obligada autorización del Congreso estadounidense para una operación bélica en el exterior. Esta explicación, que trata de presentar una continuidad de la campaña contra las narcolanchas en el Caribe y en el Pacífico, vendría a ser el preludio de nuevas operaciones contra Colombia, México e, incluso Cuba. El presidente Gustavo Petro sería el que mayor peligro correría, ya que ha sido repetidamente acusado por el presidente Trump de «enfermo» o de «jefe de una organización criminal de narcotraficantes». 

Pero esta narrativa se muestra endeble y contradictoria, viniendo de un gobierno que a principios de diciembre de 2015 había perdonado a Juan Orlando Hernández, el expresidente de Honduras que cumplía una pena de 45 años de prisión en Estados Unidos por haber introducido varias toneladas de cocaína en el país. Ciertamente, es difícil negar que el territorio venezolano es utilizado por los narcotraficantes para dar salida a la cocaína que se produce en la región andina; pero también se utiliza el territorio de Ecuador o Brasil, por ejemplo, sin que parezca que los gobiernos de estos dos países —tan disímiles desde una perspectiva político-ideológica— sean candidatos a una inmediata intervención estadounidense. Sería necesario preguntarse entonces qué tiene Venezuela que no tengan Colombia, Ecuador o Brasil. 

La respuesta más inmediata es petróleo. Y sí. Venezuela alberga las mayores reservas probadas del planeta (304.000 millones de barriles), mientras que Estados Unidos, el mayor consumidor mundial (71.858 millones de barriles al año) sólo dispone de 74.000 millones de barriles de reserva. Este desequilibrio entre relativamente escasa producción y el consumo creciente, que, como muestra Philippe Le Billon, siempre ha sido fuente de tensión, hace más peligroso en el contexto de la política energética adoptada por el gobierno de Donald Trump, que desprecia las energías renovables y propugna la vuelta al petróleo como fuente energética fundamental.

Esta situación se podría comparar con un escenario similar de un orden geopolítico del pasado, el de la rivalidad inter-imperial (1875-1945), tal y como lo describe John Agnew, cuando las economías de Alemania y Estados Unidos comenzaban a competir ventajosamente con la de Gran Bretaña, la potencia hegemónica del orden geopolítico anterior. La industria británica no tenía émulo en las tecnologías del vapor, pero se quedaba atrás frente a la alemana y la estadounidense en los nuevos sectores industriales pujantes: el eléctrico y el químico. En ambos casos, además, su mercado interno era mayor, y, en el caso americano, se beneficiaba del imperialismo de libre comercio británico más incluso que el propio Reino Unido. Aunque la hostilidad inter-imperial no estallará abiertamente hasta 1914, cuando comenzó la Primera Guerra Mundial, la rivalidad ya era evidente en la década de 1890. Pero no existía una sola rivalidad, sino que eran múltiples, entre las potencias europeas y con otras potencias no europeas, como Estados Unidos y Japón, que querían entrar en el reparto del mundo.

Y quizás estemos ante un momento relativamente similar, en el que una potencia emergente, China, desafía la posición que había tenido los Estados Unidos en el orden geopolítico de la Guerra Fría. La rivalidad entre estas potencias se suma a alianzas cambiantes con otros países del Sur Global, con la vieja Europa y con Rusia, que buscan incrementar las esferas de influencia y que provocan cambios drásticos en las rivalidades tradicionales hasta ese momento, como apunta el distanciamiento entre EE UU y la Unión Europea.

En este escenario el impacto de la acción sobre Venezuela afectaría a toda América Latina y el Caribe, así como a los vecinos de Groenlandia, codiciada por sus tierras raras, o Canadá, por las reservas de agua y también petróleo, que se convertirían en la arena más cercana de la disputa estadounidense global frente a China.  El llamado “corolario Trump” de la doctrina Monroe, enunciado en el mensaje presidencial del 2 de diciembre de 2025, ampararía esta explicación. Trump afirmaba su “compromiso de anteponer siempre la soberanía, la seguridad y la protección de Estados Unidos”, que le habría llevado a restablecer el acceso privilegiado de Estados Unidos al canal de Panamá en el contexto del restablecimiento del dominio marítimo estadounidense, y que le conduciría a poner “fin a las prácticas contrarias al mercado en los sectores de la cadena de suministro internacional y la logística”.

Pero posiblemente esta explicación sobre el interés estadounidense por el petróleo y otras materias primas en América Latina y el Caribe, no sea completa. Como argumentaría John Mearsheimer, si no se tiene en cuenta la posición de absoluto declive económico de los Estados Unidos a la que quiere poner fin explícitamente el presidente Trump, no se puede entender una acción militar de este tipo. EE UU, a pesar de seguir teniendo la maquinaria militar más importante del planeta, acumula déficits comerciales imparables y una capacidad industrial en declive frente a la potencia emergente, China. Ya no es, de ninguna manera, la potencia hegemónica en términos económicos.

Pero además ha dejado de ser el espejo donde se miran el resto de los miembros del sistema interestatal. Ha perdido la capacidad de seducción, ya no es la “modernidad” cultural y política, en el sentido de Ulrich Beck. China, con su plan de acción diplomática global de la Franja y la Ruta, seduce mucho más eficazmente. En estas condiciones, las potencias en declive se ven tentadas de usar la amenaza como instrumento alternativo, y esperan que el miedo sea útil donde la diplomacia ya no lo es. Según esta lógica, las intervenciones en América Latina y el Caribe podrían sucederse hasta la irremisible decadencia final de los Estados Unidos, tal y como ocurrió con el Reino Unido hasta que se produjo la transición geopolítica, de la que hablaba Peter J. Taylor, a los EE UU tras la Segunda Guerra Mundial. La consideración de que Cuba es una “fruta madura” a punto de caer sería un indicio.

La Operación “Resolución Absoluta”, ejecutada por los equipos especiales de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos para secuestrar al presidente de Venezuela, tiene muchas lecturas. Pero la muestra de dignidad de Nicolás Maduro al llegar a suelo estadounidense saludando amablemente a los que allí le esperaban (Good night. Happy New Year!) hace ver que la abismal asimetría de poder militar que separa a los Estados Unidos de cualquiera de los otros Estados del planeta —incluidos incluso China y Rusia— podrá permitirle eliminar un enemigo o conquistar un país sin apenas sufrir bajas. Pero difícilmente podrá ganar los corazones de las poblaciones objeto de su ira. Mientras los líderes de la región mantengan la dignidad, quedan esperanzas de que el imperialismo estadounidense sea vencido, como lo fue el británico o el francés. La acción en Venezuela puede despertar una ola contrageopolítica de los pueblos latinoamericanos y caribeños capaz de invertir el discurso geopolítico dominante. Pero eso ya es parte de otra historia.

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