La IV Conferencia Internacional de Financiación al Desarrollo reafirma los compromisos con el desarrollo sostenible y reivindica el multilateralismo y la paz frente a la Internacional del Odio.

Por Jorge Ezquerra Monge, Estudiante del doble grado en Estudios Internacionales y Ciencia Política de la Universidad Carlos III de Madrid
Pasó completamente desapercibida para el público general de nuestro país, pero del 30 de junio al 3 de julio, entre noches tórridas y jornadas a 40ºC, se celebró en Sevilla la IV Conferencia Internacional de Financiación al Desarrollo. Quizás la elección de Sevilla fuese deliberada para demostrar a los líderes y lideresas del norte global lo que puede ocurrir más allá de los Pirineos si no se invierte en desarrollo y ecología, o puede que la decisión se ajustase a otros criterios. De una forma u otra, el dato es incontestable: más de cincuenta delegaciones se reunieron en la capital andaluza para afrontar los retos de la equiparación regional.
A lo largo de sus treinta y ocho páginas, el documento final acordado por los países asistentes desgrana 66 propuestas (cada una con sus múltiples apartados) agrupadas en nueve ejes temáticos, reflejando los compromisos adoptados. De forma preliminar, merece la pena destacar que los gobiernos firmantes hayan reafirmado su compromiso con el desarrollo sostenible, la Agenda 2030, la cooperación al desarrollo y la voluntad de acabar con la pobreza, todo ello de forma explícita.
En lo que se refiere a la financiación, los estados acordaron un fortalecimiento de la fiscalidad progresiva, abogando por el diseño de presupuestos desde una óptica de género y ecológica. También se interpela con acierto a las grandes organizaciones privadas como actores clave en el desarrollo global. En concreto, se apuesta por reforzar el rol de los bancos como parte del desarrollo de los países del Sur Global, y se defiende la cooperación multilateral para combatir la corrupción y el blanqueo de capitales. Aboga también el documento por planificar las inversiones de forma que sean sostenidas en el tiempo y directas a proyectos en los países receptores, de acuerdo a un catálogo de prioridades que estos elaboren. Para todo ello, se deberá crear un sistema de incentivos fiscales, que tenga también en cuenta cuestiones de género y de sostenibilidad ambiental.
Por ámbitos, el compromiso final se puede estructurar en cuatro grandes áreas de actuación. En lo que concierne al capital humano, se formula una apuesta clara por desarrollar una educación de calidad, un sistema de salud público y mecanismos de protección social, así como promover el empleo digno. En lo climático, se considera crucial acelerar la acción climática y apoyar la transición energética, con mecanismos de financiación accesibles. En materia comercial, se defiende la puesta en marcha de ayudas para países insulares, subdesarrollados y sin acceso al mar, así como la promoción de las cadenas de valor regionales. Finalmente, en materia de infraestructuras, se apuesta por las inversiones en energía, transportes, agua y saneamiento, así como en un proceso de digitalización inclusivo.
Hablaba Marx de la ley del desarrollo desigual y combinado, según la cual los países subdesarrollados no pasan por el mismo proceso de evolución que los desarrollados, sino que aprenden de sus errores y de sus aciertos para formular directamente unas políticas actualizadas. Podría decirse que estos compromisos son ejemplo de esta “norma” del desarrollo.
A nivel nacional, el gobierno de España presentó el Plan Sevilla de Apoyo al Multilateralismo basado en tres ejes: refugio, refuerzo y reforma. El ejecutivo se comprometió a abrir una Casa ONU en Madrid y a facilitar la instalación de nuevas organizaciones internacionales en nuestro país, así como a atraer más citas internacionales y a impulsar la participación en órganos de ámbito mundial. También se incluye la promesa de alcanzar ese famoso 0,7% de la Renta Nacional Bruta destinada a Cooperación al Desarrollo, así como una voluntad de reformar el modelo multilateral para garantizar «un horizonte de paz».
No obstante, y pese al valor de los avances logrados, no todo fueron luces en el encuentro. Una sombra, en específico, brilló más que las demás, aunque bien podría decirse que el motivo del brillo fue su ausencia. La decisión del presidente de Estados Unidos Donald Trump de ausentarse de la cumbre responde a su ideario político: proteccionismo, nacionalismo y un liberalismo económico tan extremo como sea posible. Habrá quien sienta la necesidad de añadir el concepto “racismo”. Que lo incluya mentalmente, si así le place al lector o lectora, pero yo prefiero hablar de “aporofobia”; no en vano Trump y sus socios olvidan la nacionalidad cuando el inmigrante llega con maletines llenos de billetes.
Sin embargo, y pese a que es cierto que su ausencia supone un nuevo mazazo a la cooperación internacional al desarrollo, no por ello era menos previsible. Hablamos del mismo mandatario que cerró USAID (la agencia estadounidense de cooperación) o que envía redadas policiales a las calles día sí y día también para cumplir su promesa de deportar a un millón de personas en el primer año de mandato, todo ello mientras da pasos para dinamitar el estado democrático y de derecho y convertirse en una suerte de líder supremo de su nación. Me pregunto qué diría si supiese que la idea del “presidente vitalicio” no es suya, sino que nació hace 200 años y fue desarrollada por un hombre de América del Sur.
Con todo, su ausencia sirvió para demostrar lo que mucha gente se ha empeñado en negar por activa, por pasiva y por mediopensionista: el multilateralismo sigue vivo y es más necesario que nunca. Puede que no sea la vía más sencilla para solucionar problemas, puede que no sea la forma más rápida de afrontar dificultades y puede que no sea el camino más cómodo de transitar en el contexto internacional actual, pero es sin duda alguna el más conveniente para la humanidad.
Carl von Clausewitz afirmó en los albores de la Edad Contemporánea que la guerra es la continuación de la política por otros medios. Carezco de conocimientos objetivos para poder afirmar a ciencia cierta si la política internacional de EEUU es consecuencia de una verdadera extenuación de las vías políticas de resolución de conflictos o si es consecuencia de una nula voluntad del gobierno del país de la (supuesta) libertad de poner en marcha medidas de política y diálogo, aunque intuyo que la segunda se ajusta más a la realidad que a la primera.
Pese a la aparente asunción generalizada del modelo belicista y de la ley del más fuerte por parte de la práctica totalidad de países occidentales (sólo uno se atrevió a alzar la voz en la última cumbre de la OTAN), la lucha por la justicia no puede terminar en derrota. El camino es arduo, pero elegir hacer lo correcto por encima de lo fácil conlleva saber que no transitaremos un camino de baldosas amarillas. No me opongo a la cooperación militar, indispensable para garantizar la soberanía ucraniana y palestina, pero creo conveniente conjugarla con el multilateralismo, pues será con unidad y solamente con unidad como sepamos dar respuesta a los grandes retos globales. En época de trumpismo y de individualismo, es necesario unir a todas las personas que creemos en la paz y en la política antes que en la guerra.


