Un valle de lágrimas

En política se produce casi siempre una confrontación de los principios de acción y reacción y así ocurrió también durante el franquismo

Por Joaquín Estefanía, periodista y escritor*

Pasar de una dictadura a una democracia, mediante diferentes procesos de transición, es “un valle de lágrimas”, en palabras del sociólogo germano-británico Ralf Darhendorf. También lo fue en nuestro país, en número de vidas sacrificadas, represión y tiempo perdido. En España, además, se produjo, como escribió Manuel Vázquez Montalbán, “una correlación de debilidades” entre las fuerzas del régimen anterior y las de la oposición: ninguna de las dos partes se hallaba en condiciones de imponer al adversario su funcionamiento. De aquella oposición tan solo fueron excluidos los terroristas y los separatistas, pues los comunistas -que tampoco fueron admitidos en el diálogo por los reformistas del Régimen en muchos momentos- se ganaron pronto su lugar y tuvieron un papel central pese a que su presencia en el Parlamento fue menor de lo que se pronosticaba, dada su hegemonía de facto en la lucha clandestina durante el franquismo. En política, como en el desarrollo práctico de otras ciencias sociales, se produce casi siempre una confrontación de los principios de acción y reacción. En este artículo vamos a poner dos ejemplos de ello, en sentido opuesto.

-Año 1959. Termina el primer franquismo, el más duro: el de la autarquía. Por agotamiento del modelo. Se pone en marcha el llamado Plan de Estabilización. Dice en su preámbulo que “se trataba de dar una nueva dirección a la política económica a fin de alinear la economía española con la de los países del mundo occidental y liberar la  del intervencionismo del pasado que no se corresponde con las necesidades en la situación actual”. Algunos de los tecnócratas que lo protagonizaron escribieron a posteriori, forzando sus argumentos, que allí comenzó la Transición, cuando lo que buscaban era una economía de mercado, no una democracia.

El Plan de Estabilización considerado un elemento modernizador se halla emparedado entre el nacimiento del movimiento estudiantil y el renacimiento del movimiento obrero después de la guerra civil. Tres años antes, 1956, tienen lugar los disturbios universitarios de los estudiantes contrarios al Régimen, “jaraneros y alborotadores”, según una carta que unos años después dirige el general Franco a don Juan, conde Barcelona. La Universidad Complutense de Madrid es cerrada, la contestación universitaria se hace habitual y el SEU (Sindicato de Estudiantes Universitarios), falangista, queda desarticulado de facto. A tener en cuenta el histórico manifiesto titulado “¡Nosotros, hijos de los vencedores y de los vencidos!”, lanzado el 1 de abril, día de la victoria franquista: “En este día, aniversario de una victoria militar que, sin embargo, no ha resuelto ninguno de los problemas que obstaculizaban el desarrollo material y cultural de nuestra patria, los universitarios madrileños nos dirigimos nuevamente a nuestros compañeros de toda España y a la opinión pública. Y lo hacemos precisamente en esta fecha -nosotros, hijos de los vencedores y de los vencidos- porque es el día fundacional de un régimen que no ha sido capaz de integrarnos en una tradición auténtica, de proyectarnos a un porvenir común, de reconciliarnos con España y con nosotros mismos”.

Tres años después del inicio de la estabilización económica estalla la primera gran huelga de los mineros asturianos (llamada “La huelgona” o “la huelga silenciosa”), que pide la mejora de las condiciones de vida y de los salarios. Allí, en los pozos mineros se forman las primeras organizaciones de comisiones obreras, que se unen a las de Madrid, Cataluña o el País Vasco. Son representaciones momentáneas surgidas de los conflictos; aunque no tienen el carácter de un movimiento estable y organizado. La huelga se extiende, por solidaridad o también reivindicando mayor bienestar, a otros lugares de la península. Fue el detonante de otros muchos conflictos. El cantautor Chicho Sánchez Ferlosio canta: “Hay una lumbre en Asturias/ que calienta España entera/ y es que allí se ha levantado/ toda la huelga minera”. Picasso representó en un dibujo un puño que sujeta una lámpara minera.

-Noviembre de 1975: Franco muere en la cama. Poco después, Juan Carlos es coronado rey de España. En el interín ha actuado un Consejo de Regencia muy significativo para explicar los tiempos que corren: Alejandro Rodríguez de Valcárcel, presidente de las Cortes franquista; el arzobispo de Zaragoza, Pedro Cantero; y el teniente general, Ángel Salas Larrazábal. Un político nombrado a dedo, un cura y un militar. Llega el primer Gobierno de la monarquía, presidido por quien lo había hecho en el último Ejecutivo de Franco: Carlos Arias Navarro, denominado “carnicerito de Málaga” por sus actuaciones represivas durante la guerra civil. Uno de sus vicepresidentes, el empresario Juan Miguel Villar Mir, ha declarado que con este gobierno empezó la Transición.

Pero no fue hasta enero de 1976, cuando se inician las movilizaciones. Madrid es sacudido por un movimiento huelguístico sin precedentes, que pronto se extenderá al resto de España. Los efectos de la primera crisis del petróleo, que había llegado al mundo en el otoño de 1973, se visibilizan con dureza en las vidas cotidianas de los ciudadanos españoles: inflación, paro,…, otra vez la pesadilla, un cambio de régimen inmerso en una crisis económica. Mientras los países de nuestro entorno hacía casi dos años que habían comenzado a apretarse el cinturón para domeñar la crisis, los últimos gobiernos de Franco no habían tenido la fortaleza política ni la visión necesaria para sacar a los ciudadanos de las dificultades económicas. El socialista Indalecio Prieto había escrito en su libro Convulsiones de España: “No entender políticamente el mundo de la crisis económica y no presentar ante él una política económica coherente constituye una de las causas del fracaso de la II República”.

Durante semanas, miles de trabajadores se venían reuniendo a diario en asambleas en las que discutían el curso de su acción. Decenas de conflictos estallaban y apagaban sin que la huelga dejase de crecer. El sindicato oficial se veía desbordado con convocatorias lanzadas desde sus propios órganos. Esta movilización se puede considerar en realidad como parte muy destacada del esfuerzo de la oposición democrática por plantear la ruptura frente a la intención continuista, evolucionista o reformista presentadas por el Gobierno de Arias Navarro.

 Las huelgas fueron tanto un acto reivindicativo (demandas salariales y de condiciones de vida) como un acto político. Fueron un ejemplo explícito de lo que tantas veces ha defendido Nicolás Sartorius: el dictador murió en la cama, pero la dictadura murió en la calle. En 1976, España era un país ansioso por recuperar sus libertades, perdidas casi cuatro décadas atrás. Franco acababa de morir y nuestro país se encaminaba hacia una economía de mercado sin democracia plena. Esta anormalidad es la que corrigen las movilizaciones.

*Joaquín Estefanía fue director del diario “El País” entre 1988 y 1993.

Ilustración: ©Amaya Lalanda


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