La acción retratada en la película ‘El 47’ no fue producto de un calentón de un buen día de primavera. Ya había sido ensayada con anterioridad y el mismo día se llevó a cabo en otras líneas de los autobuses urbanos municipales, en acciones concertadas con el PSUC y las Comisiones Obreras

Por José Babiano, director del Archivo de Historia del Trabajo de la Fundación 1º de Mayo
Ganadora ex aequo del Goya a la mejor película en la última edición de los premios de la Academia del Cine española, El 47 es una gran película. Nos recuerda las condiciones de vida en el barrio barcelonés de Torre Baró durante los años setenta. Un barrio que, como muchos otros, creció al hilo de la industrialización del tardofranquismo, cuando el campo expulsó a las ciudades toda la mano de obra que requería esa industrialización. Barrios poblados en su gran mayoría por emigrantes que huían del hambre y del estigma que significaba haber perdido la guerra. En España a lo largo de los años sesenta hasta cinco millones de personas cambiaron de lugar de residencia. Muchas de ellas dejaron atrás los latifundios de la mitad sur de España: Extremadura, Andalucía, La Mancha, etcétera. Torre Baró, al igual que las decenas de barrios similares, como Vallecas, San Blas, Otxarcoaga, Uretamendi y muchos otros, carecía de los servicios más elementales, como el transporte público, el alumbrado, colegios o centros de salud. Era el resultado de lo que se llamaba por entonces el “urbanismo concertado”, que dio pie a la especulación inmobiliaria y a una vivienda social media de pésimas calidades. El franquismo ejerció una violencia extrema sobre estas poblaciones a través de sus condiciones de vida.
Todavía en plena transición, a Torre Baró, siendo un barrio de Barcelona, no llegaba ningún autobús o línea de metro. En este contexto se sitúa el personaje principal de la película dirigida por Marcel Barrena, Manolo Vital. Magníficamente interpretado por Eduard Fernández, Vital aparece como un líder vecinal –en la película se ven un par de asambleas más o menos improvisadas- que trabaja como conductor de autobús en la Empresa Municipal de Transportes. Harto, como el resto de sus vecinos, de carecer de una línea de autobús que les trasladase desde el barrio hasta el centro de Barcelona y al revés, comenzará un peregrinaje por diferentes instancias municipales, para tratar de poner fin a semejante carencia. Como ninguna de sus gestiones dará fruto, finalmente decide un buen día -el 7 de mayo de 1978- “secuestrar” su propio autobús y subirlo hasta Torre Baró, demostrando que una línea desde el centro de la ciudad hasta su barrio resultaba completamente viable. Los vecinos, como cabe esperar, le reciben rodeándole de vítores y aplausos.
O sea que Barrena nos presenta a Vital como un héroe solitario, una especie de Prometeo extremeño moderno que, bastándose a sí mismo, logrará que el Ayuntamiento de Barcelona provea de una línea de autobús a sus vecinos de Torre Baró. Sentido común de época: no existe la acción colectiva, son los individuos por sí mismos los que obtienen logros con su acción personal. Y de la misma manera que ya sólo existen emprendedores, habiendo desaparecido el trabajo como fenómeno colectivo, Manolo Vital ha dejado así de ser un dirigente del movimiento vecinal y un militante sindical, para convertirse en una suerte de emprendedor social.
Este modo de retorcer el pasado y su naturalización forma parte también de la victoria del neoliberalismo. Porque lo cierto es que Vital era militante del PSUC y de las Comisiones Obreras: su rostro aparece en el cartel, junto al de sus compañeros de la candidatura del sindicato para las elecciones sindicales de su empresa de 1982. Más aún, como nos ha recordado Marc Andreu (El País, 10/IX/2024) fue procesado en 1974 por el Tribunal de Orden Público (TOP). Aunque finalmente salió absuelto por falta de pruebas, se le acusó, junto a otros dos activistas de colgar una bandera roja con el martillo y la hoz en un poste de la luz de su barrio, con motivo del Primero de Mayo. El 47 oculta esta militancia, como si se tratase de borrarla de la historia. Se nos podrá decir que no se trata de un documental sino de una película de ficción, pero ¡qué casualidad que la licencia se tome en este punto!
La acción de Vital no fue producto de un calentón de un buen día de primavera. Ya había sido ensayada con anterioridad y el mismo día se llevó a cabo en otras líneas de los autobuses urbanos municipales. Por supuesto, se trataba de acciones concertadas con el Partido y las Comisiones Obreras.
Todo, desde la mejora de las condiciones de vida en los barrios, hasta la recuperación de los derechos y libertades, se debió a la acción colectiva; es decir, a la organización y movilización de los hombres y mujeres de la clase trabajadora y de las capas populares. La muerte de Franco abrió las compuertas a esas movilizaciones, que ya venían de lejos y que pusieron al país patas arriba con una oleada de huelgas desde diciembre de 1975 hasta marzo de 1976. Una oleada que era inédita por sus dimensiones desde antes de la Guerra Civil. Hubo muchos organizadores en esa colosal protesta. Muchos hombres y mujeres como Manolo Vital. Ellos y ellas, organizados a su vez, desde las comisiones de fábrica y de tajo, en las asociaciones de vecinos, en los comités de curso de las facultades universitarias o, incluso, en los colegios profesionales, vertebraron a la muchedumbre para la movilización. Fue así cómo tumbaron el proyecto de Arias-Fraga de un franquismo sin Franco levemente maquillado.
Ahora que se cumplen cincuenta años de la muerte del dictador, en el fondo lo que se viene a plantear es hasta qué punto la disputa por la memoria obrera resulta desigual y encarnizada. Haría bien el sindicalismo en tomarse el combate por la historia como una parte del combate por preservar su identidad. Tal vez eso podría ayudarnos a imaginar futuros emancipatorios.
Ilustración: ©Amaya Lalanda


