Causas, consecuencias y desafíos ante la crisis ecosocial

Las múltiples dimensiones, planos e implicaciones de la crisis ecosocial, así como sus interconexiones, están íntimamente ligadas a la forma en que el capitalismo global hoy se estructura, funciona y se reproduce

Por Santiago Álvarez Cantalapiedra. Director de FUHEM Ecosocial y de la revista Papeles de relaciones ecosociales y cambio global

La crisis ecosocial que afrontamos es una crisis general, sistémica o de civilización, por su carácter multidimensional, multiescalar y variadas implicaciones. Es multidimensional ya que es ecológica, social y económica; es multiescalar porque se manifiesta desde lo local hasta lo global pasando por la escala nacional e internacional; y tiene variadas implicaciones porque afecta a los planos biofísico, productivo y reproductivo de nuestra existencia social. 

Las múltiples dimensiones, planos e implicaciones de la crisis, así como sus interconexiones, están íntimamente ligadas a la forma en que el capitalismo global hoy se estructura, funciona y se reproduce, de manera que el modo de vida que de él se deriva se encuentra en el núcleo de la insostenibilidad social y ecológica que da forma a esa crisis ecosocial. 

Así pues, el deterioro ecológico y social se encuentra vinculado al modo de vida actual. El concepto de «modo de vida» no debe confundirse con el «estilo de vida» que practica un grupo social particular, sino que remite a los patrones de producción, distribución y consumo, así como al imaginario cultural y a las subjetividades fuertemente arraigadas en las prácticas cotidianas de la mayoría de la población. En este sentido, se trata de un modo de vida hegemónico, es decir, ampliamente aceptado socialmente y arraigado política e institucionalmente con una influencia abrumadora en las prácticas ordinarias de las personas. Prácticas y comportamientos que se generalizan en el conjunto de la sociedad y que forman parte de la cotidianidad (en la manera de alimentarse, vestirse, moverse y asentarse sobre el territorio), pero que se materializan de forma desigual y diversa en función de la posición que cada grupo ocupa en la jerarquía social y las posibilidades de que dispone. Esas diferencias estallan en una multiplicidad de «estilos de vida» marcados por las desigualdades de renta, de género, de etnia y por las preferencias culturales e identitarias de personas y grupos sociales. De esta forma la multiplicidad de «estilos de vida» que observamos en la actualidad descansa en última instancia en la estructura de un mismo modo de vida que lo engloba todo.

Se podría añadir que, además de hegemónico y desigual, ese modo de vida es también imperial, al existir fuertes vínculos entre esas prácticas cotidianas hegemónicas y desiguales con las estrategias empresariales y la geopolítica internacional, implicando un acceso a los recursos, al espacio, a las capacidades laborales y a los sumideros de todo el planeta a través de reglas económicas aseguradas mediante determinadas políticas, leyes y ejercicios de poder (tanto en la faceta violenta de fuerza coercitiva dura como en la meramente persuasiva). En resumen, el modo de vida no remite tanto a una realidad social uniforme como a otra marcada por la hegemonía, la desigualdad y las relaciones de dominación imperial. 

Veámoslo con un par de ejemplos. El caso de la industria textil es sintomático: tras la renovación incesante de la moda a bajo precio, se esconden unas condiciones miserables en muchas fábricas manufactureras de países como Bangladesh, que utilizan el algodón procedente de la India, cultivado bajo un calor sofocante por agricultores empujados a convertirse en jornaleros (o a integrarse en un sistema de producción bajo contrato), una vez que los cultivos locales no resisten la imponente fortaleza de la industria algodonera a gran escala que envenena la tierra con sus abonos químicos y herbicidas y socava de paso la variedad genética con sus semillas (normalmente transgénicas). Otro ejemplo, está vez referido al empuje y desarrollo de las industria automovilística y eléctricas, ha marcado la historia reciente de un país como el Congo: «En el año 1887, la invención del neumático con cámara por el veterinario escocés John Dunlop, unida a la popularización de los vehículos e instalaciones eléctricas en Europa, dispararon la fiebre por el caucho, obtenida de la savia lechosa de los árboles. La elevada demanda mundial y un sistema de extracción basado en el trabajo forzado disparó los beneficios, y Congo fue testigo de algunas de las escenas más sádicas de abuso y explotación de la historia (…) Con la llegada de la primera y la segunda guerra mundiales, los ojos europeos se dirigieron de nuevo hacia la riqueza del subsuelo congolés para cubrir el cobre necesario para la fabricación de balas y armamento militar. También el uranio de las bombas de Hiroshima y Nagasaki salió del Congo»[1]. La codicia por el caucho y el cobre que impulsaron los sectores automovilísticos y eléctricos de Occidente ha dado paso en la actualidad a la fiebre por el coltán y el cobalto que se emplean en los móviles, ordenadores y cualquier otro dispositivo electrónico, incluido el coche eléctrico. Son ejemplos de cómo el modo de vida característico de la civilización industrial capitalista ha redefinido profundamente las relaciones internacionales, sociales y de género, así como el régimen de intercambios que establece la sociedad con los ecosistemas. 

¿Contribuye este “modo de vida” a una “vida buena o de calidad”? Esos rasgos del modo de vida imperante sólo contribuirán a la calidad de vida de las personas si fueran capaces de garantizar logros en salud y autonomía mediante un acceso de todas las personas a los bienes necesarios, unas relaciones sociales e interpersonales significativas y permitieran disponer de tiempo para la autonomía personal en un entorno social y natural seguro. 

Sin embargo, hemos construido un modo de vida que poco contribuye a una vida de calidad [2]. Vivimos arrastrados por dinámicas sociales que no nos hacen más libres y saludables. Persisten numerosas brechas de desigualdad, extensas bolsas de pobreza, desequilibrios territoriales y muchas personas ven erosionados sus derechos e hipotecados sus proyectos de vida ante procesos de precarización que generan vulnerabilidad e indefensión. Los ritmos se aceleran por las imposiciones de la sociedad del rendimiento y los límites de la jornada laboral se vuelven cada vez más imprecisos. La dificultad de disfrutar de un tiempo autónomo y creativo es mayor. La fragilidad de los lazos sociales conduce a un mayor aislamiento y soledad. Todo ello afecta a la salud física y emocional. El cansancio y el malestar social penetran en los cuerpos y en las mentes, alterando el sueño y generando ansiedad, depresión, abuso de drogas y medicamentos, un elevado consumo de psicofármacos y un mayor riesgo de suicidio. No solo hemos creado entornos sociales tóxicos y amenazantes. También estamos afectando la salud del medio natural. Generamos una cantidad ingente de residuos de todo tipo que envenenan las aguas, el aire y la tierra. Se multiplican los riesgos vinculados a la desestabilización global del clima, a la pérdida de biodiversidad y a la contaminación. Aumentan las amenazas de eventos meteorológicos extremos (inundaciones, sequías, olas de frío y de calor, tormentas tropicales, incendios) y, en muchos casos, sus impactos sobre la productividad agraria y pesquera ponen en jaque la seguridad alimentaria. La pérdida de la biodiversidad favorece la propagación de enfermedades infecciosas y de pandemias.

El principal desafío antes estas consecuencias de la crisis ecosocial es cómo avanzar hacia un modo de vida alternativo que permita llegar a fin de mes sin sobrepasar los límites planetarios, un modo de vida distinto que no obligue a las personas trabajadoras a tener que elegir entre el “fin del mundo” o “no llegar a fin de mes”.

1 –  Xavier Aldekoa, Quijote en el Congo, Península, Barcelona, 2023, pp. 32-33.
2 – Hemos evaluado el modo de vida desde la perspectiva de la calidad de vida en el I Informe Ecosocial sobre la calidad de vida en España: balance, tendencias y desafíos. https://www.fuhem.es/informe-ecosocial/

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