Repasamos con Ernest García, Joaquim Sempere-Carreras y José Manuel Naredo, referentes del ecologismo en España, los aspectos biológicos, económicos y políticos de la emergencia climática

Por Laura Villadiego
La emergencia climática es mucho más que el calentamiento de la temperatura media del planeta o las consecuencias medioambientales que esto pueda traer consigo. La emergencia climática se manifiesta en muchas otras dimensiones que incluyen a la economía, la política o el mundo laboral, entre otros, y que podrían englobarse de forma general en lo social y, de ahí, lo de la crisis ecosocial.
Indudablemente, la primera dimensión es la ecológica, algo en lo que la relación del ser humano con los recursos disponibles tiene un papel fundamental. Así, la biocapacidad, o los recursos que le corresponderían a cada persona en caso de una distribución igualitaria a escala mundial, son equivalentes a 1,5 hectáreas de superficie, explica el sociólogo Ernest García, autor entre otras obras del libro ‘Ecología e igualdad. Hacia una relectura de la teoría sociológica en un planeta que se ha quedado pequeño’. Y sin embargo, en España la huella ecológica media de cada persona en España es de algo más de 4 hectáreas. Es decir, cada persona utiliza casi el triple de los recursos que el planeta es capaz de renovar cada año. “Una transición ecológica justa obligaría a reducir la huella a la tercera parte de lo que es ahora en España. Lo que podría hacerse reduciendo a la tercera parte la población, o el consumo, o multiplicando por tres la ecoeficiencia”, asegura García.
Este sobreconsumo de recursos está directamente relacionado con el mundo económico y con los niveles inauditos de extractivismo a los que se ha llegado, explica José Manuel Naredo. “Hay una ideología en las instituciones que está propiciando el sobreconsumo y hay unas entidades que son capaces de crear mayor capacidad de compra, no con dinero bancario, sino con dinero financiero”, explica Naredo. Así, este extractivismo se basa en la financiarización de la economía, que da la la falsa ilusión de que se puede consumir sin freno porque siempre hay dinero disponible, aunque sea a crédito. Y a crédito también, volviendo a la biocapacidad, no sólo de las futuras generaciones sino, hoy en día, de las personas más vulnerables que ya están viviendo los impactos de la crisis ecosocial.
Joaquim Sempere-Carreras, profesor de sociología medioambiental, coincide con Naredo en que hay que mirar a la economía para explicar lo que ha ocurrido, aunque pone el acento en la dimensión política y en la dificultad de asumir la lucha contra esta crisis de civilización. “El enemigo número uno de la humanidad, que impulsa la actual carrera hacia el abismo, es el gran capital internacional y los gobiernos que lo apoyan, sobre todo los de las grandes potencias”, asegura. Frente a ese capital, se sitúan los grupos ecologistas y ecosocialistas y los resistentes, que los llama Sempere-Carreras, que, sin embargo, son “minoritarios” y se encuentran “aislados e impotentes”. “Las grandes mayorías”, asegura Sempere-Carreras, “se reparten entre negacionistas, que son cómplices del gran capital y base social del fascismo en rápido ascenso; y una masa imprecisa de quienes van comprendiendo la magnitud de las amenazas y simpatizan cada vez más con la crítica ecologista, pero no apoyarían por ahora el programa radical de reconversión necesario porque siguen muy atrapados por la seducción consumista”.
Y ante esta situación, Sempere-Carreras sólo ve como desenlace un “aprendizaje por shock”. “Sólo se me ocurre que un colapso o secuencia de colapsos hiciera comprender a una masa crítica de personas de este último grupo que la época de las vacas gordas ha terminado y hace falta apoyar el programa de reconversión radical”. García, por su parte, asegura que le corresponde “a la política buscar cómo podría hacerse sin traumas excesivos”. “Sé que es una simplificación, pero simplificar ayuda a pensar y frena el recurso a la mera retórica y a las salidas fáciles y falsas, al menos al principio”, asegura.


