El pueblo iraní no tiene por qué elegir entre los ayatolás y Trump. Nosotros tampoco

Parte del eje izquierda-derecha internacional ha vuelto a desoír toda la complejidad del conflicto en Irán para reducirlo a un espejo de sus proyecciones ideológicas y afinidades geopolíticas
Concentración en solidaridad con el pueblo de Irán en Estocolmo./ Tony Zohari

Por Patricia Simón, periodista especializada en conflictos

Cuando Estados Unidos e Israel acabaron con la vida del ayatolá Jamenei, hubo muchas personas que lo celebraron a la vez que maldecían unos bombardeos que podían acabar también con sus vidas. Muchos de ellos habían participado en las protestas que el régimen había aplastado con el asesinato de miles de manifestantes. O las habían apoyado desde sus casas por temor a seguir tan fatal destino. Es natural sentir alivio o cierta justicia cuando cae el máximo exponente de quienes te han secuestrado el país y la vida, durante seis décadas, con un telón de oscurantismo, represión y corrupción.

Afuera, en la diáspora iraní, conformada por más de cuatro millones de personas que se vieron forzadas a abandonar su país, se replicaban la celebración y la denuncia de los bombardeos. Incluso hubo activistas iraníes que afearon a sus compatriotas que las celebraciones del ataque al régimen de los ayatolás opacasen la denuncia de los bombardeos que estaban matando a cientos de iraníes civiles. Como también hubo quienes clamaron contra las banderas israelíes que, en algunos casos, se enarbolaron durante las celebraciones, recordando que el hecho de que el Estado genocida sionista fuese enemigo del iraní no le hacía bueno, ni “nuestro hijo de puta”, como dijo Kissinger sobre Pinochet. 

Sin embargo, parte del eje izquierda-derecha internacional ha vuelto a desoír toda esta complejidad para reducirlo a un espejo de sus proyecciones ideológicas y afinidades geopolíticas. Por su parte, la mayoría de las derechas y ultraderechas aplaudieron el delito de agresión contra un país soberano, volviendo a pisotear el derecho internacional y el principio de la soberanía nacional. Todo ello instrumentalizando burdamente la opresión que el régimen iraní ejerce contra las mujeres para legitimar su incondicional y criminal seguidismo a los dictados de Trump y del sionismo, así como su feroz agenda islamófoba. Y por otra, una parte de la izquierda, que se había puesto de lado mientras Jamenei aplacaba a sangre y fuego las protestas de enero, se arremangó en cuanto Estados Unidos e Israel lanzaron esta nueva guerra para denunciar este nuevo capítulo del imperialismo estadounidense, pero sin ni siquiera dedicar una línea a la atroz represión del régimen iraní –que continúa condenando a prisión y a pena de muerte a quienes lo critican mientras caen las bombas– ni al derecho de la sociedad persa a decidir su destino y elegir su forma de libertad. Una libertad que bien saben los hombres y mujeres que conocí en Teherán el pasado año, que no vendrá de la mano de Washington ni de Tel Aviv, pero que tampoco esperan el apoyo de una parte de la izquierda que discrimina, ningunea e invisibliza a las víctimas de los autócratas y dictadores que se escudan en su antiimperialismo yanqui para perpetuarse en el poder. 

Lecciones de la larga guerra de Estados Unidos contra Irán 

Viajé a Teherán en julio de 2025, unas semanas después de la llamada guerra de los doce días. Los ataques israelíes habían acabado con la vida de más de 1.000 iraníes, de los cuales más de 600 eran civiles, según una ONG iraní con sede en Estados Unidos. Mientras, la respuesta iraní provocó la muerte de 26 israelíes, según el Gobierno sionista. Al Gobierno iraní le preocupaba la poca visibilidad que habían tenido sus víctimas por las restricciones que impone a la prensa internacional, a la que cuando da permiso para viajar al país y trabajar, cobra un mínimo de 1.000 euros diarios, lo que limita la cobertura a los grandes medios internacionales. 

Por todo ello, decidieron organizar una visita guiada – y controlada – de periodistas y comunicadores a los que seleccionaron mediante una convocatoria. Periodistas del régimen nos llevaron a ver los edificios de viviendas bombardeados, a menudo con la excusa de los atacantes de que en ellos vivía un científico nuclear. “Si fuera legítimo matarlos, ¿también habría que haber matado a Oppenheimer, no?”, me preguntaban los familiares de las víctimas. Recorrimos buena parte de la prisión atacada, en la que murieron al menos 79 presos, trabajadores y familiares –uno de ellos, un niño que visitaba a su padre–. Muchos de sus reclusos eran opositores, asesinados por quienes dicen que quieren liberar al país. Visitamos la sede de la radiotelevisión pública, destruida por varios misiles, en la que su presentadora más conocida, convertida en un símbolo nacional tras seguir presentando el informativo mientras caían los primeros proyectiles, me preguntó por qué los medios y periodistas internacionales no habíamos denunciado este crimen de guerra. Y pasamos horas en el cementerio, viendo cómo cientos de familias seguían enterrando a sus seres queridos, los que habían quedado en tan mal estado que se habían tardado semanas en reconocerlos. 

La devastación y el dolor solo consiguieron unir a afines y opositores, no en un apoyo al régimen, sino en su defensa del país frente a quienes lo habían herido tan profundamente. Los y las iraníes son un pueblo conocedor y orgulloso de su historia milenaria, de los intereses espurios de las injerencias exteriores sufridas, de su diversidad y riqueza cultural. Y las bombas estadounidenses y sionistas las interpretan como una manifestación de su brutalidad, crueldad, soberbia e ignorancia. Recuerdan bien cómo Estados Unidos lanzó su primera intervención militar encubierta en tiempos de paz, en 1953, junto a Reino Unido,  para acabar con el primer gobierno elegido democráticamente, el de Mohammad Mosaddegh, después de que éste aprobase la nacionalización del petróleo iraní. También cómo Trump sepultó el acuerdo nuclear alcanzado por el Gobierno de Obama en 2015, un programa de supervisión internacional riguroso que llegaba hasta 2035 y que habría acabado con la política de sanciones que ha empobrecido profundamente al pueblo iraní y enriquecido, sobre todo, a la Guardia Revolucionaria y a la oligarquía que controlan el mercado negro y las rutas de contrabando. De hecho, con la sucesión de Mochtabá Jameneí tras el asesinato de su padre, quien gana poder es a quien le debe su nombramiento: una Guardia Revolucionaria que ahondará en el carácter regresivo del régimen y que cuenta con 250.000 efectivos y con la milicia Basij, con casi un millón de miembros. Y, por último, el pueblo iraní también sabe que Teherán estaba negociando un nuevo acuerdo con representantes de Trump en junio de 2026 cuando los misiles empezaron a sepultar vidas. Igual que estaban haciéndolo este febrero, cuando retomaron la sangría. 

No solo los iraníes tienen sobradas razones para nunca más creer en las negociaciones de paz. También el resto de países que han visto cómo Estados Unidos las usa para distraer a sus víctimas. Sin reglas y sin vías para el diálogo, la violencia se convierte en la única forma de dirimir el conflicto. Por eso, haber permitido el genocidio de Gaza no solo supone la destrucción del entramado legal que nos dimos tras la II Guerra Mundial para evitar la repetición de la barbarie, sino que nos deja sin herramientas para la preservación y la construcción de la paz y nos condena a un mundo en llamas. Y la guerra lanzada contra Irán, contra Líbano, el secuestro del presidente Maduro en Venezuela, la amenaza de invasión de Cuba y Groenlandia, el bombardeo de las lanchas en el Caribe, la guerra arancelaria forman todo parte de una estrategia del ente estadounidense-sionista de sembrar el caos para retrasar su pérdida del hegemón, porque saben que lo están perdiendo, y prefieren acabar con todo antes que permitirlo. Por eso, efectivamente, la mayor amenaza hoy son las Administraciones de Trump y Netanyahu. Y conseguir acabar con su impunidad tiene que ser la prioridad de la sociedad civil internacional. Nos va nuestra propia supervivencia en ello. Pero también hemos de recordar nuestro deber de defender a las sociedades civiles oprimidas, segregadas y sometidas, sean quienes sean sus victimarios, se proclamen o no antiimperialistas o, incluso, enemigos declarados de Estados Unidos e Israel. En la defensa de los derechos humanos no valen las medias tintas ni los dobles raseros. También nuestra credibilidad depende de ello.

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