Crisis ecosocial y territorio

Para entender los desequilibrios socio-territoriales actuales que existen en el Estado español hay que entender la evolución histórica del país, e incluso de Europa, a lo largo del siglo XX

Por Mª Luz Hernández Navarro, profesora titular del departamento de Geografía y Ordenación del Territorio de la Universidad de Zaragoza

Con mucha frecuencia, al hablar de desequilibrios socio-territoriales hacemos referencia al momento actual, pero no podemos entenderlo sin conocer cuál ha sido la evolución que ha experimentado España, y también buena parte de Europa a lo largo del siglo XX. Y con ello, ordenar estrategias que permitan desarrollar actuaciones tendentes a una verdadera cohesión territorial

Es indudable que el crecimiento económico que vivió España desde comienzos del siglo XX y, sobre todo desde los años 50, ligado a la industria y al crecimiento de las ciudades, han conformado el paisaje actual. El avance de la industria facilitó la mecanización del campo, que vivía ya en crisis, y éste comenzó a expulsar la mano de obra sobrante, que fue absorbida con rapidez por unas ciudades ávidas de obreros que llegasen a trabajar en sus fábricas y a poblar sus nuevos barrios. El trasvase de la población activa desde el sector primario al secundario, en un primer momento, y al terciario unas décadas más tarde, supuso el crecimiento económico, el aumento del Producto Interior Bruto, la renta per cápita, el empleo, indicadores tradicionalmente unidos al éxito en el imaginario colectivo.

Los desequilibrios territoriales y sociales que se iban produciendo no llegaron nunca a convertirse en una cuestión de Estado, a pesar de algunos intentos; ya que el objetivo era mantener el crecimiento económico, que no necesariamente desarrollo, en un modelo de concentración que ha seguido primando lo urbano hasta el momento actual. Las consecuencias negativas, como la despoblación de los territorios de interior o los desequilibrios inter e intrarregionales, no han formado parte de la agenda de la planificación territorial hasta los años 90 del siglo XX. Está lejos de conseguirse la necesaria cohesión interna; las zonas rurales, con escasa población y servicios han mantenido la pérdida de población, infraestructuras y servicios que han consolidado sus deficiencias estructurales.  

De manera paralela al cambio de paisaje, e íntimamente interrelacionada con ella, se ha desarrollado una crisis ecológica y un cambio global que afectan a todo el planeta y que tienen múltiples manifestaciones.

La integración de España en la Unión Europea ha favorecido la toma de conciencia de que los desequilibrios territoriales son un problema interno que necesita atención y propuestas de cambio. De hecho, a finales de los años 80, Europa puso en marcha políticas de desarrollo regional y cohesión, que han afectado a todas las regiones europeas, sobre todo a las vulnerables, y España se ha beneficiado de ello. No obstante, las actuaciones llevadas a cabo no han conseguido frenar la pérdida de competitividad de los territorios de interior, de las zonas urbanas y de las ciudades de pequeño tamaño. Las inversiones más cuantiosas se han seguido destinando a las zonas que gozan de mayor ventaja competitiva y esto ha reforzado la pérdida de infraestructuras y servicios en la España interior y ha mantenido y acentuado la pérdida de población y de las actividades tradicionales, sobre todo agrarias, con graves consecuencias ambientales, como la pérdida de biodiversidad, de suelos, el aumento de los incendios forestales.

Hemos sufrido varias crisis económicas, sociales, sanitarias, aunque no hemos aprendido las lecciones que nos enseñaban. La crisis del COVID nos mostró que el abastecimiento de productos de primera necesidad es básico, que es mejor no depender del exterior en los asuntos de comer. La economía de aglomeración puede ofrecer productos más baratos, a costa de la dependencia externa; la riqueza se busca a sí misma, social y territorialmente.

Tomar conciencia de la crisis ecosocial en la vivimos supone entender que mientras no se deje de buscar el bienestar de unos pocos a cualquier costa, es imposible superar los desequilibrios y las desigualdades. Debemos ser conscientes de que esta crisis es consecuencia de nuestra manera de vivir y de las decisiones que se han tomado durante décadas. La despoblación ha podido convertirse ya en un camino sin retorno. Ahora el reto es gestionar de la mejor manera posible la situación en la que nos encontramos.

Es necesario encontrar el punto intermedio entre la satisfacción de las necesidades sociales y el mantenimiento de los límites ecológicos del planeta. Las soluciones que se han implementado hasta ahora, ya sea desde Europa o nacionales, no han dado el resultado esperado, aun reconociendo que algunas han demostrado la capacidad que presentan. Entre ellas están el enfoque ascendente; el desarrollo endógeno, adaptado a las especificidades de cada territorio; el trabajo en red, la innovación y la cooperación. La extensión de la metodología LEADER de desarrollo rural puede ser un buen camino. Aspectos como la innovación deben ser protagonistas en todas sus facetas.

En definitiva, es encontrar un nuevo modelo de desarrollo territorial en el que no se tenga sólo en cuenta Producto Interior Bruto como indicador del mismo, hay que dar su lugar a los factores inmateriales del desarrollo como la identidad territorial. Las mujeres rurales, cuyo papel ha estado infravalorado e invisibilizado durante años, ponen de relieve esa identidad con el territorio como el auténtico motor de desarrollo.

Nos exige un compromiso conjunto como sociedad, no mirar hacia otro lado. Como dice la catedrática emérita de Geografía, Mercedes Molina, “el pasado está hecho, pero el futuro no”.

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