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Tres botones de muestra

Mar, 15/07/2003 - 12:20

Tres botones de muestra

1. Acoso sexual: cámaras ocultas en los lavabos y debajo de las mesas

HERMINIA GONZÁLEZ MUÑIZ, IRENE SAAVEDRA VALERO (CC.OO. Asturies). 
Dos trabajadoras de Viveros del Sueve (Villamayor, Asturias) descubren, mientras realizan tareas de limpieza, dos minicámaras ocultas debajo de las mesas de trabajo y otra más en el interior del marco de la puerta de los lavabos de la empresa. Las tres minicámaras estaban conectadas a un aparato de vídeo instalado en un armario del despacho del gerente. Las trabajadoras presentan una denuncia ante el juzgado. La Guardia Civil realiza un registro y requisa 25 cintas de vídeo. El gerente, Jesús María Díez Fernández, es acusado de delitos contra la intimidad y la propia imagen y contra la libertad sexual de sus empleadas.

Viveros del Sueve es una empresa dedicada al cultivo y venta de plantones y plantas ornamentales y tiene una plantilla de 27 personas, 22 de ellas mujeres. Con el apoyo de CC.OO, las trabajadoras se movilizan en defensa de su intimidad y dignidad. Solicitan a los demás socios de la empresa la destitución del gerente y que se le impida el acceso al centro de trabajo mientras alguna de las trabajadoras se encuentre en las dependencias.

La dirección de la empresa desoye la petición y ante la negativa a reunirse con ellas, comienzan una huelga indefinida. Al segundo día los hombres vuelven al trabajo, alegando que no es su problema. Diecinueve trabajadoras que siguen en huelga (tres están de baja) reciben notificaciones de despido por “inasistencia injustificada a su puesto de trabajo”. Se recurren los despidos y prosiguen las movilizaciones. Finalmente la empresa firma un acuerdo por el que se destituye al imputado y manifiesta su “compromiso de respeto a la intimidad y a los derechos fundamentales de los trabajadores”. 

A pesar de ello, el gerente sigue realizando las mismas funciones y accediendo a la empresa durante la jornada laboral. Varias trabajadoras solicitan la extinción del contrato de trabajo por vulneración de derechos fundamentales y reclaman una indemnización por daños y perjuicios. 

Hasta el momento, las trabajadoras han ganado todas las demandas. Las sentencias son contundentes, se ha demostrado “que existe vulneración de derechos fundamentales” y de que los hechos han “supuesto un atentado a la intimidad, una vejación y humillación al conocerlo, que repugnan por el desprecio a la condición humana”. La magistratura da la razón a una trabajadora que había sido despedida: “sufrió unos acontecimientos que afectaron a su dignidad, con gravedad insólita y fueron causa indudable de humillación, que justificó su no presencia en el trabajo al ser dada de alta médica”. El INSS ha acabado reconociendo como accidente de trabajo las bajas por depresión de las empleadas, declarando a la Mutua Asepeyo entidad responsable del pago de las prestaciones. A principios del mes de julio se celebrará la vista por acoso sexual en la jurisdicción penal.

 
2. Violencia física: atraco en una sucursal bancaria

A.F. (Caixa Catalunya. Valencia)
Apareció de repente. Con un cuchillo de unos 40 centímetros: una cosa grandísima, grandísima. Y empezó a amenazar al señor a quien yo estaba atendiendo mientras le decía “dame todo ese dinero, que no se mueva nadie porque lo rajo, os mato, al suelo”. Fue un viernes trece, yo no era supersticioso, pero ahora... 

Eran las diez y media de la mañana. Yo estaba atendiendo a un jubilado que realizaba un reintegro importante, acompañado de su mujer y una nieta muy pequeñina, cuando apreció un sujeto con el cuchillo. Le lanzó una bolsa diciéndole que metiera todo el dinero e insistía que nadie se moviera y permanecieran todos en el suelo. 

Después se volvió hacia mí: “quiero más dinero o los rajo”. Blandía el cuchillo y lo golpeaba contra la ventanilla, yo estaba protegido tras el cristal de seguridad pero sólo con el temor de que le pusiera el cuchillo a la niña en el cuello tuve que darle todo. Cogí unos cuantos billetes de cien y se lo lancé por la ventanilla al tiempo que pulsaba el botón en mi mesa. Parecía que con aquello sería suficiente. Sentía una gran desazón, un nerviosismo extremo, las piernas no me respondían, casi no podía respirar, era una sensación de agobio total... 

El atracador le ordenó al cliente que los metiera en la bolsa pero éste, preocupado por lo que pudiera ocurrirle a su mujer y a su nieta, se abalanzó sobre él. Otro hombre que estaba también en el suelo se levantó. Yo salí de la zona acristalada al tiempo que gritaba al director, que estaba reunido en un despacho al fondo de la oficina y no se había percatado de nada, para que llamaran a la policía. 

Logramos reducirlo, le quitamos el cuchillo y lo arrastramos hacia la puerta. Dicen que en muy poco tiempo llegó la policía, pero a mí esos minutos se me hicieron eternos. La señora se había ido a otra sala con su nieta y cuando llegué la encontré destrozada por el pánico, tomamos un vaso de agua y empezamos a tranquilizarnos. Por la tarde fui a hacer la declaración a la policía y al día siguiente se celebró el juicio. 

No sé si reaccioné bien o mal, yo pensé que si en lugar de dos éramos tres para quitarle el cuchillo tendríamos más posibilidades de reducirlo. Al regresar al trabajo los días siguientes no hacía más que revivir esa situación tan desagradable. Ahora estoy más pendiente de quién entra y de quién se acerca al cajero. Estoy desayunando en la cafetería y si entra alguien parecido al atracador me entra el malestar. 

Le pusieron una pena de un año y cuatro meses de cárcel, pero se me hace inevitable pensar que tarde o temprano saldrá, puede tener reducciones de condena y estar en unos meses en la calle, puede volver por aquí y querer ajustar las cuentas a los que le estropearon el atraco y el que está localizable soy yo. No quiero machacarme, pero el poso que queda es ese: a mí sabe dónde localizarme. No quiero que esa idea me traumatice, ya veremos cómo afronto el problema cuando calcule que ya está libre.

 

3. Intimidación: “Yo he sido acosada”

BEATRIZ MONTEAGUDO DEL RIEGO. Jaca, Aragón
Me llamo Beatriz Monteagudo. He trabajado desde el año 1997 en el Centro Municipal de Drogodependencias del Ayuntamiento de Jaca como trabajadora social. Durante cinco años he sufrido el acoso de mi propio compañero de trabajo, el psicólogo del centro. Otros tres trabajadores denunciaron con anterioridad a la misma persona por las mismas prácticas. Los tres tuvieron que abandonar el trabajo. 

Cuando empecé a trabajar pensé que si conseguía que se definieran bien mis funciones y yo me dedicaba a hacer mi trabajo, no tendría por qué tener problemas. Pero éstos no tardaron en aparecer: “Tú no puedes tomar ninguna decisión sin consultarme a mí”, ”lo que tienes que hacer es estar callada, hablaré yo”, “yo no tengo que darte toda la información de los pacientes, tú a mí sí”. 

Me encontraba con impedimentos continuos para hacer mi trabajo, obstaculizando mi contacto con los pacientes, impidiéndome ver expedientes o asistir a grupos terapéuticos. Acciones de aislamiento (cerrar la puerta de mi despacho para que nadie me viera, coger siempre él el teléfono) consiguieron hacer de mí casi una desconocida ante la mayoría de los usuarios. Me ninguneaba delante de los pacientes, de otros profesionales o de cualquier otra persona que se acercaba al centro.

Todo esto, día tras día. El enfrentamiento no tenía lugar de manera directa y explícita: “es por el bien de los pacientes”, “lo hago por preservar la confidencialidad”, “todavía no estás preparada”. Las muestras de amabilidad me hacían vivirlo mucho peor sin entender qué ocurría. ¿Cómo una persona que me manda estar callada en una reunión con muy malos modos, podía luego alabar mi trabajo? ¿Cómo podía gritarme y 5 minutos después entrar en mi despacho como si nada?

Después de 2 años, decidí solicitar una división del trabajo pensando todavía que el problema era de tipo profesional/laboral. Al estar perfectamente definido el trabajo de cada uno, pensé que sería imposible que los problemas siguieran existiendo. 

Sin embargo, la situación conflictiva persistió. El psicólogo intensificaba la labor encaminada a desprestigiarme mediante rumores, medias verdades, comentarios dañinos, manipulación de información. Siempre envolviéndolo todo en un halo de bondad que dificultaba su desenmascaramiento. “Este proyecto es muy interesante pero no sé si la cualificación profesional de Beatriz le permite llevarlo a cabo”, “esa propuesta está muy bien aunque quizás Beatriz no se ha dado cuenta de que puede ser ilegal”, “es muy trabajadora pero no sé por qué vuelve a acogerse a la jornada reducida...”

La labor callada de acoso empezó a surtir efecto entre algunos concejales de los que yo dependía laboralmente, de forma que llegó a conseguir que éstos dudaran de mí y de mi trabajo. A partir de este momento el acoso se realizaba también, indirectamente, a través de otras personas.

En medio de todo ello, persistía la negación del problema: “no sé de qué me habla, yo no tengo ningún problema con ella”, “no hay conflicto alguno, tan sólo las diferencias de criterio propias entre dos trabajadores de profesiones distintas,...”. 

La impotencia se iban apoderando de mí: sabía que sufría una situación injusta aunque no era capaz de comprenderla y, sobre todo, me daba cuenta de que en mi entorno el problema no era visto como tal. Mis reacciones contribuían a alimentar una imagen de persona conflictiva, ambiciosa, problemática, suspicaz. Al acosador, sin embargo, se le veía como a una persona intachable, trabajador, paciente. 

Inmersa en lo que luego he sabido que los técnicos llaman la “espiral del mobbing”, tuve un fuerte altercado con la concejal responsable de mi servicio. Esto supuso para mí “la gota que colma el vaso”. De repente me di cuenta de que, lo que llevaba mi familia diciéndome hacía tiempo, era cierto: yo no estaba bien. Mi salud mental se había ido deteriorando y decidí pedir la baja por enfermedad.

Nunca pensé que estaría un año de baja. Había caído en nuestras manos un libro de Marie France Irigoyen y en mi familia se empezó a hablar de acoso. Sin embargo, todavía yo me negaba a aceptarlo, justificaba algunas situaciones, dudaba de otras... No fue hasta que diversos expertos con los que contacté (psicóloga, psiquiatra, CC.OO.) me lo dijeron, lo explicaron, lo analizaron, cuando entonces yo empecé a aceptarlo. 

En estos momentos lo tengo muy claro pero también sé que mucha gente sigue sufriendo por un problema absolutamente incomprendido: las heridas en el cuerpo se ven pero no las heridas en nuestra mente, en nuestra alma, en nuestra dignidad... La manipulación del entorno, la negación del conflicto, la personalidad del acosador capaz de comportarse de forma muy distinta con sus acosados y con el resto de la gente. 

Ante este cúmulo de dificultades, ¿qué hacer?. El objetivo, al menos para mí, no es tanto conseguir que se tomen medidas contra el acosador como lograr que no sea él el único que domine con su discurso manipulador. Si logramos sacar a la luz los hechos tal y como son, la verdad al desnudo, sin manipulaciones, entonces seremos nosotros los que empezamos a dominar la situación. Y los sentimientos de soledad, de incomprensión, de culpabilidad, empezarán a desaparecer.