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Ser delegado de prevención. Por una ética de la solidaridad

Jue, 15/10/1998 - 12:20

Opinión

La Técnica, según Ortega y Gasset, es un elemento de liberación: 'es lo contrario de la adaptación del sujeto al medio, puesto que es la adaptación del medio al sujeto. El hombre no se resigna a satisfacer solamente sus necesidades vitales. Si el medio no se las proporciona, el hombre se ocupa de buscar su solución y de esta manera crea la técnica. Como persigue el bienestar, aplica sus conocimientos a nuevas formas de hacer las cosas y de esta forma hacer crecer la técnica'.

Estas maravillosas palabras sobre las bondades de la técnica están lejos de dar noticia de los graves efectos de ciertos usos de la misma a través de los cuales los trabajadores encuentran enfermedad, mutilación o muerte.

El trabajo en sí debiera ser fuente de salud, herramienta de libre creación, de desarrollo y de libertad para las personas. Por el contrario, con ocasión del trabajo, los trabajadores se conjugan con la tristeza, con el desánimo, perdiendo su salud y en ocasiones la vida. Según la OIT en el mundo se producen cada año 125 millones de accidentes de los que 220.000 son mortales, 60-150 millones de enfermedades vinculadas al trabajo, 500 millones de trabajadores discapacitados.

Se podría pensar que esto se resuelve con solo mejorar las normas, con aumentar las inspecciones y las sanciones, con desarrollar servicios de prevención pletóricos de los mejores técnicos. Estas cifras sin embargo reflejan una forma de producir, de instrumentar la globalización de la economía, una forma de capitalismo desnudo de adornos que pretende la competitividad a cualquier costo, una forma de ver las relaciones laborales, que no se resuelve tan fácilmente y que, además, limita la puesta en marcha o la utilidad de las medidas señaladas.

Pero esta problemática también refleja la pérdida de elementales vínculos de solidaridad entre los hombres. Casi pareciera que una necesaria ética de la paz viene asociada con una ética de la indiferencia y un elogio al individualismo. Yo me resisto, me empino sobre mis pies y digo no. Me niego a aceptar que unos trabajadores, a sabiendas o por omisión, permitamos que ante el desempleo otros trabajadores debamos aceptar la humillación, la pérdida de la salud y aun resignadamente la mutilación y la muerte.

Los trabajadores de España tienen en su legislación una posiblidad que no tienen los trabajadores de mi país, la posibilidad de defender su propio pellejo y el de sus compañeros. Ser delegado de prevención es un derecho y un deber que cualquier trabajador debe sentir como una honra particular. Pero también es una forma muy concreta de decir no al pasotismo, no al 'salvese quien pueda', no a la ignorancia, no al conjuro del dinero con la liviandad, no al creer que no hay salidas ni respuestas, no a la inexistencia de modelos alternativos.

Estamos viviendo un mundo dificil pero como dijera un sociólogo español: 'aunque las cosas sean oscuras lo que no puede perderse es la pasión por la luz'. Mi padre, mis tíos, mis abuelos, en Argentina colectaban hasta el estaño de las cajetillas de cigarrillos para enviar ayuda durante la guerra civil española. Mis suegros combatían en ella. De uno y otro lado del mar se establecían lazos solidarios que fueron devueltos cuando nuestro exilio latinoamericano en España. Todos teníamos pasión por la luz y peleábamos por ella y la pelea de uno era la pelea de los otros.

El campo de batalla es otro, es el de las fábricas, el de las obras en construcción, es el de la agricultura, es el de las minas, es el de la salud y la esperanza metida en cada uno de los trabajadores. Esta batalla necesita más de la solidaridad que ninguna otra y necesita también de lideres decididos. Aguardo que cada trabajador compita por ese liderazgo que hoy toma la forma del delegado de prevención. Desde Latinoamérica los estamos mirando, no nos defrauden.

Carlos Aníbal Rodríguez
Buenos Aires