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“Quieren que nos vayamos por cuatro pesetas”

Mar, 15/07/2014 - 12:19
BERTA CHULVI
Quieren que nos vayamos por cuatro pesetas

BERTA CHULVI
La edad supone una acumulación de exposiciones a riesgos de todo tipo a lo largo de una vida laboral, pero hay cosas peores que eso. Hay trabajadores que ven cómo sus condiciones laborales solo responden a una estrategia: que se cansen y se vayan. Otros se enfrentan a la precariedad porque son despedidos con cincuenta y pocos años.

Juan tiene 52 años y trabaja en una empresa de catering del aeropuerto de Barajas. Lleva en la compañía 22 años, todo el tiempo como conductor de camión, pero hace dos años está fregando platos en el tren de lavado. La última reforma laboral daba manga ancha a las empresas para promover cambios de puesto por necesidades de la organización del trabajo y Juan es una víctima directa de ese cambio legislativo. Juan está destrozado psíquicamente. Nunca había tenido que medicarse y ahora se está medicando para superar la ansiedad y poder dormir.

“He estado toda la vida como conductor, conducía el camión que recogía del almacén los armarios isotérmicos que transportan las bandejas de comida a los aviones. De la noche a la mañana me veo quitando los restos de comida de los platos. Haciendo un trabajo dos niveles inferior a la categoría que tengo. Yo cobro el doble de lo que cobran mis compañeros en el tren de lavado. Aquí yo no soy rentable a la empresa, pero quieren que me vaya. Quieren echar a la gente que cobramos antigüedad”, explica Juan. Lo han conseguido ya con cinco conductores que hace dos años sufrieron el mismo cambio de puesto que Juan. Ellos ya se han ido. Juan ha peleado su caso en los tribunales, pero ha perdido: “Con la reforma laboral en la mano, la empresa es nuestra dueña y señora”, explica Juan, con un tono realmente impresionante a mitad camino entre la indignación y la amargura.

Este calvario empezó cuando Juan se negó a pasar al turno de mañana como le propuso el jefe de personal: “Tengo una hija con una discapacidad a quien yo atiendo por las mañanas, por eso he tenido siempre turno de tarde. Cuando desde personal pretendieron cambiarme el turno me negué y por esta circunstancia no pudieron cambiarme. Yo creo que me la guardaron y dijeron: vas a hacer tardes, pero recogiendo basura”. Sea o no así, lo cierto es que para soportar su situación, es normal que el trabajador trate de elaborar explicaciones que le den sentido al sinsentido. Lo que Juan no entiende es que desde que él está en el tren de lavado la empresa ha contratado a 15 conductores jóvenes: “Les están dando a los jóvenes cursillos para enseñarles lo que yo sé hacer perfectamente y a mí me tienen aquí quitando basura de los platos”.

Los momentos más duros fueron los meses siguientes al cambio de puesto: “Estaba agresivo con mi familia, no podía dormir, me despertaba sudando”, explica Juan, que se vio obligado a acudir al médico: “La medicación me ha calmado, pero lo he pasado fatal. Al principio estaba como drogado, no tenía ni fuerzas”. Por supuesto, la empresa no ha realizado ninguna evaluación de riesgos psicosociales.

Juan tiene muy claro que aguanta gracias a su mujer y a su abogado: “Si me voy yo me pagan 18.000 euros de indemnización y si me tiran ellos me han de pagar 70.000 euros”. Esas son las cifras de un pulso perverso entre empresa y trabajador en el que Juan se está jugando su salud. “¿Después de tantos años trabajando te tratan así?” Es la pregunta sin respuesta.

Enfermas y te despiden

Pepe tiene 56 años y acaban de despedirlo. Lleva trabajando más de 15 años en una empresa de obra pública de Barcelona. En 2011 le diagnosticaron una patología respiratoria relacionada con la inhalación de humos de metales. La mutua le diagnosticó que era apto con restricciones y le cambiaron de puesto, pero ahora le han despedido porque ha cambiado el jefe de personal: “Es una persona enferma y yo no quiero enfermos en mi grupo”, fue la frase que sentenció la vida de Pepe en la empresa. Lo que la mutua y la empresa obvian es que Pepe ha enfermado en el trabajo: “Todos sabemos que los humos de la soldadura están detrás de su enfermedad, pero como ha sido fumador no nos lo quieren reconocer”, explica la mujer de Pepe, que es quien controla al dedillo el diagnóstico de su marido. Ahora están en manos de los servicios jurídicos de CCOO para ver qué se puede hacer. Lo suyo ha sido un despido objetivo: “La empresa argumenta que no tiene otro puesto para ubicar a Pepe, pero no es cierto, porque Pepe sabe hacer todas las tareas asociadas a su oficio”, explican.

Pepe sabe que a su empresa no va a volver: “Los abogados nos lo han dicho. Cuando esta empresa despide no readmite”. Aun así, prefiere mantener en secreto su identidad y el nombre de la empresa: “Yo tengo que volver a encontrar trabajo en este sector y luego todo se sabe”. Lo que más le indigna es que Pepe nunca se cogió una baja en el tiempo que estaba trabajando: “Yo tengo muy mala salud –explica su mujer– y en el trabajo de mi marido no se han ni enterado de mis operaciones porque Pepe no ha faltado ni un día al trabajo. Se tuvo que operar del menisco, por un golpe que tuvo en el trabajo, y se operó en agosto, en sus vacaciones, para no faltar. Lo mismo cuando se tuvo que operar de una hernia”. En ambos casos fue operado como si se tratara de una enfermedad común no de un accidente de trabajo.

La última frase que sale de su boca antes de colgar el teléfono es definitiva: “Me he dejado mi salud trabajando y ahora, cuando estoy enfermo, me dan una patada y a la calle. Y a ver qué encuentro yo ahora, con 56 años”.

A Pedro lo despidieron cuando tenía 49 años y ha vuelto a encontrar trabajo en su sector. Ahora tiene 51 años y conduce un tráiler por España y Europa cargado de sacos de cemento. En la anterior empresa sus condiciones laborales eran mejores. Ahora tiene que soportar que su jefe le insulte y le engañe con el salario: “Nos tratan como en época de Franco. Te insultan y si protestas te dicen que la puerta es igual de grande para entrar que para salir”. Cobra 900 euros al mes y un 10% sobre facturación, pero no sabe cuánto vale lo que transporta, con lo cual lo del tanto por ciento es una pantomima: “El mes pasado me dieron 400 euros de comisión y con 4.000 euros no se paga ni el gasoil que he consumido. Yo sé que habré facturado unos 11.000 euros y que me corresponderían unos 1.000 de primas, pero si protesto me tiran a la calle”, explica Pedro.

El sentimiento que el trabajador describe es de impotencia: “Hemos intentado mover unas elecciones sindicales y han despedido a los tres que más se habían señalado con el tema. La gente tiene miedo porque la amenaza es real y al final necesitas los 1.400 euros para pagar la hipoteca”. Respecto a las condiciones laborales, Pedro es explícito: “Lo único que evita que me exploten más es la tarjeta del tacómetro. En base a eso nos podemos negar, pero como no nos pagan ni dietas, ni comida, ni nada; de repente me tengo que parar unas 9 u 11 horas en una estación de servicio o un área de descanso sin un duro, para esperar a que pase el tiempo reglamentario”. Cuando le pregunto por medidas preventivas de salud laboral, su respuesta es tajante: “Papeleo mucho, pero de verdad nada. Solo les preocupa que lleves las botas, los cascos y las gafas cuando entras en las empresas, pero te hinchas a tragar polvo de cemento y no les preocupa”.