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Ángel Carcoba: Premio Nacional de Prevención de Riesgos Laborales

Lun, 15/01/2007 - 12:20
JAVIER MORALES ORTIZ
Entrevista

El primer contacto que tuvo con una enfermedad profesional fue en la niñez. "En casa, la señal para poner la mesa la daba la tos de mi padre, una tos que le inflamaba la cara", rememora Ángel Cárcoba, santanderino de 59 años que el pasado mes de octubre recibió el Premio Nacional de Prevención de Riesgos Laborales 28 de abril, un galardón que concede el Ministerio de Trabajo.

angel cárcoba

La tos, muy habitual entre los canteros de Mirones (Cantabria), el pueblo en el que nació Cárcoba, era producida por el polvo de sílice. De su padre, represaliado del franquismo y condenado a restaurar la catedral de Santander, recuerda también sus "ausencias", su paso por la cárcel, un dato que no ha sabido sino mucho tiempo después, como el apoyo que su madre, "la verdadera heroína de la familia", prestaba a los maquis, quienes tenían en el norte uno de sus principales focos de resistencia.

El entorno familiar, sin duda, ha influido en la trayectoria de este militante de Comisiones Obreras, pionero de la salud laboral en España y fundador del Gabinete de Salud Laboral de este sindicato en Madrid, el primero que se creó en España. Ángel Cárcoba ha sido uno de los responsables de que se prohibiese el amianto, una sustancia que aún hoy sigue produciendo la muerte de muchos trabajadores. El premio que ha recibido es un reconocimiento a todos estos méritos, aunque se trate más de "un premio colectivo que individual".

El premio que has recibido es el reconocimiento a una vida dedicada a la salud laboral. ¿Cuándo y por qué decidiste orientar tu actividad político sindical a este terreno?

Después de la muerte de Franco y gracias a la Ley de Amnistía pude volver a España. Me instalé en Madrid y trabé relación con varios médicos que en aquel entonces estaban intentando introducir la antisiquiatría en España. Creamos una cooperativa y yo me hice cargo de la gerencia. Sucedió entonces que en un encuentro en la Casa de Campo, un médico de Comisiones Obreras me propuso colaborar con él en temas de seguridad e higiene en el trabajo, como entonces se llamaba a la salud laboral, y crear un gabinete técnico en la Unión de Madrid.

Y tú aceptaste, claro.

Le dije que si no había otro, que aceptaba, pero que no tenía ni idea de seguridad e higiene en el trabajo. Entonces esta persona me dijo algo que siempre ha sido una especie de guía en mi trabajo, que el sindicalismo no es tanto saber como querer.

Al principio tendrías muchas dificultades.

El gabinete técnico de seguridad e higiene en el trabajo de CC.OO. en Madrid fue el primero de sus características que se creó en toda España. En un primer momento teníamos que hacer una labor muy asistencialista, no había otro remedio. Como anécdota contaré que mi primer contacto con José María Fidalgo fue en esa época, en la que él era traumatólogo en el Hospital de La Paz. Le enviábamos afectados para que nos hiciese un informe médico. Fue una labor muy interesante, por otro lado, ya que nos permitió, entre otras cosas, superar las carencias que teníamos en estos temas.

En 1984 el gabinete técnico pasa de la Unión de Madrid a la Confederación Sindical.

La dirección del sindicato considera a la salud laboral como una parte fundamental de la acción sindical, y se adscribe a esa secretaría. Luego, cobró tanta importancia que decidieron crear una secretaría propia, hasta hoy.

¿En qué momento se empieza a hablar de salud laboral?

El punto de inflexión, el gran salto cualitativo, llegó a raíz del contacto con los sindicatos italianos, que en este terreno estaban a años luz. A partir de ese momento dejamos de considerar la seguridad e higiene como un concepto técnico, superando los márgenes que le atribuía la ley. Aprendimos rápidamente que la salud de los trabajadores era un precio que éstos pagaban a cambio de un salario. Era el modelo obrero de salud, que se sustentaba en tres principios: la salud no se delega ni se vende, no al monetarismo de la salud y el control de los tiempos de trabajo y de ocio.

¿Y cómo se tradujeron estos principios en la práctica?

Conseguimos elaborar un mapa de riesgos profesionales en más de doscientas empresas basado en las percepciones que tenían los trabajadores. Eran ellos quienes mejor sabían el riesgo que había en cada puesto. Supuso también una confrontación entre el saber obrero y el técnico, quien, por otra parte, solía ser de la empresa y sólo aparecía de vez en cuando. Por sistema, había que buscar un consenso y esto determinaba la participación de los trabajadores en su propia salud. Cuando colgábamos del tablón de anuncios el mapa de riesgos, era la primera llamada a la acción porque la salud laboral no es un problema de estadísticas, de números, sino un problema de poder, de correlación de fuerzas y de desgaste. Hay quienes obtienen plusvalía y quienes sólo sacan enfermedad y muerte.

Según lo cuentas, parece que había mucho romanticismo en lo que hacíais.

Durante esos años, el sindicato contó con un grupo de personas que realmente se enamoró de lo que hacía, que dedicaba su tiempo libre a defender la salud de los trabajadores, sin ninguna contraprestación a cambio. Y toda esta energía tuvo unos resultados palpables. Entre 1973 y 1977, cuando se legaliza CC.OO., morían 2.300 trabajadores al año. Desde 1977 a 1980 conseguimos que esa cifra bajase a 972.

¿Hasta cuándo dura este impulso?

Creo que es demostrable que los años ochenta fueron más ricos en activismo y militancia que los años noventa y que lo que llevamos de siglo. Somos muchos quienes pensamos que estuvimos en un tris de conseguir la hegemonía teórica y práctica del control de la salud laboral. Habíamos conseguido atraer hacia este terreno al mundo universitario, se teorizó y se llevó a la práctica el mapa de riesgos. Y llevamos nuestro planteamiento a las mesas negociadores de la huelga del 14 de diciembre de 1988. ¿Cuándo se perdió todo esto? Creo que por una aplicación errónea de la Ley de Prevención de Riesgos Laborales, que es un buen texto legal, pero que en la práctica ha supuesto que el protagonismo de la salud laboral pase de los trabajadores a los técnicos de las empresas.

El problema, según tú, viene con la delegación en la defensa de la salud.

Efectivamente. Como decía antes, la salud ni se delega ni se vende, se defiende, y en los últimos años ha habido una tendencia permanente hacia la delegación. Y no es algo que afecte sólo a Comisiones Obreras, sino al movimiento sindical en su conjunto.

Una de las conquistas por las que más orgullo has  debido sentir como sindicalista debe haber sido la prohibición del amianto en 2001.

La primera vez que oí esa palabra fue en el año 1978, después de la visita de un trabajador de la uralita. Llegó con un montón de información sobre las consecuencias del amianto. En su empresa, que contaba con 7.000 trabajadores, había más de 1.000 afectados por el amianto. Sentí cierto sonrojo y le pedí quince días para ponerme al día. A partir de ese momento, junto a otros compañeros, empezamos a luchar para que se prohibiera el amianto en la Unión Europea. Debido a mi trabajo he conocido historias terribles sobre las enfermedades profesionales. Durante toda mi vida, el sufrimiento ajeno, la muerte y la enfermedad de tantos trabajadores, me han llevado a esta lucha.