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El precio del dolor

Jue, 15/07/1999 - 12:19

Dossier: Enfermedades profesionales

La salud no se vende. Menos aún se regala. Una cosa es no aceptar la monetarización del riesgo. Otra muy distinta, no reclamar indemnizaciones una vez que el daño, lamentablemente, se ha producido.

Las prestaciones de seguridad social
Cuando se diagnostica una enfermedad profesional, la persona afectada suele recibir un conjunto de prestaciones definidas en la normativa de seguridad social. Su función es compensar al trabajador por su 'pérdida de capacidad de trabajo'.

La pérdida de calidad de vida
Pero además de la capacidad de trabajo hay una 'pérdida de calidad de vida'. Una persona que padece una sordera profesional tal vez no verá seriamente afectada su 'capacidad de trabajo'. Puede seguir en su ruidosa tarea, desempeñando las mismas funciones casi con la misma eficacia, tal vez incluso aliviada porque ya no oye tanto ruido. Pero ¿qué es de la vida de estas personas fuera del taller? Ahí la sordera sí que duele. Es difícil conversar con los amigos y familiares, oír música. No podemos ir al cine, ni ver la tele, ni escuchar la radio, ni siquiera reír los chistes del almuerzo. El silencio del ruido se impone a todos los sonidos. ¿Quién paga este sufrimiento?

La responsabilidad y las indemnizaciones
Si el empresario esta contractualmente obligado a garantizar al trabajador una protección eficaz frente a los riesgos laborales, cualquier daño a la salud por el trabajo podrá considerarse, en principio, un incumplimiento y generará una responsabilidad. Se le puede exigir una indemnización que compense esa pérdida de calidad de vida que no pagan las prestaciones de seguridad social. Es la 'pecunia doloris', el precio del dolor que desde siempre se cobra a quien incumple una norma básica de convivencia: 'no perjudiques a nadie' (neminem laedere).

En otras circunstancias de la vida aplicamos automáticamente este razonamiento: si un coche se salta un semáforo en rojo, nos atropella y nos obliga a estar un mes de baja, nosotros cobramos nuestras prestaciones de seguridad social que compensan nuestra pérdida de capacidad de trabajo. Pero además pedimos una indemnización al seguro del conductor infractor. Con las enfermedades profesionales y los accidentes de trabajo pasa lo mismo: si son resultado de un incumplimiento empresarial, deberíamos reclamar, además de nuestras prestaciones de seguridad social, una indemnización.

¿Por qué no lo hacemos? Quizás tememos ser acusados de hacer negocios con nuestra salud. Quizás nos de vergüenza ponerle un precio al dolor ¿Cuánto dinero vale la vida o la salud de una persona? Así y todo, hay que reclamar. No nos paga el dolor, pero no lo podemos regalar porque la salud no se regala. Cuanto más caro salga atentar contra la salud, menos se seguirá haciendo.