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El invernadero es un infierno

Jue, 15/04/2004 - 12:19
REBECA TORADA

El invernadero es un infierno

REBECA TORADA
El trabajo en invernaderos es un trabajo muy duro. Muchos inmigrantes intentan ganarse la vida escondidos entre plásticos, donde no se ven los 'sin papeles'. No temen el trabajo físico a pesar del calor y el dolor de espalda pues son jóvenes y se sienten fuertes, pero lo que sí les preocupa es la falta de respeto y el desprecio de los jefes. Conversamos con un grupo de ellos de origen africano en Roquetas de Mar (Almería) y nos describieron sus condiciones de trabajo.

Trabajadores inmigrantes bajo abrigo

Son hombres altos, fuertes y muy, muy negros, pero sus miradas no se corresponden con su fortaleza física, se vislumbra temor e inseguridad, y el semblante es serio, muy serio. La mayoría son senegaleses y malviven hacinados en pisos de alquiler. La conversación con Ibrahima, Alionne, Jorges, Hamedine, Abon, Amadou, Diallo y Mamado transcurre en el local de Comisiones Obreras de Roquetas de Mar, al tiempo que otros inmigrantes hacen cola a la espera de asesoramiento en el Centro de Información para Trabajadores Inmigrantes del sindicato. Tan sólo dos de ellos hablan el castellano, el resto se expresa en wolof, idioma oficial del Senegal, o en francés, pero esto no impide para nada que la conversación sea fluida: tienen ganas, necesidad de hablar de lo que les pasa y, sobre todo, buscan respuestas. Con ayuda de traducción espontánea y hablando de condiciones de trabajo, nos entendemos perfectamente.

Los negros hacemos el trabajo más duro...

Los invernaderos donde trabajan apenas tienen aberturas, las ventanas no se abren para impedir que se vean los trabajadores sin documentación. Suelen ser instalaciones viejas, de poca altura, por las que las personas tienen que circular encorvadas. Los espacios de trabajo son reducidos, el ambiente es muy caluroso y la ventilación escasa. En estas condiciones se manejan, además, productos tóxicos como pesticidas y herbicidas: 'Se suele fumigar con la gente dentro del invernadero -explica Ibrahima- yo sé que los productos químicos no son buenos para el cuerpo, pero ese problema no podemos saberlo ahora, es una enfermedad que luego va a venir'. Alionne puntualiza que ya ha habido compañeros que 'por las noches no podían dormir, les picaba la garganta y les lagrimeaban los ojos'.

El trabajo en el invernadero tiene distintas fases. Jorges nos cuenta que a ellos, a 'los negros', sólo los llaman cuando el trabajo físico es más duro: al principio, en los meses de más calor, para sembrar, y al finalizar la campaña para retirar las plantas, cuando 'hay que agacharse constantemente y te duele la cintura y los huevos y el corazón te hace bop, bop, bop, porque te sube la tensión de la calor que hace'. En los meses de invierno para las tareas de recolección, mucho más suaves, llaman a los rumanos y a los rusos.

...pero eso no es lo importante

Uno a uno van explicando su experiencia y van confeccionando la lista de los problemas de salud que padecen: sudan mucho, se marean, se desmayan, les duele la espalda, las manos, las piernas, en ocasiones no pueden dormir de tan fuerte que llega a ser el dolor... Pero cuando les preguntamos cuáles de estos problemas son los que más les preocupan, salta una respuesta unánime: 'eso no es importante, lo importante es que te toman casi como esclavo, te obligan a trabajar sin parar. Trabajas ocho horas y parece que son 15. No te dejan hablar ni ir al servicio ni descansar un ratito'.

Hamedine compara las condiciones de trabajo en Roquetas de Mar con las campañas que se hacen en otros lugares. Dice que en Lleida 'hay más respeto, se puede hablar y también trabajar, dan alojamiento donde vivir y pagan muy bien'. Aquí han visto a trabajadores caer al suelo por un golpe de calor sin que ningún encargado hiciera nada por ellos: 'si uno se cae les da igual y si estás malo cogen a otro'. Son los propios compañeros quienes han de llevarlo al centro de salud donde, por suerte, encuentran mejor atención.

Además del respeto, les importa el salario. Son personas que mantienen a sus familias en sus países de origen y, como explica Abon, 'con 500 euros no se puede pagar alquiler, comida, el transporte al trabajo y enviar ayuda a la familia'.

Todos coinciden en que lo que quieren es trabajar, pero que sea un trabajo digno, en el que se respeten sus derechos laborales, se les pague lo que marca el convenio y se les trate como personas.