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Trabajar en el domicilio: la invisibilidad de los riesgos

Vie, 15/04/2016 - 12:19
BERTA CHULVI Y MONTSE LÓPEZ
Dossier

La atención a las personas dependientes en sus domicilios se ha convertido en un sector que da empleo a un buen número de personas, en un 90% mujeres, que trabajan en auténticas condiciones de invisibilidad y vulnerabilidad respecto a lo que a exposición a riesgos laborales se refiere. Cuando Felipa y Paqui nos cuentan sus historias parece que ellas, por el mero hecho de trabajar en la casa de las personas dependientes, estén fuera del marco legal de protección de la Ley de Prevención de Riesgos Laborales que ahora cumple veinte años.

Es verdad que es difícil considerar el domicilio un lugar de trabajo, pero las constantes lumbalgias que padecen las mujeres que trabajan en el sector de la atención a la dependencia en los domicilios son igual de graves que las que padecen las gerontólogas o el personal auxiliar en las residencias, solo que se ven menos y por tanto se tratan peor, o ni siquiera se tratan. Las situaciones que se dan en los domicilios escapan al control de las empresas y las trabajadoras las asumen como gajes del oficio.

Una de las situaciones más increíbles nos la cuenta Felipa, una trabajadora de 45 años con voluntad y dedicación que atiende en un pueblo de Jaén a cuatro personas de 8 a 14:30 horas todos los días. Felipa no puede usar la cocina de dentro de la casa para preparar la comida a la pareja de ancianos que cuida, “porque está nueva y nos costó mucho dinero”, son las razones que da la pareja, que se reformó la cocina, con mucho esfuerzo, hace veinte años. Tanto en invierno como en verano, Felipa tiene que cocinar en un cuartito que hay en el patio de la casa, con techo de chapa, donde hay una cocina portátil de dos fuegos sobre una mesa de madera: “Cuando hace mucho frío me dejan cocer el puchero dentro, pero cosas a la plancha que puedan ensuciar, nada de nada”. La trabajadora defiende a la pareja de usuarios: “Si la mujer ha estado cocinando ahí hasta hace dos años, cómo va a entender que yo no lo haga igual que ella”, explica Felipa. La empresa no ha intervenido en la situación, tampoco ha realizado ninguna evaluación de riesgos a pesar de ser una empresa de 500 empleadas. Tampoco la trabajadora social que asigna las ayudas se ha pasado para ver cómo se realiza el servicio que ha contratado. Felipa es delegada de prevención, pero admite que tampoco ha planteado el caso: “¡Es que es su casa!”, exclama la trabajadora con sensación de impotencia. “Yo les puedo decir –continúa Felipa– que todos los días tropiezo en la misma baldosa que está levantada, pero ¿quién les obliga a hacer obra si es su casa?”

Otro de los problemas que plantea Felipa, y que es común a muchos servicios, es que las casas están llenas de muebles: “Las casas de la gente mayor están llenas de muebles y ellos no quieren que les toques nada, aunque vayan incómodos con el andador o aunque las sillas de ruedas pasen justitas, eso nos ocurre a muchas trabajadoras. No podemos adaptar el espacio a nuestras necesidades, ni siquiera un poco”.

Respecto a la organización del trabajo, las empresas no contabilizan el tiempo de desplazamiento. Cuando se le pregunta a Felipa si va muy agobiada, ella dice que no, aunque ella siempre va corriendo: “Lo que pasa es que corres más porque si acabo aquí a las once, a las once y cinco empiezo en la otra casa, no me da tiempo a llegar. Yo llego porque voy en coche, aunque nadie me paga la gasolina, pero andando en cinco minutos no llego”. A Felipa le gusta mucho su trabajo, le gusta el trato con las personas mayores y la conversación con ellas: “Ya he aprendido a no llevarme los problemas a casa –explica Felipa–. Al principio me preocupaba tanto que mi marido me llegó a decir: tú, como sigas así, te mueres”. Felipa está a gusto: “La gente mayor es muy agradecida, valora mucho el cariño que le das porque está sola y la gran mayoría no puede valerse por sí misma”.

Felipa lleva trabajando desde 2003 y ha tenido usuarios encamados: “Yo estuve con una mujer cinco años encamada que además estaba gruesa y mientras hacía el trabajo no me di cuenta, pero cuando se me murió yo no podía levantar los brazos, tenía un dolor insoportable. El médico me dijo que me estaban saliendo los esfuerzos que había hecho levantando a pulso a esa persona”. La mutua se quita el muerto de encima casi siempre: “Cuando vas a la mutua, te dicen: tú sabrás el colchón que tienes en tu casa”, relata Felipa. Mientras apostilla: “Es para decirles, sí claro, el colchón…, y que yo esté levantando a una persona que pesa casi 100 kilos todos los días no tiene nada que ver”. Felipa está dispuesta a seguir luchando, pero lo ve difícil: “Hemos planteado a la empresa de todo para tratar a los encamados (fajas lumbares, que obliguen a que pongan una grúa, camas articuladas), pero nos dicen que no pueden obligar a una casa a poner nada de eso. Lo único que hemos conseguido es que cambien a la mutua, porque era evidente que no defendía los derechos de las trabajadoras”.

La principal dificultad que ve Felipa es que las trabajadoras no quieren quejarse por miedo a perder el trabajo. Ella se ofrece a acompañarlas, pero no hay manera: “No vaya a ser que se crean que me he quejado”, le dicen. Un segundo aspecto es que cuando lo conveniente es que vayan dos personas a un servicio para movilizar a un usuario que está encamado, los usuarios se niegan, porque si vienen dos personas las horas del servicio se reducen a la mitad.

Cuando hablamos con Paqui, que trabaja en otra empresa del mismo sector, nos encontramos con que tiene una contractura muscular en la parte derecha del hombro y cuello y ha tenido que ir a urgencias: “Se ve que me ha pillado un nervio facial y por eso tengo tanto dolor de cabeza y de garganta, como si tuviera anginas”. Como es habitual, no se ha pedido la baja. Es un viernes por la tarde y la trabajadora está esperando a ver si se pone buena el fin de semana. Tiene 51 años y empezó hace seis años en este trabajo a raíz del ERE que rea lizó la empresa en la que trabajaba. Lleva cinco años levantando a pulso a una de sus usuarias y ya no la levanta porque no puede con ella: “Como la han sondado, ya no la tengo que levantar, pero es que además no puedo con ella”. Además ha padecido una lumbalgia bilateral, que también está derivada del levantamiento de pacientes. “Casi todas las compañeras padecen de lo mismo, hay gente que se da de baja porque no puede resistirlo. Cuando pides ayuda, es la trabajadora social la que ha de valorar. A mí, por ejemplo, no me han dado respuesta y, además, lo que ocurre es que en el momento en el que vayamos dos trabajadoras, los usuarios pierden horas. Es decir, si yo estoy cuatro horas, si voy con alguien estamos dos horas, y los usuarios no quieren”.

 

Una acción sindical que comienza

LOLY FERNÁNDEZ CAROU*
En CCOO somos conscientes desde hace tiempo que una gran parte de las trabajadoras que atienden a personas dependientes en su domicilio están expuestas a riesgos ergonómicos, biológicos y psicosociales que dañan gravemente su salud. Se trata de un colectivo invisibilizado, que recibe poca formación en prevención de riesgos y escasa sindicalización, a pesar de que son grandes empresas las que optan a los concursos que las Administraciones públicas, generalmente ayuntamientos, convocan para proporcionar de manera indirecta este servicio a la población.

De ahí que CCOO de Catalunya, en el Consejo de Relaciones Laborales, órgano tripartito en nuestra comunidad autónoma, propusiera a la Generalitat catalana que en las líneas de acción que marca para que las mutuas gasten sus excedentes destinados a la prevención se prestara especial atención a este colectivo. De hecho, la Generalitat catalana ha publicado en su resolución anual los criterios para la actividad preventiva de las mutuas con cargo a cuotas, y concretamente que las mutuas presenten planes de acción con las trabajadoras del sector de cuidados y atención a la dependencia que trabajan en domicilios. Esto ha provocado que incluso la propia Administración se plantee hacer alguna acción específica ante tal desconocimiento, y el equipo de profesionales del Institut de Salut Laboral de Catalunya ha preparado un pequeño manual sobre buenas prácticas en este sector. Este año, además, frente a la campaña de que la Generalitat catalana no era competente para marcar esas directrices, finalmente el tema se ha despejado. El Tribunal Constitucional ha dado la razón a la Generalitat de Catalunya y aquí tenemos un nuevo espacio de intervención, ya que nuestra acción colectiva debe servir para exigir a las mutuas que gasten sus excedentes en políticas preventivas en los sectores más vulnerables con cargo a cuota, y no se inviertan en las grandes empresas o en acciones que no van orientadas a mejorar condiciones de trabajo.

Es nuestra responsabilidad encontrar la forma de llegar hasta esos domicilios donde hay una trabajadora expuesta a todo tipo de riesgos y que no puede estar desprotegida.

*Loly Fernández Carou es responsable de Salud Laboral de CCOO de Catalunya.