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Penosidad: cuando el trabajo atenta contra la sostenibilidad de la vida

Sáb, 15/07/2017 - 12:19
CLAUDIA NAROCKI
Dossier

Mientras que desde Europa se fomenta la extensión de la vida laboral y el gobierno español endurece las condiciones para la jubilación, se observa cómo proliferan los trabajos física o emocionalmente difíciles y peligrosos. Una reflexión sobre la penosidad es necesaria: ¿Qué distingue a los trabajos que generan salud de los que causan enfermedad?

Si bien no contamos con una "definición" ampliamente acordada para delimitar qué condiciones de trabajo son "malas", ni desde el punto de vista técnico, ni en la negociación colectiva, sí tenemos un vocabulario para describir los trabajos arduos o duros. La Ley de Prevención de Riesgos Laborales ahuyentó el término de insalubre, pero el BOE no tiene inconveniente en registrar convenios con condiciones calificadas como penosas, tóxicas y/o peligrosas. Además, según los convenios colectivos, también existen trabajos de excepcional penosidad.

El Real Decreto 1698/2011 sobre coeficientes reductores para el adelanto de la edad de jubilación no aporta definiciones. Sin embargo, sí indica a qué tipos de colectivos se les podría adelantar la edad de jubilación, al mencionar como características de éstos la siniestralidad sectorial, la penosidad (a efectos de la cual, dice, se tendrá en cuenta la turnicidad, el trabajo nocturno y el sometimiento a ritmos de producción), la peligrosidad y toxicidad de las condiciones del trabajo, su incidencia en los procesos de incapacidad laboral y los requerimientos físicos exigidos para el desarrollo de la actividad. Se puede observar que la enumeración excluye los trabajos mal o muy mal pagados que determinan una calidad de vida no-laboral penosa; el alargamiento de jornadas laborales, las jornadas irregulares, las jornadas no planificadas, los trabajos emocionalmente difíciles, los trabajos repetitivos, etc. Es decir, que se trata de una visión muy restringida de la penosidad.

Una mirada de género
Además, la penosidad requiere una mirada de género por varias razones. Por un lado, los trabajos reconocidos como penosos han sido tradicionalmente desempeñados por hombres, por ejemplo, se reconoce como penoso el levantamiento de cargas en la industria, pero se ignora este esfuerzo en las tareas de cuidados, junto a otras formas de penosidad típicas de los trabajos femeninizados que han permanecido claramente invisibilizadas. Pensemos en el trabajo de teclear en las antiguas máquinas de escribir mecánicas que requerían intensas pulsaciones. Las jóvenes oficinistas eran empujadas por otras vías a retirarse cuando todavía eran jóvenes. El desgaste se hacía evidente cuando se alargaba la vida laboral, pero éste era tratado como enfermedad común. Así, los trabajos de mujeres, por definición, no eran penosos. Hoy, por suerte, podemos observar luchas como la de las camareras de piso, que hacen ver sus esfuerzos y el desgaste que provoca el trabajo. Por otro lado, la definición de los trabajos como peligrosos se ha utilizado muchas veces como frontera para restringir la entrada de mujeres a algunas ocupaciones masculinizadas.

¿Tenemos políticas contra este tipo de trabajos? La respuesta es no. La proliferación de trabajos malos, que claramente se pueden calificar de "penosos" no está siendo abordada por nuestros gobiernos. El foco en lo laboral está centrado desde hace años en la cantidad del empleo más que en su calidad y la Inspección de Trabajo se dedica antes a controlar que exista contratación y documentación preventiva, más que a valorar las condiciones de trabajo reales.

El debate en otros países
Mirando en nuestro entorno, vemos que recientemente, el gobierno británico encargó a un experto, Matthew Taylor, un estudio sobre cómo influyen las práctica empresariales del capitalismo actual, "flexible" sobre las condiciones de trabajo. A partir del informe, el gobierno británico ha anunciado que adoptará una batería de medidas con las que pretende que el Reino Unido sea pionero en el mundo occidental en dar una respuesta política a los trabajos "malos". Aunque el sindicato TUC ya ha señalado que estas medidas se quedan muy cortas, desde aquí, en un contexto donde los gobiernos miran para otro lado, podemos envidiar que un gobierno tome iniciativas. Para señalar los efectos del capitalismo flexible, el informe toma en aspectos como la seguridad en los ingresos que afectan evidentemente a las pensiones, el sistema de ascensos en la empresas que implica reconocimiento y formación, los “nuevos modos de estar empleado” que muchas veces suponen una grave desprotección de los trabajadores y trabajadoras y los modos de representación de éstos que en el capitalismo flexible pueden exigir la implantación de nuevas figuras como los delegados y delegadas de prevención sectoriales o territoriales.

También nos puede arrojar cierta luz la perspectiva francesa a la hora de definir los trabajos penosos, que se basa en las exposición de cada persona a determinados riesgos laborales. Tomando en cuenta la evaluación de riesgos, el empresario tiene que señalar las exposiciones nocivas en una "ficha de prevención personal" que debe entregar a cada persona para que ésta pueda demostrar las exposiciones que han perjudicado su salud a efectos de solicitar la jubilación anticipada. Entre las exposiciones de riesgo se consideran: a) los esfuerzos físicos intensos (incluyendo: manipulación manual de cargas, posturas de trabajo dolorosas o posiciones articulares forzadas y vibraciones mecánicas), b) los ambientes agresivos para la salud (incluyendo: presencia de agentes químicos peligrosos, humos y polvo; trabajo en condiciones hiperbáricas, temperaturas extremas, ruido, etc., c) determinado tipo de jornadas (como trabajo nocturno, turnos rotativos y trabajos repetitivos).

En suma, los sindicatos sabemos lo que son trabajos malos, penosos, arduos, peligrosos, e incompatibles con la salud y el bienestar. Debemos exigir que se aborde con firmeza ese debate y el fin de la tolerancia con esas prácticas laborales que atentan contra la sostenibilidad de la vida.

 

¿Qué son los coeficientes reductores?

En el Convenio 128 de la OIT relativo a las prestaciones de invalidez, vejez y sobrevivencia, adoptado en 1969, se establece que "si la edad prescrita fuera igual o superior a sesenta y cinco años, esa edad deberá ser reducida para las personas que hayan estado trabajando en labores consideradas por la legislación nacional como penosas o insalubres a los efectos de la prestación de vejez".

Han pasado ya 50 años desde la adopción de ese Convenio y la población trabajadora europea se enfrenta a vidas laborales más largas. Al mismo tiempo, resulta notorio que las personas que han realizado los trabajos más duros, más exigentes desde el punto de vista físico o emocional, no están llegando a la edad de jubilación en sus empleos. Se estima que la mitad de los trabajadores en activo con edades de 60 a 64 dejarán de trabajar antes de los 65, edad actual de jubilación. Pero las salidas del empleo se está produciendo por "puertas laterales", que suponen no solo pérdida de salud, sino también de protección social: incapacidades por enfermedades comunes o raramente profesionales, muertes prematuras por accidente o laboral u otra causa, despidos colectivos, ineptitudes sobrevenidas, etc. Solo una pequeña parte consigue pasar a trabajos menos dañinos o menos exigentes, compatibles con la pérdida anticipada de aptitudes físicas.

Los sucesivos gobiernos no han facilitado la puesta en marcha de los mecanismos previstos en el Real Decreto 1698/2011, por el que se regula el régimen jurídico y el procedimiento general para establecer coeficientes reductores y anticipar la edad de jubilación en el sistema de la Seguridad Social, lo cual resulta muy injusto. Desde el punto de vista estadístico, algunos colectivos apenas van a disfrutar de un retiro por el que cotizaron, debido a sus condiciones de trabajo. Por otro lado, si tomamos en cuenta que la edad tiene un impacto en el desarrollo de las tareas, las condiciones de trabajo de determinadas ocupaciones pueden hacer demasiado difícil su desempeño para las personas mayores, llegando a ocasionar un sufrimiento agregado o dando lugar a una mayor accidentalidad.