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La precariedad y el estigma marcan el trabajo de las cuidadoras

Vie, 15/04/2016 - 12:19
BERTA CHULVI
Dossier

Sara Moreno es socióloga y profesora en la Universitat Autònoma de Barcelona. Además es investigadora del Centro de Estudios Sociológicos sobre la Vida Cotidiana y el Trabajo de dicha universidad. En esta entrevista reflexionamos con ella sobre las condiciones de trabajo de las personas que proporcionan cuidados formales y de los retos que afrontamos como sociedad en este terreno.

El cuidado de los mayores y las personas dependientes está poniendo en jaque nuestro modelo de sociedad, ¿qué análisis se puede hacer?
Cuando se construyó el Estado del bienestar no se pensó que existiría tal necesidad de cuidados como existe en la actualidad, por distintas razones, una de ellas la esperanza de vida, otra la mayor presencia de mujeres en el mercado de trabajo, pero también la transformación de la familia nuclear extensa, que antes tenía un protagonismo mucho mayor. Es decir, en ese momento se pensó en garantizar pensiones, salud y educación, sobre todo para proporcionar mano de obra preparada al mercado de trabajo, y nadie pensó que los cuidados serían una necesidad que se podría convertir en un riesgo social en el futuro. Actualmente nos encontramos con que el problema de los cuidados ha aumentado en volumen e intensidad y lo único que hacemos es poner parches. No nos damos cuenta de que pensar socialmente los cuidados se está convirtiendo en una urgencia social.

¿Qué parches se han puesto?
Se tira de la estructura familiar (cuidados informales) y se impone la desvalorización de los cuidados formales cuando estos se convierten en un sector profesional. Como a los cuidados nunca se les ha dado valor, ni económico ni social, nos encontramos que los trabajadores, básicamente mujeres, que entran a formar parte de esos sectores profesionales, lo hacen desde la lógica de la precariedad, el estigma y la invisibilidad. Para mí, uno de los principales problemas es que se naturalizan las capacidades para el cuidado y se supone que si eres mujer, ya lo sabes hacer. Estamos ante un sector profesional muy precario, muy subestimado y con grandes dificultades de organización por el tipo y la naturaleza del trabajo que están realizando, tanto sea en residencias como en domicilios privados.

¿Qué particularidades tiene este sector en cuanto a la exposición a riesgos psicosociales?
Hay que diferenciar distintos perfiles profesionales, una cosa son las personas que trabajan en residencias, centros de día, etc., y otra las trabajadoras familiares que hacen los servicios de atención domiciliaria. Desde un punto de vista de los riesgos psicosociales, ambas situaciones tienen exposiciones importantes a riesgos psicosociales, pero se acentúan en el caso del domicilio. En el caso del domicilio, a la tensión que supone atender a personas dependientes, se suma el hecho de entrar en un espacio privado que es vivido por la persona usuaria y sus acompañantes como un espacio propio, donde son ellos quienes dicen cómo se han de hacer las cosas, por tanto, cuestionan aún más la profesionalidad de la persona que llega a hacer su trabajo. Esto puede generar sufrimiento en la trabajadora que ve cómo no puede aplicar sus conocimientos profesionales, porque le dicen cómo ha de hacer las cosas. Además, desde el punto de vista de la gestión de los tiempos, los servicios de atención domiciliaria están muy pautados temporalmente –pueden ir desde 20 minutos a dos horas aproximadamente– y cada trabajadora puede tener hasta siete servicios. Esto genera una tensión adicional, porque la trabajadora que llega a un domicilio e intenta conciliar las normas de ese domicilio con sus criterios profesionales lo va a tener que hacer siete veces. Hay una acumulación de exposiciones a riesgos psicosociales: al estigma que soporta el trabajo de cuidado se le suma el hecho de hacerlo en un espacio privado, con unos tiempos de trabajo muy intensos que ellas tienen que gestionar. A esto hay que añadir que trabajan, generalmente, de forma aislada, con lo cual tienen la sensación de estar solas. Es una situación que yo definiría como una olla a presión, que a veces estalla con manifestaciones claras de problemas de salud en las trabajadoras.

Además, hablamos de un colectivo que por su condición de mujer ya parte de una situación de desigualdad, ¿podrías caracterizar a estas trabajadoras?
Son mujeres, muchas de ellas mayores. Mujeres que han estado ausentes del mercado de trabajo, seguramente porque han estado criando a sus hijos, y se han reincorporado al mercado de trabajo con edades comprendidas entre los 45 y los 50 años. Personas que tienen experiencia informal en los cuidados, con sus familiares, y eso les da cierta seguridad. Junto a este perfil está el de las mujeres jóvenes inmigrantes. Es muy importante analizar las consecuencias que ha tenido la Ley de la Dependencia, uno de cuyos objetivos era profesionalizar este sector, precisamente para poder descargar a las familias y fortalecer la profesionalización del mismo. Sin embargo, la misma ley es una contradicción, porque la prestación por cuidado familiar sabemos que lo que ha hecho es reforzar las responsabilidades de la familia o en algunos casos ha servido para contratar mano de obra informal, muchas veces inmigrante. Es un perfil de mujer que quizás se ha pasado diez años fuera del mercado de trabajo y que ahora se incorpora a un sector que tiene unas condiciones muy específicas de precariedad e invisibilidad.

Y en las residencias, ¿qué problemáticas habéis observado en vuestras investigaciones?
Hemos observado que se da una lucha de poder entre las enfermeras y las auxiliares de geriatría. Las mismas enfermeras son las que no reconocen el trabajo de las auxiliares de geriatría, que son las que están asumiendo el 90% del cuidado. Las auxiliares de geriatría que nosotros entrevistamos nos contaron que ellas son vistas como las “lavaculos” de la residencia; el estigma es muy fuerte e influye de muchísimas maneras. Las personas sienten que están en el escalón más bajo de la cadena; de una cadena en las que ellas tienen un papel fundamental, pero que no se les reconoce. Sin ellas, el internaje de la residencia no funciona, pero nadie les reconoce. No se considera nunca su opinión, su experiencia, sus conocimientos, a pesar de que ellas acumulan mucha más información del usuario que los otros perfiles profesionales. Esto tiene claras consecuencias en su salud.

¿Cómo empezar a hacerle frente a esta situación?
Desde el punto de vista de la ciudadanía es imprescindible reconocer la necesidad urgente e imperiosa de organizar socialmente los cuidados. El sistema que ha funcionado hasta ahora para hacernos cargo de las personas dependientes no va a funcionar en el futuro, la población va a envejecer y está claro que estamos en un contexto de crisis que apunta que no todo puede recaer en el Estado, pero tampoco todo puede recaer en la familia y tampoco puede recaer en los individuos y en el hecho de si tienen o no recursos para poder comprar esos servicios de cuidado. Si no hacemos un parón, y nos dedicamos a pensar cómo vamos a organizar esto, está claro que van a aumentar las desigualdades sociales. Sin embargo, si nos paramos a pensar y asumimos que esto es una urgencia prioritaria en nuestro contexto, podemos diseñar medidas de equidad democrática.

Desde tu perspectiva, ¿qué se puede hacer?
Pues, en primer lugar hemos de reconocer el valor económico y social de los cuidados y hemos de darle protagonismo a la comunidad. Estamos teniendo en cuenta el mercado, la familia y el Estado, pero hace falta una cuarta pata, que es la comunidad. Lo que conocíamos como el triángulo del Estado del bienestar se ha de convertir en un cuadrado. La comunidad es algo que va más allá de una asociación en concreto o que va más allá del voluntariado. Hay experiencias interesantes; por ejemplo, en Barcelona hay un proyecto que se llama “Radares”, que se ha ido implementando en distintos barrios y que trata de activar una alerta cuando alguna de las personas mayores no acude a alguno de sus puntos cotidianos como el horno, la carnicería, el quiosco, etc. Se trabaja de manera voluntaria en estos puntos, alertando a servicios sociales si se detecta algo extraño. Este proyecto es un buen ejemplo del papel protagonista que tiene que ir adquiriendo la comunidad en el futuro para pensar en soluciones imaginativas. Hemos de romper el círculo vicioso que estigmatiza e invisibiliza los cuidados, y que afecta tanto a quienes los realizan como a quienes los reciben. Yo siempre digo que hay que conseguir que ese círculo vicioso se convierta en un círculo virtuoso, reconociendo la importancia de los cuidados, de las personas que los realizan de manera informal y formal.

¿Y en los lugares de trabajo?
Ahí hay muchísimas cosas que se pueden hacer. En primer lugar revisar las competencias y habilidades que necesitan estos perfiles profesionales, ya que en la actualidad están pensadas desde una lógica productiva y masculina. Estas mujeres tienen una cantidad de competencias, aptitudes y actitudes que no son reconocidas, que no se les paga por ellas, que simplemente la empresa las aprovecha. Es decir, yo creo que es necesaria una revisión que dignifique y cualifique estos trabajos. También revisar la formación y las relaciones laborales. Por ejemplo, una cosa tan sencilla como que en una residencia, cuando semanalmente se reúne todo el equipo con la presencia de todos los perfiles profesionales, es necesario que también haya una representante de las auxiliares de gerontología. Una cosa tan sencilla supone ya de entrada un efecto positivo en cadena.