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Exposición laboral a plaguicidas en España ¿Qué sabemos?

Sáb, 15/10/2016 - 12:19
BERTA CHULVI
Dossier

Un trabajo publicado en 2014 por Javier Vila, Rudolf van del Haar y Ana María García ha estimado la exposición a plaguicidas en España utilizando la matriz española de empleo-exposición. Seis ocupaciones agrícolas presentan los índices de exposición más altos a plaguicidas con efectos cancerígenos, neurotóxicos y de disrupción endocrina.

Una matriz de empleo-exposición es un sistema de información que permite asociar códigos de ocupación o actividad económica con diferentes agentes o exposiciones a riesgos en el trabajo. Países como Finlandia, Francia o Reino Unido cuentan con este sistema de información desde los años 90; en España, la primera matriz empleo-exposición fue desarrollada en 2009 en un proyecto liderado por ISTAS y el Centro de Investigación en Salud Laboral (CISAL), bajo la dirección técnica de Ana María García, catedrática del Departamento de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universitat de València. A partir de esa base de información, estos investigadores han puesto la mirada en la exposición laboral a plaguicidas preguntándose qué ocupaciones estaban más expuestas a este riesgo.

Ante la imposibilidad de estimar la exposición a todas las sustancias activas presentes en el mercado durante el periodo estudiado (1995-2006), los investigadores seleccionaron una serie de agentes de referencia atendiendo al consumo, la relevancia toxicológica, la situación legal en España y la existencia de límites de exposición profesional (VLA). Del grupo de los insectidas se seleccionaron como agentes los siguientes: endosulfán, clorpirifós, metomilo y piretrina. Entre los fungicidas: tiram y captan. Y entre los herbicidas: dicuat, 2,4D, atrazina y diuron. La investigación estima que existen 45 ocupaciones expuestas a estas sustancias en la Clasificación Nacional de Ocupaciones, trabajadores que pertenecen a sectores y actividades diversas como la agricultura, las actividades forestales, las actividades ganaderas y agropecuarias, el sector de la madera, la fabricación de pasta de papel, las instalaciones de tratamiento químico térmico, la limpieza de fachadas y edificios, la limpieza de oficinas, hoteles y otros establecimientos similares y profesiones como los higienistas o veterinarios.

De estas 45 ocupaciones que entran en contacto con estas sustancias activas, las más expuestas son seis, que pertenecen al sector agrario. Se trata de trabajadores cualificados, ya sea por cuenta propia o ajena, en explotaciones agrícolas, huertas, viveros o jardines, peones agrícolas, operadores de maquinaria agrícola móvil y peones agropecuarios. En todas estas ocupaciones se estima que el 98% de los trabajadores está expuesto a captan y el 38% a tiram, dos de los fungicidas estudiados. Estas seis ocupaciones son también las más expuestas a los herbicidas estudiados: un 90% estaría expuesto a diuron, un 70% estaría expuesto a 2,4D, un 34% estaría expuesto a atrazina y un 32% a dicuat. De estas seis ocupaciones, los trabajadores cualificados en explotaciones agrícolas, huertas y jardines también presentan altas prevalencias de exposición a los insecticidas: un 90% estaría expuesto a pire trina, un 88% estaría expuesto a clorpirifós y entre un 50% y un 70% estaría expuesto a metomilo. Entre los operadores de maquinaria agrícola, un 88% estaría expuesto a clorpirifós y un 50% a metomilo. Entre los peones agrícolas, un 88% estaría expuesto a clorpirifós.

Fuera del sector agrario encontramos exposiciones a los insecticidas analizados en una amplia variedad de ocupaciones: por ejemplo, se estima que el 60% de los trabajadores cuali- ficados en actividades ganaderas o agropecuarias y los peones de estas mismas explotaciones estarían expuestos a piretrina. En estas mismas ocupaciones, un 40% estaría expuesto a clorpirifós. Un 33% de los trabajadores del sector de la madera estaría expuesto a piretrina y clorpirifós. Un 70% de los peones forestales estaría expuesto a metomilo. Lo mismo que ocurre con el personal de limpieza de oficinas y hoteles: se estima que un 70% está expuesto a metomilo y un 15% a clorpirifós.

Algunas de estas sustancias han sido prohibidas pero continúan en uso, es el caso del diuron que se prohibió en 2003 pero se ha registrado su uso en 2012. El clorpirifós que se prohibió como biocida en 2008, pero también se ha registrado su uso en 2012 como fitosanitario. El metomilo, piretrina, tiram, captan, 2,4D y dicuat aparecen como productos autorizados por el Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente.

¿Qué riesgos supone el contacto con estas sustancias?

La base de datos RISCTOX, elaborada por ISTAS y disponible en su web, ofrece información sobre los riesgos de exposición a cada una de estas sustancias. El metomilo está clasificado en RISCTOX como disruptor endocrino, la priterina está clasifica- da como disruptor endocrino, neurotóxica y sensibilizante. Es una sustancia nociva por inhalación, por ingestión y en contacto con la piel. Como el metomilo, la priterina es muy tóxica para los organismos acuáticos y puede provocar a largo plazo efectos negativos en el medio ambiente acuático. El tiram está clasificado como disruptor endocrino, neurotóxico, sensibilizante y también puede provocar a largo plazo efectos negativos en el medio ambiente acuático. El captan está incluido en la lista negra de ISTAS por cancerígeno y sensibilizante y viene clasificado con la frase R40, que indica posibles efectos cancerígenos en humanos. El clorpirifós está clasificado como disruptor endocrino, neurotóxico, tóxico, persistente y bioacumulativo. Y el diuron como cancerígeno y disruptor endocrino. Como vemos, la mayoría son disruptores endocrinos (EDC), es decir, sustancias capaces de alterar el equilibrio hormonal y el desarrollo embrionario y provocar efectos adversos sobre la salud de un organismo vivo o de su descendencia.

En cuanto a la intensidad de la exposición para fungicidas y herbicidas, el trabajo de Javier Vila y colaboradores señala que en 39 ocupaciones se estima un nivel bajo de exposición inhalatoria –por debajo del 5% del valor límite ambiental (VLA)– y en seis de ellas un nivel medio, entre el 6% y el 25% del valor límite ambiental. Para insecticidas se estima un nivel bajo de exposición en 19 ocupaciones y medio en las 26 restantes. Sin embargo, voces tan autorizadas como las de Miquel Porta Serra o Nicolás Olea ponen en cuestión la seguridad de esos valores límites ambientales (VLA) a la hora de determinar la acción de estas sustancias activas sobre el ser humano. Como explica el catedrático de la Universitat Autónoma de Barcelona Miquel Porta, en un trabajo que analiza los límites de los valores límites ambientales publicado por ISTAS en 2009, “los VLA se establecen para agentes químicos específicos y no para las mezclas de estos. Sin embargo, cuando están presentes en el ambiente varios agentes que ejercen la misma acción sobre los mismos órganos o sistemas, su efecto combinado es el que requiere una consideración preferente. Desafortunadamente, tal y como actualmente se realizan, los procesos de decisión sobre los valores límites no tienen en consideración el efecto combinado de varios agentes químicos y, por tanto, la estimación del riesgo puede no captar la totalidad del riesgo al que un sujeto se expone”.

En la misma línea, el catedrático de la Universidad de Granada Nicolás Olea plantea en un artículo recientemente publicado en Gaceta Sanitaria que algunas investigaciones vienen poniendo en duda la conveniencia de seguir el modelo habitual en la estimación del riesgo cuando se trata de establecer grados seguros de exposición a disruptores endocrinos (EDC). “Tradicionalmente –afirman Mariana Fátima Fernández y Nicolás Olea–, la toxicología con interés regulador se ha basado en la presunción de curvas de dosis-respuesta monotónicas para la mayoría de los compuestos químicos. Este modelo permite a los expertos predecir el efecto desencadenado por dosis bajas extrapolando el observado a altas concentraciones. Sin embargo, numerosos estudios sobre disrupción endocrina cuestionan su adecuación, fundamentalmente porque, de manera similar a las hormonas, los EDC son capaces de generar curvas de dosis-respuesta no monotónicas para muchos efectos y a distintos niveles de organización. De manera análoga a como lo hacen las hormonas, los EDC pueden actuar de manera particular en un tejido dependiendo de la expresión de receptores específicos y sus isoformas. Por lo tanto, cualquier intento de estimación realista de las consecuencias de la exposición a EDC debe tener presente el patrón hormonal de cada individuo, la susceptibilidad particular de cada tejido u órgano, y el momento en que ocurre la exposición”.