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"El tabaquismo es un fenómeno de origen Social"

Entrevista a Ferran Martínez Navarro, experto en Salud Pública
Sáb, 15/10/2005 - 12:20
P.B.F
Dossier

Joan Ferran Martínez i Navarro (1941), puede ser considerado uno de los pioneros de la Salud Pública en España, además de un decidido promotor de las teorías más avanzadas sobre la determinación social de la enfermedad. A lo largo de sus casi 40 años de ejercicio profesional ha ocupado distintos puestos y cargos de responsabilidad tanto en el ámbito universitario como en el político, frecuentando también diversos organismos internacionales. En la actualidad dirige la Escuela Nacional de Sanidad del Instituto de Salud Carlos III.

Ferran MartínezHemos conversado largamente con el Dr. Martínez Navarro sobre las dimensiones sociales del hábito de fumar, algo de lo que se suele hablar poco en los foros al uso ya que, según nos dice, “el tabaco da una coartada individual para obviar otros problemas más estructurales, como las condiciones de trabajo, sobre los que resulta más difícil o más comprometido actuar”. Lo que sigue es un resumen de sus puntos de vista.

¿Realmente es tan malo fumar?

En primer lugar hay que dejar claro que la relación causaefecto entre tabaco y cáncer o enfermedades cardiovasculares está fuera de duda. Esto ya no se discute. Pero está también fuera de toda discusión que las empresas productoras de tabaco, para asegurar la fidelidad de sus clientes, han utilizado y utilizan sustancias aditivas cuya finalidad es conseguir la persistencia del hábito de fumar promoviendo la adicción. Ambas cosas están muy claras y deben tenerse en cuenta en las políticas de salud pública: uno, el tabaco incrementa el riesgo de muerte, y dos, las tabacaleras fomentan la adicción intencionadamente.

¿Se trata con el mismo rasero al consumidor que al productor?

Esta es una gran contradicción. El sector productivo, en cuanto a tal, es objeto de promoción económica –Europa destina casi 1.000 millones de euros anuales a la producción agrícola de tabaco– y, sin embargo, la Unión Europea mantiene una posición radicalmente contraria al consumo del tabaco, es decir, pone trabas al consumo interior de un producto que subvenciona. Las leyes anti-tabaco son un claro reflejo de esta contradicción, son un tipo de legislación orientada fundamentalmente al hábito individual de tal forma que se traslada la responsabilidad hacia el fumador en detrimento de la responsabilidad de las empresas. No obstante, hay también excepciones, como es el caso de la Junta de Andalucía que ha creado una especie de impuesto sobre las tabacaleras como compensación por el plus de asistencia médica que genera la patología derivada del tabaco.

¿Qué tal se lleva la salud pública con estas políticas de intervención individual?

Históricamente, desde Hipócrates, se ha venido manteniendo una línea de pensamiento sanitario que manejaba una distinción entre enfermedades naturales y no-naturales. Éstas últimas siempre se han referido al comportamiento individual y se ha intentado responsabilizar al individuo por su enfermedad, llegando incluso a culpabilizarlo en una clara extensión al ámbito sanitario de conceptos más bien propios de la religión. A partir de la Ilustración, surge una corriente que intenta explicar los problemas de salud y enfermedad desde una óptica social, la cual en el siglo XX da lugar a una línea de pensamiento que trata de buscar la explicación del fenómeno de la enfermedad en el análisis de las estructuras de producción y en las formas de reproducción social. Éste es el punto de vista que comparto personalmente, una concepción del proceso de enfermar considerado como un fenómeno colectivo resultado de las condiciones de trabajo y de las condiciones de vida de la población.

¿Cómo se ve el tabaquismo desde la óptica de la medicina social?

Para empezar, siempre ha habido una correlación, aunque a veces de signo contrario, entre el hábito de fumar y las condiciones socioeconómicas. El consumo de tabaco fue en sus inicios un hábito de ricos hasta que, con el paso del tiempo y el avance de la lógica de mercado promovida por la industria tabaquera, se fue extendiendo hacia las capas trabajadoras. Posteriormente, la población de nivel económico más elevado ha ido abandonando un hábito que, sin embargo, se sigue manteniendo con tasas mucho más elevadas entre las clases más desfavorecidas. Ahora mismo lo que observamos es una incorporación masiva de los países en vías de desarrollo al consumo de tabaco, frente a la reducción de dicho consumo en los países desarrollados del primer mundo. El componente de género, por su parte, se manifiesta en que hasta la IªGuerra Mundial prácticamente sólo fumaban los hombres y se consideraba criticable, incluso frívolo, que las mujeres fumasen. Sin embargo, la necesidad de incorporar a la mujer a la industria de la guerra y, en general, al trabajo industrial que es un ámbito culturalmente masculino, conlleva la incorporación de la mujer también al hábito de fumar. Como ya ocurriera anteriormente, esta incorporación más tardía hace que se retrase también el abandono del hábito, con lo que en la actualidad tenemos que la tasa de fumadoras entre las chicas adolescentes es mayor que en los chicos de la misma edad, cosa que no ocurría hace unos años. En definitiva, hemos de concluir que el hábito de fumar no es sólo, ni fundamentalmente, una opción tomada desde el libre albedrío individual, sino que se trata de un comportamiento en el que intervienen poderosamente factores estructurales de orden social.

Actualmente hay mucha información sobre la nocividad del tabaco y, sin embargo, la gente sigue fumando ¿se puede hablar también de factores sociales que favorecen la persistencia del hábito de fumar?

Más allá del componente económico, es decir, de la presión hacia el consumo por parte de las empresas productoras, existen también factores sociales que juegan en contra del abandono del hábito de fumar. Indudablemente, uno es el hedonismo, el placer de fumar tras una buena comida, por ejemplo. Pero también hay otros elementos, por ejemplo el estrés, que es un factor que aunque tal vez no esté en el origen del hábito, provoca situaciones de presión psicológica que influyen en la cantidad de tabaco que se consume. Y no olvidemos que está demostrada una relación dosis-respuesta, es decir, que a mayor consumo, mayor probabilidad de daño. Por otra parte, sabemos también que la tasa de fumadores en la población masculina con menor nivel educativo es varias veces superior a la del colectivo de personas con estudios universitarios, lo cual apunta a que la información sobre el riesgo puede tener un diferente impacto entre diferentes grupos de población relacionado probablemente con factores culturales.

¿Es usted partidario de las prohibiciones?

Personalmente no soy prohibicionista por lo que respecta a los comportamientos individuales. Aquí, desde mi punto de vista, lo más importante es una buena información y un control decidido sobre la presión externa. Otra cosa diferente es si hablamos de riesgos ambientales, sean éstos de origen industrial o urbano, frente a los que la administración debería actuar radicalmente para proteger la salud de las personas. El riesgo impuesto crea una situación de indefensión en las personas y consecuentemente los poderes públicos deben controlar la situación y evitar que ese riesgo exista. Las políticas anti-tabaco comenzaron a tomar fuerza ante la evidencia del riesgo para el fumador pasivo. Esta es una gran diferencia, el derecho de una persona a fumar debe ser respetado pero está limitado absolutamente por el derecho del no-fumador a no verse expuesto al humo de tabaco. Ambas cosas pueden hacerse compatibles mediante la segregación de espacios.

¿En qué políticas se debería insistir más desde su punto de vista?

Debería pensarse en un conjunto de medidas estructurales: políticas restrictivas sobre la producción, control de los aditivos, reducción del contenido en nicotina, políticas fiscales orientadas el incremento del coste, políticas educativas, restricción de la publicidad... Es importante saber por qué la gente empieza a fumar, pero es también muy importante saber por qué una persona pasa a ser un gran fumador, qué factores de su entorno le empujan a ello, con el fin de actuar también sobre estos condicionantes. En general, hay que superar las estrategias de salud pública centradas en la actuación sobre los comportamientos individuales y reorientarlas hacia políticas sociales de control de las causas.

No será usted fumador?

No sólo no fumo sino que ni siquiera soy ex-fumador. No he fumado en toda mi vida.