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El día a día de la conciliación

Historias reales sobre los límites difusos entre tiempo familiar y laboral en la vida de seis mujeres trabajadoras
Sáb, 15/04/2006 - 12:19
J.A.M
Dossier

Está más o menos cuantificada la estimación del coste laboral de las tareas que realizan las amas de casa dedicadas a las tareas del hogar, pero son algo más insondables los datos relativos a las mujeres trabajadoras que, además de contribuir a los ingresos familiares, deben ocuparse en un grado diverso de las necesidades domésticas. Muchas veces se trata de una jornada laboral doble más o menos enmascarada, pero siempre de un plus de trabajo difícil de capturar por la estadística.

Sale de casa a las ocho de la mañana y no regresa hasta las seis de la tarde. Su marido sigue un horario parecido, aunque trabaja en una empresa. Ella se llama Nancy Inga, es ecuatoriana, de 27 años, tiene dos hijos de 9 y 11 años y hace seis que la familia reside en Valencia. Es empleada de hogar por horas. “Salgo de casa sobre las ocho, pero antes he preparado a los niños para ir al colegio y les he hecho la comida, que les dejo lista para que se la calienten”. Quisiera ver más a sus hijos, pero no puede porque “limpiar por horas es un trabajo de horario más o menos fijo pero muy obligado”. ¿Soluciones? “Busco un trabajo de media jornada para estar más con mis niños, pero es difícil porque lo pagan mal y no es seguro. Gano más por horas”. Un trabajo que se prolonga en su casa. “Cuando llegas, hay que estar con los niños, hacer la casa, preparar la cena, la comida de mañana…” ¿Está cansada? “No me quejo, es lo que hay. Pero si los niños caen enfermos…”. ¿Está cansada? “Yo es que si no trabajo, no cobro”.

Pese a la diferencia de rol social, ese testimonio es casi idéntico al de María José Báguena, profesora titular de la Universidad de Valencia, de 49 años, casada y con dos hijos: “La incorporación laboral tras el nacimiento de los hijos te obliga a hacer malabarismos para cuadrar los horarios, en un frágil equilibrio que cualquier problema escolar o de salud desmonta, y entonces hay que recurrir a permisos laborales no siempre bien vistos por la empresa o por algunos compañeros de trabajo”. Pero no es todo. “A veces -añade- al cuidado de los hijos se suma la atención a unos padres mayores, a los que hay que dedicar tiempo y ganas, lo que recae más frecuentemente sobre las hijas”. Resulta difícil separar el mundo laboral del familiar, ya que “los límites son imprecisos para las mujeres” y los problemas son interdependientes. Así que para María José “es complicado no cargar con cierto sentimiento de culpa por no rendir más y mejor, por no ser más ‘profesional’”. Una acusación que las mujeres reciben a menudo en distintos ambientes laborales.

Proyecto Realidad

Otras características con problemas similares tiene la experiencia laboral de Mila Moya, responsable de prensa de los teatros públicos valencianos. Casada, con dos hijos que ya van a la suya, pero también con una hija de seis años. Negoció con la empresa un acuerdo por el que obtuvo un permiso de ocho meses, y a partir de ahí dejó a la niña con su madre, que no andaba muy bien de salud, hasta que decidió llevarla a la guardería. El horario de Mila es algo enloquecido, ya que debe preparar ruedas de prensa, asistir a estrenos teatrales nocturnos, ensayos, etc. “Me las arreglo con una red familiar, mis padres, mi pareja cuando puede, mis hijos mayores, y otras complicidades de aluvión”. Pero vive un tanto al día su relación con su hija, en orden a su trabajo, ya que “muchas veces hago planes que no puedo cumplir, porque a las tres de la tarde veo que no podré recogerla o que puedo verla un momento para volver al trabajo y empalmar con la noche”. Es complicado, y lamenta que la niña “no pueda asistir a ninguna actividad extraescolar”. En todo caso, asegura que “por ahora se arregla gracias a los móviles y a la informática”, porque siempre está localizable para cualquier urgencia laboral, aunque eso tiene la desventaja de que “nunca desconectas del todo del trabajo”. Piensa que habría que valorar más el trabajo realizado que el lugar desde el que se desempeña. “Pero eso -sugiere- es difícil cuando está tan marcado por el hábito presencial”. Sus padres también están mayores y requieren de cierta atención.

Científica Titular del CSIC, María Luz López Terrada tiene 45 años y una hija de 15. No obtuvo ningún tipo de facilidad o ayuda cuando nació su hija, “dada la inexistencia de guarderías o similares” en la universidad valenciana. Tuvo el apoyo familiar, especialmente de su pareja, lo que le permitió “continuar con cierta normalidad mi vida profesional, tanto en los periodos más arduos de trabajo como para viajar por razones laborales”, si bien constata que “entre los compañeros varones de trabajo hubo una total incomprensión hacia los problemas derivados de criar a una niña pequeña”. Por lo demás, la disfunción entre horarios laborales y calendario escolar “complica de una manera extraordinaria las obligaciones diarias de la vida cotidiana” y fuerza una cierta desatención involuntaria hacia los hijos y la vida familiar. Y añade María Luz: “Por ejemplo, en estos momentos mi hija es adolescente. Desde que tenía 11 años come sola en casa, ya que no hay en los institutos públicos comedores escolares. El resultado es no ya prever qué va a comer, sino evitar en lo posible que a su edad se encuentre completamente sola todos los días cuando vuelve a casa del instituto”.

Algo más complejo es lo que expone Marta (nombre supuesto), administrativa de una empresa de tamaño medio que vive en Castellón y trabaja en Valencia, empleando tres horas diarias en desplazamientos. “Al volver de la baja maternal -explica- opté por una reducción de un tercio de mi jornada; así podía recoger a mi hija poco después de las seis de la tarde tras nueve horas de guardería”. El paso de la niña al colegio aumentó los problemas, y Marta ha reducido su jornada a la mitad, así que ocupa tanto tiempo en desplazamientos como en el trabajo. Como ella dice, se ha convertido “en una trabajadora invisible, tanto para mis compañeros como para mis jefes”, así que sus opciones de promoción son escasas. Pero no es todo. Se ha convertido también en un engorro para sus compañeras, ya que “la empresa no siempre considera necesario cubrir mi ausencia, y ellas se ven obligadas a realizar parte de mi trabajo”. Por lo demás, la reducción de salario coincide con un periodo de gastos considerables en las necesidades de su hija. Una solución sería un cambio de horario que le permitiera comenzar la jornada más temprano. “¿El problema? –concluye-. A los jefes les queda muy lejos el tema del horario escolar”.

Incluso en las profesiones que se dirían más privilegiadas cuecen habas. María (otro nombre supuesto) tiene 37 años y un hijo de cinco, es periodista desde los 21, y sus dificultades para conciliar vida laboral y familiar son grandes. “Mi trabajo tiene un horario complicado: jornada partida, desplazada hacia la noche, con horas libres a primera hora de la mañana (cuando mi hijo ya está en el colegio), y sujeto a cualquier emergencia”. Además, tiene guardia uno de cada tres fines de semana, por lo que apenas coincide con las horas libres de su hijo. Ha pensado más de una vez en acogerse a posibles medidas de conciliación, pero dada la índole de su trabajo no puede solicitar reducción de jornada, ya que es imposible “cubrir una rueda de prensa por la mañana y desaparecer por la tarde, cuando tengo que escribirla. El único turno opcional al general es el de cierre, pero de poco me serviría trabajar de cinco de la tarde a doce de la noche: tampoco vería a mi hijo”. Una solución podría ser “que la empresa cambiara ciertas rutinas laborales, como evitar en lo posible desplazar el trabajo hacia la noche o permitirme reducir el número de fines de semana”. Piensa en otras posibilidades que beneficiarían tanto a las ‘madres periodistas’ como a los ‘padres periodistas’, sin olvidar que “los colegios también podrían introducir una cierta flexibilidad para hacerlos compatibles con los padres y madres trabajadores”. María echa mucho de menos a su hijo, agradece a su pareja y a otras personas su colaboración, sin las que todo le resultaría más difícil, y siente que, en el fondo “no tengo derecho a quejarme: disfruto de un trabajo que me gusta, de una pareja que me ayuda, de un contrato estable y de un estatus económico suficiente para mis necesidades; pero, claro, no todo el mundo tiene esa suerte”, concluye.