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De la medicina del trabajo a las especialidades preventivas. Luces y sombras

Jue, 15/10/2015 - 12:20
MARÍA J. LÓPEZ JACOB
Dossier

El mero anuncio de la publicación de la Ley de Prevención de Riesgos Laborales supuso, hace 20 años, que se abrieran enormes expectativas en torno a los cambios que se veían necesarios en la práctica profesional, tanto de la medicina del trabajo, entonces medicina de empresa, como del resto de las especialidades preventivas que vieron la luz con la ley.

Bajo la premisa de un nuevo enfoque centrado en la prevención de los daños a la salud, en contraposición a la estrategia reactiva previamente reinante, el conjunto de las profesiones preventivas (medicina del trabajo, ergonomía, psicosociología, higiene y seguridad), los nuevos especialistas estaban llamados a aportar, en un marco de entendimiento mutuo y trabajo cooperativo –la llamada multidisciplinariedad–, la información y el consejo necesario a los empresarios y trabajadores para mejorar las condiciones de trabajo, de forma que no dañaran la salud de los trabajadores y trabajadoras. Esta forma de actuar debía integrarse en la cotidianeidad de la empresa, en sus estructuras y prácticas de gestión y de trabajo.

Las diversas modificaciones que se han producido en el plan formativo de la medicina del trabajo –en 1996 se publicó un nuevo programa de la especialidad, y esta pasó en 2006 a formar parte del sistema MIR– incluyeron unas fórmulas de rotación de los médicos en formación por los servicios sanitarios de las mutuas fundamentalmente –importantes financiadoras de esta especialidad–, aunque también por los servicios de prevención de hospitales y algunas grandes empresas. Poco trasciende al público interesado sobre las prácticas profesionales y los modelos de trabajo que se promueven en estas instituciones y que conforman el entrenamiento de estos sanitarios. No se ha realizado ningún estudio en profundidad que valore de manera crítica la calidad de estas enseñanzas, y en qué medida se promueve el cumplimiento de los estándares éticos y científicos exigibles a la profesión.

En todo caso, la práctica de la medicina del trabajo adolece de importantes problemas, visto no solo desde el punto de vista de los trabajadores, como planteamos en el dossier de pEx del número 68, sino también de los propios profesionales, en especial de los que trabajan en los servicios de prevención ajenos. En un reciente artículo se publican los preocupantes resultados de una encuesta realizada a médicos del trabajo: una mayoría opina que el sistema de vigilancia de la salud no sirve para los fines que se prevén en la norma; siguen siendo demasiado rutinarios, no mejoran el sistema de prevención y no detectan precozmente daños relacionados con el trabajo. Un porcentaje muy elevado, que llega al 88% entre los médicos de los servicios de prevención ajenos, opina que se encuentran sobrecualificados para las tareas que finalmente desarrollan.

La falta de calidad de las actuaciones preventivas, que algunos tachan de mediocre, es dependiente también de la situación y antecedentes del resto de las especialidades preventivas. La oferta formativa para estas explosionó tras la publicación de la Ley de Prevención de Riesgos Laborales y los diferentes y desiguales procesos de acreditación de las entidades formativas dibujaron una oferta que, con honrosas excepciones, se puede calificar como de escasa calidad. Sin embargo, este es solo un componente más entre los condicionantes de los problemas de calidad que basculan sobre todo del modelo asumido mayoritariamente, y persistentemente, en las empresas, que hace descansar la actividad preventiva en las entidades que contratan para ello al menor precio posible. Es el fracaso de la integración de la prevención, la persistencia del llamado “efecto sidecar”. Las actividades preventivas (formación, evaluación de riesgos, vigilancia de la salud, etc.) permanecen en compartimentos estancos, lejos de colaborar en un objetivo común; así el trabajo de los profesionales de la prevención, orientado sobre todo a documentar el cumplimiento formal de la norma, pierde su sentido.