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A favor de la reforma...empresarial

Dom, 15/04/2012 - 12:20
Contra

Un sistema que produce paro en vez de bienestar es un sistema productivo que no funciona bien. No parece que haya duda al respecto. Tampoco parece razonable mantener un sistema cuando se demuestra que no funciona. Conclusión, habrá que reformarlo. Hasta aquí lógica aristotélica impecable: si A es igual a B y B es igual a C, A es igual a C.

Siguiente paso según la ciencia del pensar: descubrir qué es lo que no funciona para saber así qué es lo que hay que reformar. En esto lo elemental es distinguir entre causa y efecto. Saber si no hay efecto sin causa, que la causa es lo que ocurre antes y el efecto lo que viene después. Con claridad meridiana, sin falsos dilemas del huevo o la gallina.

Volviendo al sistema, la respuesta a la pregunta de qué es lo que no ha funcionado, más parece apuntar al capital que al factor trabajo. La mala gestión del capital ha sido el origen de todo y la destrucción de empleo, la consecuencia. El antes y el después.

Todo va encajando. Sin embargo, inesperadamente y como quien no quiere la cosa, alguien convierte a Aristóteles en un vulgar prestidigitador y, en vez de la conclusión esperable - hay que reformar el mercado del capital -, saca de la chistera la reforma del mercado de trabajo (sic.). La magia contra la lógica: ahora resulta que el problema está en las consecuencias y no en las causas. Desaparece, así, toda propuesta de reforma democratizadora del sistema productivo, ni palabra de cómo conseguir una gestión empresarial más justa, honesta y transparente, nada de contrapesos a la codicia, la corrupción o la arbitrariedad del capital.

Con esto nos alejamos de otras lógicas más lógicas. En Finlandia, en vez de abaratar el despido, acaban de reformar la legislación para potenciar la permanencia en el empleo y aumentar la protección de los trabajadores. Otras reformas son posibles. La necesidad de una reforma empresarial puede tener, incluso, base científica. Un reciente estudio de revisión de casi 200 artículos muestra como la mayoría de los procesos de racionalicación productiva tiene un impacto negativo en la salud, salvo cuando dichos procesos se basan en una gestión empresarial democrática y justa mediante el diálogo y la participación.

Ataquemos, pues, la raiz del problema y apostemos radicalmente por una profunda reforma empresarial. No sólo por lógica. También por ética. Porque, además, supone tratar a las personas como un fin, no como un medio.