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Esperanza de vida y trabajo

Lun, 15/07/2013 - 12:20
Contra

Vuelve a aparecer en la agenda política la (re) reforma del sistema de pensiones y, de nuevo, nos intoxican con las consecuencias que para el sistema provoca la evolución demográfica y la esperanza de vida. De poco sirve recordar que el indicador de la esperanza de vida tiene una lectura más compleja de la que realizan los tertulianos. Al final queda grabado en el imaginario colectivo que vivimos más, que nuestros trabajos tienen mejores condiciones, y que por ello tenemos que trabajar más. Esa línea de razonamiento lógico, sin embargo, tiene muchos eslabones sueltos.

La primera pregunta que deberíamos plantearnos es si la "esperanza de vida" es sinónimo de la "esperanza de vida laboral activa". Es cierto que, por suerte, ha bajado la tasa de mortalidad entre la población de menor edad (principal factor de aumento de la esperanza de vida); sin embargo, la esperanza de vida saludable (libre de discapacidad), que es la que realmente está ligada a la vida laboral activa, presenta otra dinámica bien distinta.

En los últimos datos de Eurostat, el HLY (Healthy Life Years), uno de los indicadores que nos muestra la esperanza de vida saludable, y que calcula cuántos años vivimos sin discapacidad después de los 65, ha descendido en España tanto para los hombres como para las mujeres: si en 2007, el HLY para una mujer española era de 10,1 años, en 2010 era de 8,9. Con los hombres el descenso es menor, pero sigue la misma tendencia: en 2007 el HLY era de 10,4 años y en 2010 era de 9,6.

La segunda pregunta sería si es cierto que existen mejores condiciones laborales y, sobre todo, si pueden ser generalizadas para toda la población. Los datos al respecto no parecen ratificar este hecho. La esperanza de vida (aún menos la esperanza de vida saludable) no es homogénea por clase social. Más bien al contrario, la clase trabajadora que tiene ocupaciones manuales menos cualificadas, presenta una esperanza de vida menor que las clases sociales con ocupaciones no manuales más cualificadas. Por eso, por desgracia, se muere antes, como media, en un barrio obrero que en un barrio de alta burguesía. Algunos estudios señalan hasta diez años de diferencia en cuanto a la esperanza de vida entre clases sociales.

La precarización del empleo que ha sufrido nuestro mercado de trabajo, con menores salarios, mayor jornada, mayor carga de trabajo, más riesgo de accidentes de trabajo, etc., apunta a una agudización de estas diferencias. La mayor parte de los trabajadores y trabajadoras sigue soportando riesgos para su salud en sus puestos de trabajo. Riesgos que provocan un aumento de las enfermedades cardiovasculares, de cáncer de origen laboral, de lesiones musculoesqueléticas, etc. Estas condiciones laborales no solo sitúan su esperanza de vida por debajo de la esperanza de vida de otras clases sociales, sino que también limitan de forma importante la esperanza de vida libre de discapacidad.

Sin reflexionar sobre estos conceptos podemos cometer graves errores de política social y económica. En términos demográficos, cuando se habla de salud y de esperanza de vida, es esencial analizar las entrañas que componen el dato estadístico general, para evitar la desigualdad y la injusticia social.