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Cuando la tecnología produce monstruos

Vie, 15/07/2016 - 12:20
Contra

Como señalaba Rifkin en uno de sus best sellers, el fin del trabajo ha sido una de las utopías repetidas a lo largo del último siglo. Parecía la lógica consecuencia de ese venerado desarrollo científico-técnico que nos invade. Convertiríamos el efecto negativo, en términos de desempleo, de la sustitución del trabajo humano por la máquina, contra el cual luchaban los movimientos luditas del siglo XIX, en una maravillosa posibilidad que nos redimiera por fin del esfuerzo físico. Sin embargo, como siempre, lo definitivo no es el invento tecnológico sino su uso, el para qué y el cómo se va a utilizar esa nueva tecnología.

He aquí que la ciencia ha investigado en los últimos años algunas posibilidades tecnológicas, dentro del campo de la robótica, para dar soporte a aquellas personas que tienen algún problema de movilidad reducida. Se ha desarrollado así todo un campo maravilloso, el de los exoesqueletos, que nacen con un objetivo sublime, el de ofrecer la movilidad a aquellas personas que por distintos problemas de salud la han perdido o la tienen limitada.

Sin embargo, por desgracia, parece ser que los usos de los exoesqueletos no se van a aplicar solo al campo de la salud. A alguna mente perversa se le ha ocurrido que los exoesqueletos pueden servir para otras cosas, como por ejemplo aumentar la fuerza de los trabajadores y trabajadoras y así aumentar la productividad y, por supuesto, los beneficios de las empresas y sus accionistas, piedra angular del desarrollo capitalista.

El exoesqueleto, bajo esta lógica, se convierte, a modo de traje, en una máquina que increment ará la fuerza de los trabajadores y su resistencia. Metidos dentro de estos “trajes-armadura” el envejecimiento de la población no será sinónimo de retiro laboral. Más tiempo trabajando, menos jubilados, menos pensiones, menos déficit público, más beneficio privado. No en vano estas innovaciones en el uso del exoesqueleto se están llevando a cabo en Japón, uno de los países con mayor porcentaje de población en edad avanzada.

Con estos trajes de músculos, además, se pueden aumentar los ritmos de producción o alargar e intensificar las jornadas. Y por si faltara algo, se nos venden también como innovación en prevención de riesgos laborales, ya que podrían incluso evitar, se nos dice, algunas lesiones musculoesqueléticas, fruto de unos esfuerzos, posturas o movimientos repetitivos, que son consecuencia, precisamente, de formas de trabajo poco saludables. Se rompe así la máxima ergonómica de adaptar el puesto de trabajo a la persona por su contrario, adaptar la persona al trabajo. Al final, todo parece indicar, si no lo remediamos, que la innovación tecnológica más que caminar hacia un mundo sin trabajo, con derecho al ocio y al descanso, nos precipita a un mundo donde la máquina no nos sustituye del todo sino, más bien al contrario, nos integra en sus mecanismos, convirtiéndonos en un engranaje más de una fábrica de generación de plusvalía y desigualdad.