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La salud de los pescadores

Mié, 15/07/1998 - 12:19
GABRIEL MORENO
Condiciones de trabajo

Condiciones de trabajo

Son hombres sin identidad. Están deseando volver a tierra para estar con los suyos pero cuando desembarcan tampoco se encuentran. Esta enajenación de la persona convertida en mero objeto es la negación absoluta de la salud.

Los pescadores trabajan en el mismo lugar donde viven. Su actividad está supeditada a la seguridad del barco y a conseguir el máximo de capturas. Están deseando volver a tierra pero cuando desembarcan se sienten extraños. Con salarios insuficientes, subordinados al mar, al patrón y al barco, viven la experiencia de la propia enajenación.

En 1979, Jan Morris en su libro "Presencia de España" escribía: "no hay experiencia más desconsoladora que pasar la mañana con una cuadrilla de pescadores de sardinas, en un día en que se da mal la pesca; trabajan como esclavos adentrándose en el agua con las enormes redes, arrastrándolas luego con gran esfuerzo, centímetro a centímetro, hora tras hora, sobre la arena: tantas cosas dependen de esa captura, se ha derrochado tanto trabajo y tanto humor, tan atentos son estos hombres entre sí, hay tantos niños con hambre que esperan en casa, que cuando aparece finalmente, una docena de pescaditos prendidos de la red, parece descender sobre la playa un sentimiento de resignación desesperanzada y los pescadores, recogiendo cuidadosamente su aparejo, se separan, dirigiéndose a sus casas en silencio, agotados".

En 1993, un sindicalista de CC.OO, me decía: "tenemos que hacer algo por los pescadores. Los veo dormir en la playa o encima de las redes en el barco, sin apenas comer más que un bocadillo. Y se pasan una semana sin volver a casa".

En 1997 terminamos un trabajo de investigación, financiado por la Unión Europea y la Secretaría General de Pesca, sobre las condiciones de vida y de trabajo de los pescadores. Hemos hablado con ellos durante largas horas. Nos han contado pequeñas historias llenas de grandeza. Nos han relatado sus accidentes y lo que ese suceso ha supuesto para sus vidas y las de sus familias. Uno de los médicos que hizo los reconocimientos había quedado tan impresionado que nos incitaba a continuar y publicar este trabajo "para que el mundo sepa cómo viven y cómo enferman los pescadores, por lo menos hagamos esto por ellos".

Los pescadores trabajan en el mismo lugar donde viven. Ni siquiera en las horas de reposo pueden desconectar y descansar tranquilos: el movimiento del barco, el estado del mar, el ruido, la ropa mojada, el frío o el calor. El hacinamiento: cuatro o seis por camarote, donde cada uno dispone de un espacio equivalente a un ataúd. Así hasta ciento ochenta días, conviviendo con las mismas personas.

Dieciséis-veinte horas de trabajo diarias, sin descanso y sin comer porque no pueden dejar escapar el pescado, aguantando a base de café y alcohol calientes para mantenerse en medio de tanta humedad. Fatiga crónica por exceso de trabajo y falta de descanso reparador. Envejecimiento prematuro: "a los cincuenta años ya no vales para nada". La seguridad: está basada en la destreza y agilidad del pescador.

Toda la actividad está supeditada a la seguridad del barco y a conseguir el máximo pescado. Todo lo demás gira en torno a esto. El predominio del capital sobre el trabajo es absoluto. Y el patrón se encarga de recordarlo permanentemente con sus órdenes y formas de mandar. Este sometimiento del individuo y la indefensión en que se encuentra (cualquier exigencia es considerada como rebelión y, por tanto, castigada), crea en el pescador una conciencia fatalista y resignada. El pescador en el barco no es nadie. Es fuerza muscular, sometido a un armador que quiere un barco lleno de pescado y a un capataz que es el representante del armador en el mar. Su subordinación al mar, al patrón y al barco lo anulan como sujeto. Son hombres sin identidad. Están deseando volver a tierra para estar con los suyos pero cuando desembarcan tampoco se encuentran. Son extraños entre los suyos -"no conocemos ni a la mujer"- y la sociedad tampoco los considera. Son extraños, marginales y marginados. A los pocos días están deseando embarcar de nuevo. En el mar al menos se considera su trabajo. Algo de ellos tiene valor. Esta enajenación de la persona convertida en mero objeto es la negación absoluta de la salud.

Sus conversaciones siempre giran sobre la economía. Reciben un salario a la parte. Nunca es el mismo. Unos meses con otros pueden llegar a cobrar en torno a las ochenta-noventa mil pesetas. No es infrecuente que algunos pescadores terminen la marea debiendo dinero al armador. Esta es su gran tragedia y su primera preocupación. Sin dinero no saldrán jamás de este agujero. Su vida deja de pertenecerles para cederla al objeto exclusivo de su trabajo, la pesca.

¿La salud de los pescadores? Es una pregunta sin sentido. Primero tener un salario que les permita vivir como condición previa para recuperar su Yo, su identidad.

Gabriel Moreno
Responsable de Salud Laboral
Federación de Comunicación y Transporte (CC.OO.)