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Café para todos

Jue, 15/07/2004 - 12:20

Café para todos

Parece una consigna de lo más igualitaria. Si se hiciera realidad aquel 'ójala que llueva café' no habría mucho problema para universalizar el derecho al café por encima de barreras económicas, de sexo, edad, raza o religión.

Pero la realidad, ay, no es la de la canción de Juan Luis Guerra. El café no llueve del cielo. Tampoco el reconocimiento de los derechos de la gente. Sobre todo en un mundo donde el café-copa-y-puro siempre han sido cosa de hombres.

En el Consejo General del Poder Judicial se han puesto pegas a la ley que prepara el Gobierno contra la violencia de género porque, dicen, la norma no se aplica a los hombres y eso va contra el principio de igualdad constitucional. No importa que el 90,2% de las más de 66.000 víctimas de los malos tratos en 2004 hayan sido mujeres. El argumento de fondo es que las medidas de discriminación positiva a favor de los más desiguales crean agravios en aquellos que nunca estuvieron discriminados. O sea, café para todos.

Desde la Asociación de Mujeres Juristas han contrargumentado con contundencia: 'Tratar de manera desigual la desigualdad no vulnera el principio de igualdad sino al revés'

El trabajo, especialmente en algunos sectores industriales o de la construcción, tampoco es neutro desde el punto de vista de género. No es suficiente con proclamar nominalmente la igualdad de oportunidades en el acceso al trabajo. El patrón masculino de organización del trabajo se encargará de expulsar 'de forma natural' a las mujeres. Unas no llegarán ni a acceder porque no superarán las pruebas de selección pensadas para un colectivo de hombres que en promedio tienen entre un 20 y un 30% más de fuerza física que las mujeres. Otras tendrán que abandonar el trabajo por incompatibilidad con las tareas domésticas y de atención familiar. Las que se queden tendrán que sufrir una organización del trabajo que no prevé que nadie tenga la regla o la menopausia. Y en general deberán pelear constantemente contra diseños de tareas, dimensiones de puestos e, incluso, tallas de equipos de protección pensados exclusivamente para hombres.

Limitarse a formular el principio de que todo el mundo puede acceder a todos los trabajos no es sino esconder y perpetuar la discriminación laboral de las mujeres. Café para todos, sí, por supuesto. Pero aplicando aquella vieja máxima de 'a cada cual según sus necesidades cafeteras'. Y no se olviden, a la larga la discriminación positiva tiene un efecto beneficioso universal.