Gobierno de españa - ministerio de trabajo migraciones y seguridad socail

Apología

Jue, 15/07/1999 - 12:19


En pleno desconcierto ideológico entre noticias de bombardeos y genocidios contra seres humanos (y contra el propio sentido de humanidad), deportaciones y reportaciones a toque de corneta, maquinaciones interesadas que se pretenden de paz, en ese fragor, hemos sido objeto de un ataque por sorpresa a través de las ondas hertzianas en forma de cuña radiofónica (¿o era una mina?), cuya explosión en nuestras propias narices arroja una conversación más o menos de este tenor:

­Pepe, ¿qué pasa en tu empresa? ¿todos los trabajadores llevan walkman?

­No, hombre, son protectores auriculares. Es que he asistido a un curso de prevencionista y ahora soy el encargado de seguridad.

Un simple anuncio publicitario aparentemente inocente. Tras el diálogo, una voz en off recomienda un curso de prevención de riesgos laborales impartido por una conocida academia de las muchas que, al olfato del negocio fácil, han proliferado como setas en los últimos tiempos. Pero hay setas venenosas. Y cursos que, al margen de estafas económicas (que también las hay), son pura intoxicación ideológica. Basura.


¿Dónde queda el principio de evitar todos los riesgos posibles? ¿y aquél otro de controlar el riesgo en origen? ¿o el de dar prioridad a la protección colectiva frente a la individual? Porque todo esto son obligaciones empresariales claramente formuladas en la Ley de Prevención de Riesgos Laborales, ¿o no?. ¿Y qué hay de la famosa 'cultura de la prevención'? ¿Es coherente responsabilizar al trabajador de su propia protección cuando no es él quien decide sobre el riesgo? ¿es eficaz? ¿es justo?. ¿Qué hace mientras tanto el empresario?

No es ésta la formación que necesitamos para promover la prevención. Ni siquiera es la que se adecua a los contenidos y a la orientación de la ley. Sin embargo ahí están. Impunemente. Tergiversando y manipulando mentalidades de quienes después organizarán la actividad preventiva (?) en las empresas. Adulterando los principios preventivos.

Tal vez las autoridades públicas deberían ser más celosas. No sólo en controlar la calidad de la formación sino también en proteger de la deformación. Al fin y al cabo, la ostentación pública de actividades contrarias a la legalidad suele ser perseguida por la fiscalía general del Estado.