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Llueve sobre mojado: mujeres en trabajos invisibilizados durante la pandemia

Mié, 24/02/2021 - 12:36
CLARA LLORENS Y MONTSE LÓPEZ
Dossier

ISTAS-CCOO y el grupo POWAH-UAB llevamos a cabo un estudio sobre las condiciones de trabajo y la salud de la población asalariada en España durante la primera fase de la pandemia. Utilizamos una encuesta en línea que contestaron el pasado mes de mayo 20.328 trabajadores y trabajadoras, el 57,8% mujeres. Con motivo del 8 de marzo queremos volver a poner sobre la mesa algunos de sus resultados, poniendo el foco en los trabajos más invisibilizados de la primera línea durante la pandemia.

mujer con paraguas roto

El COVID19 ha vuelto a visualizar unas prácticas de gestión laboral que ponen en riesgo la salud de la población asalariada, más frecuentemente la de las personas empleadas en los trabajos de cuidados menos valorados y ampliamente feminizados: limpiadoras, gerocultoras, auxiliares de enfermería, vendedoras de productos de primera necesidad, trabajadoras de ayuda a domicilioy trabajadoras del hogar, evidenciando las desigualdades estructurales de clase y género y la falta de prevención de riesgos laborales.

Altas exigencias y bajo control: un coctel explosivo

Según los datos de la encuesta COTS, las trabajadoras en estos puestos de trabajo han estado más expuestas que la población asalariada en general a los riesgos psicosociales para los que más evidencia científica tenemos de efectos negativos para la salud. El 63,7% de trabajadores y trabajadoras empleadas en tiendas o supermercados de alimentación y/o productos básicos, el 62,9% de empleadas en el puesto de auxiliar de geriatría, el 58,7% de las asalariadas en la limpieza y el 56,5% de las auxiliares de enfermería han trabajado durante la pandemia en condiciones dealta tensión. En salud laboral llamamos trabajar a alta tensión cuando las exigencias en el trabajo son altas, es decir, tenemos más trabajo del que podemos hacer en el tiempo asignado y a la vez, tenemos un bajo control, es decir, poca influencia en la toma de decisiones sobre nuestro trabajo y pocas posibilidades de aplicar nuestras habilidades y conocimientos cuando lo realizamos. Es importante porque desde finales de los años 70 del siglo pasado, se han realizado múltiples investigaciones en todo el mundo que demuestran de manera fehaciente que, si trabajas a alta tensiónla cardiopatía coronaria es un 34% más frecuente, el infarto cerebral un 24% más frecuente y padecer ansiedad y depresión es un 82% más frecuente. Se trata entonces de un grave problema de salud laboral y de salud pública, sobre el que no se ha intervenido, que sufren especialmente las mujeres trabajadoras en los puestos de cuidado menos valorados.

Las prácticas de gestión: el origen de las exposiciones

Pero este problema de salud laboral del que hablamos, trabajar en condiciones de alta tensión, no es consustancial a estos trabajos, no tiene que ver con el trabajo que haces, sino con cómo te obligan a hacerlo. No es que el puesto de trabajo de limpiadora, gerocultora o vendedora de productos de primera necesidad, exponga a altas exigencias y bajo control por su naturaleza, sino que ello depende de cómo se organiza y durante la pandemia ha llovido sobre mojado: la precarización de las condiciones de trabajo de estos colectivos feminizados ya era una realidad y la pandemia ha agravado la situación. Lo que provoca la exposición nociva al riesgo de bajo control es una organización del trabajo arcaica, autoritaria, taylorista y poco participativa, cuatro características que definen los métodos de trabajo que se aplican en estos puestos ocupados mayoritariamente por mujeres. El aumento de la exposición nociva a las exigencias cuantitativas del trabajo tiene que ver por un lado, con las plantillas más que ajustadas en estos puestos, infradotados de personal y a antes de la pandemia y que, pese al aumento de trabajo en la primera línea derivado de la pandemia, no han visto incrementos de personal o estos han sido insuficientes. A ello se le suma la nefasta planificación del trabajo en términos de cantidad, calidad y tiempo y las carencias en las tecnologías y procesos. El caso de la geriatría es un buen ejemplo de que llueve sobre mojado: llevan años exigiendo aumentar las plantillas y cambiar una organización del trabajo que ha estandarizado el desempeño del cuidado en rutas, que supone tratar a las personas mayores como si éstas fueran tornillos. Las empresas y la administración llevan años sin hacerles caso.

El origen de estas exposiciones, que provocan importantes daños a la salud entre las trabajadoras en estos empleos invisibles, son las prácticas empresariales de gestión laboral pre-existentes a la pandemia, determinantes de estos problemas de salud que la pandemia ha agravado. Así, la prevención de riesgos laborales psicosociales, que son los originados por estas prácticas empresariales, ha brillado y sigue brillando por su ausencia en estos trabajos.

Es una pandemia que interactúa en una sinergia perversa con las condiciones sociales previas: unas condiciones de trabajo que son desiguales porque es desigual la gestión laboral, porque los trabajos de cuidados no se valoran y por eso en estos trabajos se aplican las prácticas de gestión laboral más precarizadoras y por tanto más desfavorables para la salud. Aunque sean trabajos esenciales, no se invierten los recursos imprescindibles. Estos trabajos forman parte del sector privado, son sectores intensivos en mano de obra, en los que grandes grupos empresariales sacan beneficios a costa de la salud de las trabajadoras.

La salud de las mujeres invisibilizadas

Esta infravaloración de los trabajos feminizados es uno de los determinantes de la falta y/o inadecuada intervención sobre los riesgos en las ocupaciones feminizadas, máxime en los cuidados. Una de las consecuencias más importantes es la invisibilización de los daños a la salud que sufren estas trabajadoras. Pero estos daños se visibilizan cuando las trabajadoras tienen ocasión de hablar. Y eso han hecho las trabajadoras que han cumplimentado la encuesta COTS.

El estado de salud general ha empeorado en toda la población trabajadora, pero este deterioro es más frecuente entre las mujeres que entre los hombres (41,6% frente a 31,9%) y ha sido mayor entre las auxiliares de enfermería (51,8%), las gerocultoras (46,6%), las enfermeras (45,8%) y las vendedoras en tiendas de alimentación, supermercados y afines (44,5%).

Entre quienes presentan un alto riesgo de padecer problemas de salud mental, que afectan al bienestar emocional, psicológico y social de las personas, también se encuentran las mujeres, sobre todo las que están en primera línea: las gerocultoras (73%), las auxiliares de enfermería (71,5%), las trabajadoras de tiendas de alimentación y productos básicos, mercados y supermercados (68,3%) y limpiadoras (66,9%), son las ocupaciones más afectadas.

Las alteraciones del patrón de descanso son una forma de respuesta normal ante las condiciones de trabajo mencionadas anteriormente. Los problemas  de sueño son más frecuentes entre las mujeres.  Las gerocultoras (56,6%), las auxiliares de enfermería (55,2%) y las limpiadoras (52,4%) son quienes con más frecuencia declaran sufrir problemas de sueño.

Según las epidemiólogas que estudian la salud de las mujeres las tareas de los cuidados amenazan la salud de quien las practica, tanto por el trabajo físico como por el emocional. Cuidar criaturas es ya una sobrecarga, pero el cuidado de personas mayores, y más si están enfermas o demenciadas, descompone el equilibrio vital y es una de las primeras causas de desencadenamiento del dolor crónico en las mujeres. Cómo seguir adelante: el consumo de fármacos

España es el primer país del mundo recetando psicofármacos en atención primaria, principalmente a mujeres, la mayoría de las veces sin un diagnóstico previo y/o erróneo y con dosis más elevadas que a los hombres, cuando deberían ser inferiores (el mayor contenido de grasa corporal en la mujer conlleva, en general, un mayor volumen de distribución de medicamentos que penetran más en las grasas).

¿Qué salida queda ante una salud afectada por unas condiciones de trabajo precarias, empeoradas con la pandemia, pero en las que es necesario seguir en primera línea de respuesta? Los resultados de la encuesta COTS muestran que el incremento del consumo de analgésicos opioides entre las trabajadoras de estas ocupaciones se ha casi duplicado en todos los casos: las gerocultoras (34,1%), las limpiadoras (33,4%), las vendedoras en tiendas de alimentación y/o productos básicos, mercados o supermercados (28,9%) y las auxiliares de enfermería (28,7%) son las ocupaciones que muestran un mayor consumo durante la pandemia, muy por encima de la cifra global. Además, el consumo de tranquilizantes o sedantesse duplicó en el caso de limpiadoras (del 16,7% pre-pandemia al 34,7% durante la pandemia). En cualquier caso, el consumo de analgésicosopiodes y de tranquilizantes ha sido mayor en mujeres que en hombres durante la pandemia. Según el Observatorio Nacional de la Droga (2015) el perfil de persona consumidora problemática de hipnosedantes (tranquilizantes, ansiolíticos, somníferos, relajantes musculares) es el de una mujer trabajadora, que ha sido diagnosticada en algún momento de su vida de ansiedad, depresión y/o insomnioy que convive con familiares a su cargo.

Los perfiles más invisibilizados

Si pensamos que aquí se acaba lo peor, estamos equivocadas. Especial atención requieren las trabajadoras de ayuda a domicilio y las trabajadoras del hogar. Trabajar en tiempos de pandemia sin información, sin recursos, sin protección y además sin poder atender a su familia tendrá sus consecuencias. Además,  sin un marco legal que las ampare en igualdad de derechos con el resto de la población trabajadora.

Los cuidados comprenden las tareas cotidianas de gestión y atención a las personas, en los que se incluye el mantenimiento de los espacios, de los bienes domésticos, el cuidado de los cuerpos, la educación o la formación de las personas, el mantenimiento de las relaciones sociales o el apoyo afectivo y psicológico. Hay que poner en valor todos estos trabajos, los recursos necesarios, así como todas las habilidades y conocimientos profesionales que se necesitan para desarrollarlos.

En definitiva una mayor desigualdad

Con la pandemia, han aumentado, todavía más, la brecha entre mujeres y hombres en relación con su estado de salud, los problemas de sueño y el consumo de fármacos. Las claves explicativas podrían estar en la mayor precarización de las condiciones de trabajo de las mujeres, sobretodo las de la primera línea y en la desigual distribución de los trabajos de cuidados, dentro y fuera del mercado laboral. Cuando las mujeres pueden hablar relacionan su cansancio general, las dificultades para dormir, el dolor de cabeza y los dolores en general con sus trabajos, dentro y fuera, con la alta carga de trabajo, su inseguridad económica y su responsabilidad en el cuidado de sus familiares.

Todavía no conocemos bastante los mecanismos de la pandemia y actuamos asumiendo las incertidumbres, pero lo que es inadmisible socialmente es que no se haga nada ante riesgos conocidos, que la acción preventiva ante los riesgos psicosociales sea inexistente más allá de la evaluación, multiplicando así las desigualdades y los problemas de salud de las mujeres en situación más precaria.