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"En las casas pasan cosas horribles"

Un estudio de la Universitat de Barcelona pone palabras al acoso sexual de las trabajadoras del hogar
Mié, 31/07/2019 - 13:40
BERTA CHULVI
Dossier

La expresión que da título a este artículo es de Amina, el nombre ficticio de una de las participantes en el estudio que Sílvia Bofill Poch, profesora de Antropología Social de la Universitat de Barcelona y Norma Véliz Torresano, miembro de la asociación “Mujeres pa´lante”, acaban de publicar con el financiamiento de la Fundació Josep Irla. El estudio ganó la Beca de Estudios feministas Natividad Yarza y se trata de un documento que visibiliza las situaciones de acoso sexual que padecen trabajadoras del hogar migrantes. Una investigación que evidencia que no son casos aislados: estamos frente a una violencia machista estructural y silenciada en el mercado de trabajo más desregularizado y precario que existe, el trabajo en el hogar.

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CCOO- Cataluña ha empezado a intervenir, de la mano del Centro de Información para Trabajadores Extranjeros (CITE) y, de hecho, acompañó a Amina en la presentación de una denuncia: esta mujer de origen marroquí ha aguantado durante 7 años los abusos sexuales del marido de la mujer enferma de Alzhéimer a la que cuidaba. Lo aguantaba para poder mantener a sus hijos hasta que ya no pudo más, cogió una baja y fue despedida y desalojada de la casa de malas maneras. El testimonio que se relata en el estudio es aterrador.

El de Amina es un caso entre cientos. Las secretarias de Igualdad de las Federaciones territoriales de Construcción y servicios de CCOO confirman que a poco que consiguen la confianza de las mujeres migrantes que trabajan como internas, los casos de acoso sexual afloran uno tras otro. Así lo ha expresado Ana María Rojas Pazo, secretaria de Políticas de Igualdad de CCOO-Catalunya, y su homóloga en el País Valenciano,  María Jesús Antón. Todas manifiestan que el problema del acoso sexual entre las trabajadoras del hogar es grave y está muy extendido. 

Algunas asociaciones de mujeres ya habían puesto cifras a esta violencia silenciada:  en un estudio realizado en 2014, “Mujeres con Voz y Sortzen en Euskadi”,  señalaron que el 22% de las mujeres migrantes que trabajan en el hogar han sufrido acoso sexual. Por otro lado, un estudio realizado en Madrid, en 2017  por la Asociación de Investigación y Especialización sobre Temas Latinoamericanos (AIETI), Servicio Doméstico Activo (SEDOAC) y Amalgama constata que el 24% de las mujeres migrantes trabajadoras del hogar que entrevistaron habían sufrido acoso sexual.

Ahora lo han explicado en profundidad Sílvia Bofill y Norma Véliz encuestando a 80 mujeres y relatando con detalle el caso de 12 de ellas.  Su trabajo transmite con contundencia la experiencia vivida del acoso y los efectos que ha tenido sobre la vida laboral y personal de las trabajadoras. De las 80 mujeres encuestadas, el 41% afirma haber sido objeto de groserías -insinuaciones, proposiciones o comentarios de carácter sexual; 28% haber sido objeto de tocamientos o de acercamientos excesivos, el 10% haber recibido demandas de relaciones sexuales, bajo presión o no; y el 10% afirma que han abusado sexualmente de ellas.

Como el caso de Amina, está el de Magdalena. Magdalena vino de Guatemala huyendo de la violencia y encontró trabajo cuidando a un matrimonio mayor en Barcelona. Trabajaba seis horas diarias de lunes a sábado, sin contrato; le pagaban 550€ al mes. La señora casi no podía moverse; estaba en una silla de ruedas. Magdalena le ayudaba a cambiarse, ducharse, la acompañaba a hacer encargos. Al cabo de un mes, el hombre comenzó a acosarla: le metía la mano por debajo de la falda mientras cocinaba mientras la enferma no se enteraba de nada. A los dos meses Magdalena se fue de aquella casa, pero no lo denunció porque el acosador le amenazó con denunciarla por robo si lo hacía. Tampoco explicó a la empresa de reclutamiento los verdaderos motivos de su marcha, temía ser incomprendida.  Poco antes de este episodio de acoso, Magdalena sufrió una violación. Hacía poco que había llegado a Barcelona. Un día estaba conversando con unas personas mayores en la calle y se le acercó un hombre y le preguntó si buscaba trabajo y le dijo que él le ofrecía uno. La citó al día siguiente para acompañarla a hablar con la persona que la quería contratar. Magdalena se subió al coche, y llegaron al piso donde tenía que recibir la oferta de trabajo, supuestamente para limpiar unas horas diarias. Allí un chico con acento extranjero abusó sexualmente de ella. Muchas mujeres relatan violaciones o situaciones de acoso que se producen en el momento del supuesto reclutamiento laboral.

"Es normal, son abuelitos"

El testimonio de Lourdes es especialmente revelador porque cuando la trabajadora se dirige a la agencia de empleo que le ha proporcionado el trabajo como interna para denunciar que el empleador, un hombre mayor viudo, le hace proposiciones y le habla de sexo durante las comidas, la agencia le dice que es normal, que son “abuelitos”, que no le dé importancia, normalizando lo que sucede. También es llamativo el caso de Rosa María, una mujer mayor, colombiana, de unos 60 años. Trabajaba en casa de un matrimonio mayor limpiando unas horas a la semana: «Estaba limpiando subida a una escalera, y ¿te puedes creer que el abuelo que cuidaba, que estaba sentado en la silla de ruedas, se acercó donde estaba yo y me puso la mano en la nalga? Me asusté tanto que casi me caí». Cuando bajó de la escalera, le preguntó, increpándole, por qué le había hecho eso. Él, de 86 años, le respondió que él no había hecho nada y que diría a sus hijos que ella le había dado un golpe. Ella decidió explicarle a la hija mayor, quien la había contratado, lo que había pasado pero la hija no le creyó. En ese momento no dejó el trabajo, pero pensó que era necesario crear mecanismos para defenderse, como, “alejarse de él”. Poco después encontró otro trabajo cuidando una señora y no quiere volver a trabajar con un hombre.

Estos son algunos de los testimonios que recoge el estudio de Bofill y Véliz, sólo algunos, porque hay muchos más. Las autoras han analizado los patrones que se repiten en las situaciones de acoso: “En la mayoría de los casos – plantea el estudio- el acoso sexual se produce a escondidas de los familiares. En el caso de hombres que tienen la mujer enferma, se aprovechan de que no tiene movilidad, que tiene algún tipo de deterioro cognitivo o que está hospitalizada. Hay casos también en que la mujer es testigo, pero mantiene una actitud condescendiente, aduciendo que el marido es viejo y no sabe lo que se hace, o sencillamente entendiendo que es una acción que se puede permitir. Sorprendentemente, a veces, los hijos e hijas normalizan también el acoso, desatendiendo las demandas que hace la trabajadora. A menudo, los acosadores cierran puertas con llave y retiran los pestillos de las puertas del baño y de la habitación donde duerme la trabajadora -cuando trabaja en régimen interno- para poder entrar cuando quieren y sin avisar. El acoso suele ir acompañado de presiones, amenazas y chantajes y en algunos casos de un trato humillante y vejatorio”.

También han analizado los efectos del acoso sexual en las trabajadoras: “El acoso sexual tiene efectos profundos sobre las trabajadoras que lo sufren, a nivel físico, psicológico, laboral y social –explican las autoras–  provoca estrés, insomnio, dolor de cabeza, fatiga, depresión, decaimiento, ansiedad, angustia, pérdida de autoestima, culpa y vergüenza, provoca miedo y un estado de alerta permanente, angustia y sufrimiento, incluso pérdida del sentido de la vida, cuando el acoso es fuerte y prolongado. Generalmente no sólo se ven obligadas a dejar su trabajo -atendidas las condiciones específicas en las que trabajan- sino que soportan los efectos de una situación traumática que se prolonga en el tiempo y que repercute muy negativamente sobre su vida personal, social y laboral”.

Sílvia Bofill y Norma Véliz tienen claro que “la especificidad del sector, y especialmente la falta de representación legal de  las trabajadoras, hace inoperantes los instrumentos de prevención como los protocolos para prevenir el acoso ya que toda esta violencia está propiciada, en parte, por un marco legal que indirectamente ampara la discriminación y desprotege a las trabajadoras frente al acoso sexual, la máxima expresión del poder de naturaleza patriarcal en el ámbito laboral”.