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“Buenos días bonita, qué bien que has llegado”

Publicamos el relato de una trabajadora de una residencia de ancianos. Nos llegó antes de la crisis del coronavirus y permite entender cómo se trabaja en esos centros hoy azotados por la pandemia.
Lun, 23/03/2020 - 20:20
IRIA ESTEVEZ CASQUEIRO
Condiciones de trabajo

mujer cansadaSuena el despertador, me levanto de la cama, mi cuerpo no responde. Doy al menos diez pasos hasta que consigo caminar erguida. Tendré que tomarme ya el antiinflamatorio para que en cuanto llegue a trabajar ya no me duela la espalda. Mientras me tomo el primer café del día pienso en que de esta semana no pasa: mañana que libro voy al médico. Consulto en mi teléfono la cartelera semanal de tareas, ha habido ya tantos cambios y modificaciones a bolígrafo que me cuesta distinguir qué puesto tengo hoy.

Mientras conduzco hacia mi centro de trabajo planifico la mañana en mi cabeza: voy a empezar aseando a la señora de la 328 que le gusta madrugar y antes de subir a planta voy a pasar por la lavandería que seguro que el de la 330 no tiene pantalones limpios. Con lo que se complicó ayer el turno fue imposible subir ropa para colocar en los armarios y además en cuanto me cruce con la trabajadora social tengo que comentarle que a la señora de la 250 necesita una cita para el podólogo.

Aparco, ficho y al entrar en el vestuario me cruzo con las compañeras, todas coincidimos en lo mismo, hace un frío horroroso a pesar de que los ventanucos están cerrados. Un día más que se han olvidado de ponernos la calefacción en esa zona. Guardo mis cosas en la minúscula taquilla: “nos hace falta un perchero aquí para los abrigos” comento y mientras lo digo pienso en que llevamos tres años pidiéndolo. Los mismos que hace que se rompió el que teníamos y nunca más se sustituyó. Subo en el ascensor al control de gerocultores y en medio del revuelo escucho “o sea que somos dos menos, ¿no?”, compruebo que ya no estoy en la planta de válidos como había visto sino que ahora estoy en primera planta ocupándome de los residentes crónicos, encamados y de la enfermería, “¿quién es Adriana?” pregunto mi compañero me da un codazo y me señala a una chica de apenas veinte años que me busca con la mirada nerviosa: “yo” responde con voz entrecortada “es mi primer día”. “Muy bien pues pegadita a mí toda la mañana, ya verás que bien nos lo vamos a pasar”, esboza una sonrisa tímida mientras me sigue al despacho de enfermería “nunca he trabajado en esto” confiesa casi pegada a mis talones. Pienso que por lo menos hace caso de mis indicaciones.

“Buenos días chicos ¿qué tenemos?” pregunto a los DUE que están haciendo el cambio de turno todavía. Por la cara de la enfermera intuyo que algo va mal, “¿qué pasa?” pregunto. “La residente de la 119. He tenido que trasladarla al hospital. Ha sufrido consecuencias de un fallo de medicación” responde. “He sido yo” se culpa el enfermero. “Tranquilo, ¿la señora está bien?” le miro pensando que se veía venir que algo así pasase. No es la primera vez que les oigo quejarse de que deberían reforzar el departamento. Que cargar los carros de medicación a las tres de la mañana después de llevar seis tardes seguidas sin descansar y prácticamente siempre uno solo en turno es inviable. Que se les mezclan las letras de las historias médicas de puro cansancio. Inmediatamente me giro a la enfermera de la noche y le digo “si hubo traslado ¿fue con la familia?”, “No, la acompañó la auxiliar. Tuvimos que cubrir los registros en los veinte minutos del descanso para que nos diese tiempo a terminar con los 250 cambios de pañal”. Poniendo los ojos en blanco me despido y vuelvo al control con la novata que sigue con cara de alucinada.

“Vaya noche movidita” comento a mi compañera del turno anterior. “Ya la empezamos por todo lo alto acostando a siete residentes del turno de la tarde” responde. “Siguen sin cubrir a Luisa en su hora de reducción por lactancia”. “A este paso ya no hará falta que la cubran, le deben de quedar dos meses sólo” replico. “Ojalá no se pida una reducción para conciliar porque entonces estaremos otra vez igual” dice y ante mi mirada de reproche añade “es que no las cubren nunca y me han denegado dos días de libre disposición porque si no queda el turno totalmente descubierto”. “A mí me pasó lo mismo con una boda que tenía en verano y tuve que pedirle a Juan que me cambiase el fin de semana libre, total para uno que libramos al mes se pasa tan rápido que ni te enteras” “Bueno iros ya que son las ocho” me despido.

Cojo el carro de aseo y me dispongo a empezar los aseos con Adriana. “La primera habitación la hago contigo y te explico un poco como va todo y luego ya vas haciendo tú sola que yo luego tengo que administrar desayunos y medicación y tú todavía no te sabes las dietas ni sus nombres para darles la medicación” le explico. “Ah, pero me voy a quedar sola?” me pregunta aterrorizada, le sonrío y le contesto que voy a estar con ella en el mismo pasillo que si tiene dudas me consulte las veces que quiera. Mientras suena el teléfono, me avisan de recepción que acaba de llegar la ambulancia para recoger al señor de la 112 que tiene consulta y que se han olvidado de avisar. En diez minutos tiene que estar preparado en ayunas. “Menos mal”, pienso porque en diez minutos despertarlo, desnudarlo, quitarle el pañal, pasarlo a la silla de ducha, llevarlo al baño, ducharlo, secarlo, ponerle un poco de hidratante, aplicarle vaselina en los talones agrietados, afeitarlo, revisarle las uñas, vestirlo, engancharlo a la grúa para ponerle el pañal y terminar de subirle la ropa, sentarlo en la silla de ruedas, ponerle colonia y comprobar que lleva los audífonos puestos es tarea suficiente ya si además tenemos que pelear para que desayune y se tome las pastillas… En cuanto está listo lo bajo a recepción y me cruzó con la limpiadora que está empapada “¡como te has puesto! ” le digo “sí -admite- es que he tenido que tirar la basura fuera y con la que está cayendo… o aguanto el paraguas o la tapa del contenedor”.

Vuelvo a mi pasillo y continúo con mis aseos mientras voy explicando a la compañera nueva que salude al residente por su nombre, que le vaya contando paso por paso lo que le va a ir haciendo “sino es probable que adopte una conducta agresiva porque la desconfianza y el desconocimiento le producirán indefensión y es su mecanismo de protección”. Con la mirada baja y sin poder ocultar su temor me pregunta: “¿algunos pegan?” me encojo de hombros “algunos”. La dejo sola en la siguiente habitación y le advierto que deje la puerta entreabierta y que levante la voz para llamarme si me necesita. Tras varios desencuentros entro en la última habitación del pasillo y suena el teléfono, la coordinadora precisa que mañana venga a trabajar para cubrir a Pepi que la operan y le tiene que dar los días de permiso que en cuanto pueda me devuelve ese descanso. Otra semana más que no voy a poder ir al médico pienso, al final me pasará como a Pepi y tendrán que operarme. Que digo yo que esa intervención ya estaba programada y podían haber contratado a alguien, “como siempre” suspiro y me pregunto por qué sigo aceptando esto, por qué no intento buscar otra cosa más reconocida y mejor pagada y al pensar en el dinero se me viene a la cabeza que mañana me pasan la hipoteca, que tengo que acordarme de abonar el recibo del comedor del colegio y que en breve expira el plazo para pagar el IBI y que aún no he ingresado el dinero de la letra del coche. Así que cojo aire y entro en la habitación “buenos días” saludo mientras descorro las cortinas, “es hora de levantarnos”. “Buenos días, bonita, qué bien que ya has llegado” no puede verme pero yo sí a ella y con su sonrisa sincera me recuerda por qué sigo haciendo esto, por ella, por ellos.

* Iria Estévez Casqueiro trabaja en una residencia de ancianos de Galicia y es delegada de CCOO