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Sumario nº 55
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salud laboral y justicia social

FERNANDO RODRIGO
El contrato social que ha modelado las sociedades europeas en las últimas décadas corre peligro. En algunos países se han sobrepasado ya las líneas rojas que lo delimitan. Es el caso de Grecia y probablemente de Portugal. En otros vemos cómo las políticas más conservadoras se abren paso a gran velocidad. Casi ningún país de la Unión Europea se escapa a la regresión social en derechos esenciales. En toda Europa está puesta en cuestión la centralidad del trabajo, sus instituciones, los marcos legales y los equilibrios que la hacen factible.

Se trata de aprovechar la crisis para debilitar, cuando no anular, gran parte de las conquistas sociales que habían dignificado el trabajo, tratando de situarlo en condición de equilibrio frágil con el capital. Para poder hacerlo tienen que, entre otras cosas, dinamitar el prestigio social, la legitimidad y la razón de ser de las organizaciones que representan a los trabajadores: los sindicatos. Y a ello se están dedicando, con gran intensidad, múltiples instituciones internacionales y nacionales, centros de pensamiento vinculados a sectores financieros y económicos, medios de comunicación, tertulianos, columnistas y políticos conservadores. El objetivo es claro: debilitar la capacidad de resistencia para conseguir más rápido su objetivo, aprovechando el miedo de las personas, el estado de confusión y la apatía que genera la crisis. Lo que quieren conseguir también lo sabemos: pretenden quebrar la protección que los convenios colectivos ofrecen al conjunto de los trabajadores y trabajadoras, reducir los salarios, abaratar el despido hasta hacerlo no sólo libre, que ya lo es, sino gratuito y sin tutelas jurídicas. Quieren modificar los tipos de contrato hasta hacer indistinguibles en la práctica los indefinidos de los temporales, reducir al máximo las coberturas sociales por desempleo para que las personas se vean impulsadas a aceptar trabajar en cualquier condición y desregular y flexibilizar al máximo las condiciones de trabajo en las empresas. Ésta es la reforma laboral que algunos preconizan y que otros parece que se aprestan a llevar a cabo.

A la enfermedad y su protección sanitaria y económica se le llama absentismo. A tener un contrato fijo, privilegio. A cobrar todos los meses, favor. A trabajar en cualquier condición, “no te quejes que podría ser peor”. Ya no existen límites y se tergiversa el uso de las palabras y de los conceptos para ganar la batalla de las ideas, que es la condición para ganar la batalla de los hechos y las realidades.

Y qué tiene todo esto que ver con la salud laboral. Pues todo. Como bien sabemos, la salud laboral es la resultante, entre otras cosas, de las políticas sociales y laborales, del mercado de trabajo y de las condiciones de trabajo en las empresas. Pero también lo es de la existencia o no de sindicatos organizados y fuertes que dediquen esfuerzos y capacidades a la defensa de la salud y la seguridad. En Europa asistimos a una pérdida de vitalidad de las políticas sociales y laborales y muy en especial de la salud laboral. Esa corriente puede llegar también a España, de hecho ya hay algunos síntomas que lo anuncian, pero lo fuerte está por llegar.

En nuestro país hemos logrado conquistas en este terreno muy importantes, por más que queda mucho por hacer. Estos avances estaban basados en la idea de que la salud es un bien superior a proteger en cualquier circunstancia y que el afán por la productividad o por la ganancia no la podían poner en riesgo. Esa idea, que nadie ponía en duda en los discursos públicos, está actualmente en almoneda. Cada vez se habla menos de salud y seguridad, de derechos individuales y colectivos, de la necesidad de conciliar la producción con la prevención, de que en los indicadores sociales y económicos, los datos de la salud laboral son imprescindibles. La salud laboral es un indicador muy potente y sensible sobre el grado de justicia social existente en una sociedad. Y con todo lo que está sucediendo en Europa y en España, pudiera ser que estuviéramos asistiendo a una regresión, de momento poco visible y reconocida, pero que tendría efectos muy dañinos y duraderos para el conjunto de nuestras sociedades y muy especialmente para los trabajadores y trabajadoras.

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